31244150089?profile=RESIZE_710xSer una mujer líder no significa tener el poder de hacer sentir menos a los demás. Significa tener la capacidad de influir, inspirar y abrir caminos sin necesidad de cerrar los de nadie. Hay una regla que debería ser innegociable en cualquier liderazgo: queda prohibido lastimar, humillar o destruir a otra persona para demostrar que somos mejores. Y, sin embargo, sucede.

A veces confundimos firmeza con agresividad, autoridad con imposición y carácter con maltrato. Creemos que para demostrar que sabemos más tenemos que exhibir a quien se equivocó; que para ganar una posición debemos hacer que alguien más pierda; o que para demostrar nuestra capacidad necesitamos recordarle a otra persona sus errores. Nada de eso es liderazgo.

Una mujer verdaderamente líder no necesita humillar para ser respetadaEl liderazgo femenino tiene una enorme responsabilidad: demostrar que se puede llegar lejos sin pasar por encima de nadie.

Porque llegar a la cima y descubrir que para hacerlo tuvimos que lastimar a muchas personas no es necesariamente éxito. El verdadero éxito también se mide por las personas que ayudamos a crecer, las oportunidades que abrimos y la huella que dejamos en quienes compartieron el camino con nosotras.

Tener una posición de autoridad no nos da derecho a utilizarla para intimidar, ridiculizar o hacer sentir inferior a alguien. Una jefa puede señalar un error sin avergonzar. Una directora puede exigir resultados sin maltratar. Una líder puede decir “esto no está bien” sin decirle a la persona “tú no sirves”.

Hay una enorme diferencia entre corregir una conducta y destruir la autoestima de quien la cometió. Y esa diferencia habla de nuestra inteligencia emocional y de la calidad de nuestro liderazgo.

Las mujeres hemos luchado durante décadas para conquistar espacios de decisión. Por eso resulta contradictorio que, cuando finalmente llegamos a ellos, reproduzcamos las mismas prácticas que criticamos cuando nosotras éramos las que estábamos abajo. No necesitamos demostrar que somos fuertes siendo crueles. No necesitamos competir entre mujeres desde la descalificación. No necesitamos apagar la luz de otra mujer para que la nuestra brille.

Hay espacio para muchas mujeres brillando al mismo tiempo. Una líder consciente entiende que el éxito de otra mujer no amenaza el suyo. Al contrario: cada mujer que crece puede convertirse en una puerta para que otras también avancen.

Una humillación puede durar segundos, pero permanecer durante años en la memoria de quien la recibió. Las palabras pueden dejar cicatrices. Una frase dicha frente a un equipo puede destruir la confianza de una persona. Un comentario despectivo puede hacer que alguien deje de participar, de proponer ideas o incluso de creer en sus propias capacidades.

Por eso, antes de hablar, una líder debería preguntarse:

¿Lo que voy a decir va a ayudar a esta persona a crecer o simplemente va a hacerla sentir mal? Si necesitamos corregir, corrijamos. Si necesitamos poner límites, pongámoslos. Si tenemos que tomar una decisión difícil, tomémosla. Pero hagámoslo con respeto. Porque ser respetuosa no significa ser débil.

Una de las mejores pruebas de liderazgo es observar cómo tratamos a las personas que están debajo de nuestra posición, a quienes cometen errores, a quienes no están de acuerdo con nosotras y a quienes no tienen poder para beneficiarnos. Ahí se revela nuestro verdadero carácter.

Es fácil ser amable con quien admiramos o con quien puede abrirnos una puerta. La verdadera grandeza aparece cuando podemos ejercer autoridad y, aun así, elegimos ejercerla con dignidad.

Dejemos una huella, no una herida

Todas hemos conocido personas que nos cambiaron la vida con una palabra de confianza, una oportunidad o un consejo. Pero también podemos recordar a quienes nos hicieron sentir pequeñas. La pregunta que toda mujer líder debería hacerse es: ¿Cómo quiero que me recuerden las personas que trabajaron conmigo? ¿Como alguien que las hizo tener miedo? ¿Como alguien que las hizo sentirse insuficientes? ¿O como esa mujer que vio su potencial, les dio una oportunidad y las impulsó a creer en ellas mismas?

Porque al final, nuestra marca personal no está solamente en nuestros títulos, reconocimientos, cargos o éxitos. Nuestra marca personal también está en la manera en que hacemos sentir a los demás.

Una mujer líder puede ser firme sin ser cruel. Puede ser exigente sin ser humillante. Puede tener autoridad sin abusar de ella. Puede decir no sin destruir. Puede competir sin lastimar. Y puede llegar muy lejos sin llevarse a nadie por delante. Ese es el liderazgo que necesitamos.

Un liderazgo que no tenga miedo de ser poderoso, pero que tampoco necesite hacer sentir pequeño a nadie para demostrar su grandeza. Porque hay algo que debería quedar prohibido para siempre en nuestro liderazgo: lastimar a otra persona para sentirnos más fuertes.

La verdadera líder no necesita destruir a nadie para demostrar quién es. Lo demuestra con lo que construye, con lo que inspira y con las personas que ayuda a crecer.

“Mi liderazgo jamás será el lugar donde otra mujer tenga que perder para que yo gane"

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