¿SOMOS INVISIBLES EN LOS ESPACIOS PÚBLICOS? EL VALOR PERDIDO DE LA DISCRECIÓN Y EL CIVISMO

Durante un fin de semana largo, decidí viajar con mi familia para visitar a los abuelos. Mientras abordábamos el avión, nos asignaban los asientos y acomodábamos las maletas, la cabina se llenó del típico bullicio previo al despegue. Sin embargo, en medio del ruido general, comenzó a escucharse con total claridad la conversación de dos hombres sentados justo detrás de nosotros.

Ambos presumían en voz alta sus puestos, sus logros pasados y las influencias que habían tenido al trabajar en el gobierno. Uno de ellos detallaba cómo, por haber ocupado un alto cargo, tenía derecho a usar ciertos espacios públicos los fines de semana para organizar eventos familiares e incluso llevar su propio asador. Hablaban con tal soltura y a un volumen tan elevado que parecía que estaban solos en la sala de su casa, ignorando por completo que el resto del avión se estaba enterando de su vida.

 

La discreción: El reflejo de tu verdadera educación

Escuchar conversaciones ajenas en voz alta siempre es incómodo, pero lo es aún más cuando se ventilan sumas de dinero, transacciones o el estatus derivado de un puesto. Las personas de alrededor no tienen por qué enterarse de lo que hemos conseguido o dejado de conseguir. Hablar a ese volumen en un espacio compartido es, ante todo, una falta de respeto, de etiqueta y de civismo.

Existen temas que, por prudencia, es mejor no mencionar en voz alta en un entorno público. Quienes sienten la necesidad imperiosa de demostrar constantemente su éxito o su nivel de importancia suelen proyectar la imagen opuesta. En cualquier ámbito de la vida, la cautela y la discreción hablan mucho mejor de quién eres que cualquier título. Como bien dice el refrán popular: "Dime de qué presumes y te diré de qué careces".

Respetar el espacio del otro es una regla de convivencia

Además del ruido, hay un factor humano que muchas veces olvidamos: el respeto al espacio personal. Cuando la curiosidad me ganó y giré disimuladamente la mirada para ver quiénes hablaban, me percaté de una situación aún más incómoda. En medio de estos dos hombres había un pasajero atrapado que no tenía nada que ver con la plática. Los dos hombres de los extremos continuaban su diálogo cruzándose sobre él, mientras esta persona permanecía inmóvil, obligada a escuchar una conversación ajena. Lo correcto y civilizado habría sido ofrecerle un cambio de asiento para poder platicar entre ellos sin invadir su metro cuadrado.

El viaje para este pasajero fue sumamente incómodo hasta que el ruido de los motores al despegar finalmente mitigó las voces. Para ese momento, media cabina ya conocía la trayectoria laboral y los privilegios de estas dos personas. ¿De verdad era necesario?

Cuidar nuestros modos, moderar el tono de voz y respetar el entorno en los espacios públicos no es una cuestión de rigidez; es el reflejo de nuestra educación y empatía hacia los demás. La próxima vez que estés en un lugar compartido, recuerda que no eres invisible, y que tu comportamiento habla de ti mucho más que tus palabras.

Y tú, ¿te has encontrado en una situación similar? ¿Cómo manejas la falta de discreción en los espacios públicos?

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