Ser madre, trabajadora o empresaria, hija, además de esposa (o tal vez madre soltera) y administradora del hogar, no es suficiente; además, hay que ser perfecta. ¿Quién te lo exige? En primer lugar, tú misma, porque te estás evaluando de acuerdo con lo que la sociedad ha establecido como lo ideal.
Específicamente, en el rol de madre, se espera que logres administrar el tiempo de tal manera que cumplas con los cuidados esenciales del pequeño: darle de comer en horarios establecidos, asearlo o promover que lo haga por sí mismo; llevarlo a la cama siempre a la misma hora para dar estructura a su vida; jugar con él dentro y fuera de la casa —lo que implica ir al parque o a un día de campo, al menos ocasionalmente—; controlar su acceso a la tecnología, guiarle en las tareas, alimentarlo saludablemente, comprarle los materiales para la escuela, tener su ropa impecable… entre muchas otras tareas. La gestión debe ser impecable para que cumplas, además, con los otros roles, con el mismo nivel de calidad.
A esto se le conoce como carga mental: ese trabajo invisible que no solo implica hacer, sino recordar, anticipar y resolver constantemente. Aunque vivimos en el siglo XXI y hablamos de nuevas masculinidades, en la práctica, la responsabilidad del cuidado de los hijos sigue recayendo, en la mayoría de los casos, en la madre.
Pregúntate, por ejemplo, quién pide permiso para ausentarse del trabajo cuando el niño enferma; quién prepara el adorno navideño para el salón de clase (y, si no lo hace, quién sale a comprarlo); quién asiste a las juntas escolares; quién pega los parches cuando las rodillas del pantalón se agujeran. En un alto porcentaje, es la madre.
Si tienes un trabajo fuera de casa, puedes dejar al niño con tu mamá o tu suegra (otra mujer que, nuevamente, cumple el rol de madre) o llevarlo a una guardería con un enorme sentimiento de culpa por el supuesto “abandono” que otros juzgan con facilidad. Recuerdo que, en una conferencia por el Día Internacional de la Mujer en una universidad privada, un estudiante levantó la mano para preguntarme porqué yo prefería estar hablando con ellos, en lugar de quedarme en casa cuidando a mis hijos. Así de profundas son las creencias que hemos interiorizado durante generaciones.
¿Tienes permiso de equivocarte? NO. Imagina la escena: tu hijo de tres años hace un berrinche y se tira al piso en un centro comercial. ¿Lo levantas de una nalgada? Eso te convertiría, ante la mirada social, en una madre violenta. ¿Le ruegas y le prometes el juguete que quiere? Entonces serías permisiva y manipulable. ¿Te agachas a dialogar con él hasta convencerlo? Puede tomar mucho tiempo, porque a su edad hay muchas cosas que aún no comprende. No existen soluciones perfectas, porque la crianza no es una ciencia exacta ni viene acompañada de un manual. Tomamos un poco de aquí y otro de allá. Ensayo y error. La clave: que tus decisiones estén sostenidas por tu propio esquema de valores, no por el juicio externo.
Tal vez no puedas cambiar todo de inmediato, pero sí puedes comenzar con pequeños ajustes:
- Cuestiona qué expectativas son realmente tuyas y cuáles has heredado.
- Aprende a delegar, aunque las cosas no se hagan exactamente a tu manera.
- Agenda tiempo para ti como una cita inamovible, no como un “lujo” opcional.
Ser menos dura con los juicios que tienes sobre ti misma te permitirá dejar de actuar bajo la presión de lo perfecto y de la mirada ajena. Porque cuando el estrés domina, se reduce tu capacidad de disfrutar, de decidir con claridad y de conectar desde el amor.
Aunque alguien piense que eres una mala madre por dedicarte tiempo para descansar, divertirte y cuidar tu salud… ¡hazlo! Porque una madre que se permite ser imperfecta no es una madre que falla: es una madre real. Y es desde esa autenticidad —no desde la exigencia— desde donde verdaderamente se educa.
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