CUANDO LAS EXPECTATIVAS PESAN MÁS QUE EL AMOR

31278225857?profile=RESIZE_710xBertha inició una relación con Raúl hace seis meses. Ayer me llamó muy afligida para contarme que, aunque Raúl podía ser encantador, muchas veces sentía que ella se entregaba mucho más a la relación que él.

Durante nuestra conversación repitió varias expresiones: “Yo creía que él sería…”, “Si realmente le interesara, entonces habría…”, “Yo esperaba que fuera un hombre…” y “No estoy segura de que esto sea equitativo”.

¿Qué sucede con Bertha? ¿Le gustó tanto Raúl que construyó una imagen de él con características que, finalmente, no tiene? ¿Se enamoró de la persona que es o de la idea que se formó de él?

La decepción puede aparecer muy pronto cuando nos relacionamos más con la imagen que hemos construido de alguien que con la persona que estamos conociendo. Descubrir que el otro tiene defectos, costumbres diferentes o una manera distinta de expresar sus sentimientos no significa necesariamente que no le gustemos, que no le interesemos o que no desee construir una relación estable con nosotros.

¿De dónde vienen nuestras expectativas?

¿Te has preguntado de dónde provienen las expectativas que tienes sobre tu pareja? ¿Son ideas que escuchaste en casa acerca de cómo debe comportarse un hombre que te ama? ¿Intentas reproducir la relación de tus padres? ¿O has construido tu ideal de amor a partir de las películas y los videos que muestran romances aparentemente perfectos?

Muchas de nuestras creencias sobre el amor se forman a partir de lo que hemos vivido, observado y aprendido. El problema comienza cuando convertimos esas ideas en reglas que la otra persona debe cumplir, incluso cuando nunca hemos hablado de ellas.

Esto no significa que debamos renunciar a nuestras expectativas. Es fundamental reconocer cuáles son nuestras características no negociables: aquellas que necesitamos para construir una relación sana. El respeto, la honestidad, la confianza y la reciprocidad son ejemplos de ello.

También podemos valorar la generosidad, no solo la material, sino la que se expresa en el tiempo compartido, la escucha y las atenciones cotidianas. Es válido desear estas cualidades en una pareja, siempre que también estemos dispuestas a ofrecer aquello que esperamos recibir.

Exigir por exigir es otra historia.

Recuerda aquella historia de la princesa que decidió elegir esposo imponiendo una prueba: quien quisiera demostrarle su amor debía permanecer a la intemperie, día y noche, durante un largo periodo, frente a su ventana.

Los pretendientes comenzaron a llegar, pero el hambre, el frío, la lluvia y el cansancio hicieron que uno a uno abandonaran la prueba. Al final, solo quedó un joven que la amaba profundamente.

Él soportó las inclemencias del tiempo sin moverse de su lugar. La princesa lo observaba desde su ventana y, al comprobar su perseverancia, se convenció de que su amor era verdadero. Avisó a su padre que había elegido esposo y el palacio comenzó a preparar la boda.

Sin embargo, cuando faltaba muy poco para concluir la prueba, el joven recogió sus pertenencias y se marchó.

Nadie entendía lo sucedido. Tiempo después, cuando su madre le preguntó por qué había renunciado después de soportar tanto sufrimiento, él respondió que la princesa había visto su dolor durante todos aquellos días y, aun así, no había hecho nada para aliviarlo. Comprendió entonces que alguien capaz de observar su sufrimiento sin mostrar consideración no era la persona con quien deseaba compartir su vida.

La historia nos invita a reflexionar sobre algo importante: el amor no debería convertirse en una prueba interminable en la que una persona tenga que demostrar su valor mientras la otra se limita a exigir.

No te conviertas en esa princesa que nos han enseñado a admirar por sus exigencias. Tampoco confundas el amor con la obligación de renunciar a tus necesidades para demostrar cuánto quieres a alguien.

El reto consiste en reconocer cuándo estamos pidiendo algo razonable y cuándo esperamos que la otra persona se transforme para ajustarse a una imagen que hemos construido de ella.

Hablar es mejor que esperar que el otro adivine.

Es cierto que ninguna relación es perfecta. Con voluntad de ambas partes, es posible dialogar, resolver diferencias y mejorar la convivencia. Por eso necesitamos hablar: el silencio, las suposiciones y los reproches constantes pueden deteriorar incluso una relación que comenzó con mucho entusiasmo.

Nadie tiene por qué adivinar lo que esperamos. Comunicarnos significa poner en común nuestras ideas, emociones y necesidades. Y la comunicación comienza por escuchar.

Antes de reclamar que tu pareja no hace lo que esperas, intenta comprender cómo ve la relación, qué necesita y qué está dispuesta a ofrecer. Después, expresa con claridad lo que tú necesitas y escucha su respuesta. A partir de ahí, podrán decidir si es posible construir acuerdos que satisfagan a ambos.

En una relación amorosa existen necesidades de afecto, pertenencia, reconocimiento y validación. Ambas personas las tienen, aunque no necesariamente las expresen de la misma manera.

Por eso es importante distinguir entre una necesidad, una expectativa y un acuerdo. Necesitar respeto es distinto de esperar que tu pareja te llame a una hora determinada sin haberlo hablado. Y llegar a un acuerdo implica que ambos expresen sus posibilidades y asuman un compromiso.

No conviertas tus expectativas en una lista interminable de requisitos imposibles de cumplir. Hay diferencias que pueden resolverse con pequeños ajustes, otras que requieren tiempo y esfuerzo, y algunas que revelan una incompatibilidad importante.

¿Qué es lo que realmente te decepciona?

La decepción puede convertirse en una experiencia estéril cuando nos quedamos atrapadas en ella sin intentar comprender qué nos está mostrando.

Pregúntate: ¿me decepciona la forma habitual de ser de mi pareja o que no sea la persona más simpática de una reunión? ¿Me molesta que sea tímido o que no adivine mis deseos? ¿Espero que me defienda ante cualquier situación o estoy exigiendo que reaccione siempre como yo lo haría?

Revisar nuestras expectativas no significa invalidar lo que sentimos. Significa comprender de dónde viene nuestra decepción y distinguir entre una diferencia personal, una necesidad que no hemos comunicado y una conducta que verdaderamente nos lastima.

Puede haber características que no cambien porque forman parte de la personalidad de alguien. Otras conductas sí pueden modificarse, pero eso requiere que la persona reconozca el problema y tenga la disposición de trabajar en ello. No podemos construir una relación saludable basándonos únicamente en lo que esperamos que el otro llegue a ser.

Los límites también son una expresión de amor propio.

Hay situaciones en las que no basta con dialogar o ajustar expectativas. Si tu pareja consume alcohol hasta perder el control y esa conducta afecta la relación, es importante reconocer el problema y decidir qué estás dispuesta a aceptar.

Si te ha sido infiel en repetidas ocasiones, ha prometido cambiar y vuelve a hacerlo, necesitas valorar sus acciones, no solamente sus promesas. Y si ha ejercido violencia contra ti, tu prioridad debe ser protegerte. No tienes que esperar a que cambie para reconocer que mereces vivir sin violencia.

No confundas aceptar a una persona con tolerar aquello que daña tu dignidad, tu autoestima o tu seguridad. El amor no exige que renuncies a tus límites.

Ama a la persona real, no a la que has imaginado.

Las expectativas pueden acercarnos cuando nos ayudan a reconocer lo que deseamos construir en una relación. Pero pueden alejarnos cuando se convierten en exigencias, suposiciones o intentos de cambiar al otro a toda costa.

Tal vez el reto no sea dejar de esperar cosas de quienes amamos, sino aprender a expresar nuestras necesidades, escuchar las de la otra persona y reconocer qué podemos construir juntos.

Porque amar no significa conseguir que alguien encaje en nuestra idea de cómo debería ser. Significa conocerlo, aceptar las diferencias que podemos asumir, construir acuerdos y reconocer cuándo nuestras necesidades y valores son incompatibles.

Y, sobre todo, recordar que una relación sana no se sostiene únicamente en lo que esperamos recibir, sino también en la reciprocidad, el respeto y la voluntad de ambas personas de cuidarse mutuamente.

La pregunta que vale la pena hacernos es esta: ¿estoy intentando construir una relación con la persona que tengo enfrente o sigo esperando que se convierta en quien imaginé que sería?

Cuando las expectativas pesan más que el amor

Enviadme un correo electrónico cuando las personas hayan dejado sus comentarios –

¡Tienes que ser miembro de Retos Femeninos para agregar comentarios!

Join Retos Femeninos