PRIMERA PARTE
La infraestructura invisible que sostiene el desarrollo de México
Por: Julieta Lujambio Fuentes
A mi madre, que nunca habló de libertad. Simplemente cuidó. Y con ello hizo posible la mía.
Todos admiramos las historias de éxito. Celebramos a quienes emprenden, descubren, enseñan, gobiernan o transforman la realidad. Reconocemos el talento, la disciplina y la perseverancia. Sin embargo, rara vez nos detenemos a pensar en las historias de cuidado que hicieron posibles esos logros.
¿Quién alimentó, protegió, enseñó y acompañó a la científica que hoy desarrolla una vacuna? ¿Quién cuidó de los hijos de la empresaria que genera miles de empleos? ¿Quién sostuvo al abogado, al médico, al juez o al legislador mientras construían su proyecto de vida? Detrás de cada historia de éxito existe una historia menos visible, pero igualmente decisiva: la historia de alguien que cuidó.
Durante mucho tiempo hemos alimentado una idea profundamente arraigada en nuestra cultura: la del individuo autosuficiente. Nos gusta pensar que el éxito es el resultado exclusivo del esfuerzo personal. El mérito existe y merece ser reconocido, pero esa explicación está incompleta. Ninguna persona llega sola hasta donde está. Todos hemos necesitado, en algún momento de nuestra vida, que alguien nos alimentara, nos protegiera, nos enseñara, nos escuchara o renunciara a parte de su tiempo para que nosotros pudiéramos desplegar nuestras capacidades.
Ésta no es una afirmación ideológica. Es una experiencia humana universal.
Todos fuimos niños completamente dependientes. Todos hemos atravesado momentos de enfermedad, fragilidad o incertidumbre. Todos hemos recibido cuidados. Y, sin embargo, hemos construido una organización social que trata el cuidado como si fuera un asunto estrictamente privado y, en la práctica, como una responsabilidad que recae de manera desproporcionada sobre las mujeres.
Ahí reside una de las mayores contradicciones de nuestro tiempo.
Hemos ampliado los derechos de las mujeres como nunca antes en la historia. Hoy millones estudian, emprenden, investigan, participan en la vida política, ocupan puestos directivos y contribuyen de manera decisiva al desarrollo económico y social. Es un avance extraordinario que debemos celebrar y proteger. Sin embargo, la organización del cuidado apenas ha cambiado al mismo ritmo.
La consecuencia es evidente. Cuando nace un hijo, cuando un padre envejece, cuando aparece una discapacidad o una enfermedad prolongada, la responsabilidad cotidiana del cuidado continúa recayendo mayoritariamente sobre ellas. No porque las mujeres sean las únicas capaces de cuidar ni porque el cuidado sea exclusivamente femenino, sino porque seguimos organizando la vida social como si esa responsabilidad pudiera resolverse dentro del ámbito privado de cada familia.
Ése es el verdadero desafío del siglo XXI.
Durante décadas, la agenda de las mujeres estuvo orientada, con toda razón, a conquistar derechos y abrir espacios de participación. Hoy enfrentamos un reto distinto: hacer posible que esos derechos puedan ejercerse plenamente.
Porque la libertad no depende únicamente de que la ley reconozca nuestros derechos. Depende también de que existan las condiciones materiales y sociales para ejercerlos.
¿De qué sirve el derecho al trabajo si una madre no tiene con quién dejar a su hijo pequeño? ¿Qué significa el derecho a la participación política para quien dedica la mayor parte de su día al cuidado permanente de un familiar dependiente? ¿Cómo hablar de igualdad de oportunidades cuando millones de horas de trabajo indispensable permanecen invisibles y recaen casi exclusivamente sobre una parte de la población?
Éstas no son solamente preguntas sociales. Son preguntas profundamente jurídicas.
El Derecho ha sido el gran constructor de libertades. Ha protegido la libertad de expresión, la libertad religiosa, la libertad de asociación, la igualdad ante la ley y los derechos políticos. Pero quizá ha llegado el momento de formular una pregunta distinta: ¿qué condiciones hacen realmente posible el ejercicio de esas libertades?
Ahí es donde el cuidado deja de ser un tema doméstico para convertirse en un asunto de interés público.
No porque el Estado deba sustituir a las familias. Tampoco porque el mercado pueda resolver por sí solo una tarea que pertenece a toda la sociedad. Sino porque el cuidado constituye la infraestructura invisible sobre la que descansan todas las demás.
Durante mucho tiempo hemos entendido la infraestructura como aquello que puede verse: carreteras, puertos, hospitales, escuelas, redes eléctricas o sistemas de comunicación. Todo ello es indispensable. Pero existe otra infraestructura, silenciosa e invisible, sin la cual ninguna de las anteriores podría cumplir su función.
Está hecha de tiempo.
De presencia.
De afecto.
De responsabilidad compartida.
Se llama cuidado.
Y su importancia no es únicamente moral. También es económica. En México, el valor del trabajo de cuidados no remunerado equivale al 22.8 % del Producto Interno Bruto, una cifra superior a la aportación de muchos sectores estratégicos de nuestra economía. Paradójicamente, aquello que sostiene buena parte del funcionamiento del país sigue siendo considerado una tarea privada, invisible y, con demasiada frecuencia, naturalizada.
Continua a Segunda parte
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