¿POR QUÉ NOS CUESTA DECIR NO?

31271324461?profile=RESIZE_710x«Cuando digas sí a los demás, asegúrate de no decirte no a ti mismo». Paulo Coelho

Nos enseñaron a decir gracias, por favor, perdón, a compartir, ayudar, comprender, ceder, ser consideradas, responsables, disponibles, a responder cuando nos necesitan y a procurar que los demás estuvieran bien. Nos enseñaron muchas formas de amar, de convivir, de ser buenas, pero nadie nos explicó que, entre todas esas palabras que aprenderíamos a pronunciar, habría una tan pequeña que algún día tendríamos que aprender a sostener: ¡NO!. Quizá por eso cuesta tanto, no pesa por sus dos letras, sino por todo lo que hemos puesto sobre ellas, decir NO puede hacernos sentir culpables, egoístas, desconsideradas o temerosas de decepcionar a alguien, como si elegir nuestro tiempo, energía, prioridades, necesitara primero la aprobación de los demás.

Lo he vivido, y por no pronunciar un NO que dentro de mí ya estaba decidido, terminé afrontando situaciones que habría podido evitar, y es que un NO que no pronunciamos no desaparece, se queda dentro y, con el tiempo, puede convertirse en cansancio, resentimiento, conversaciones prolongadas, decisiones que no queríamos tomar o consecuencias que tarde o temprano debemos enfrentar.

Mientras buscaba comprender mejor esta experiencia tan común, encontré un estudio publicado en el Journal of Personality and Social Psychology por Julian Givi y Colleen Kirk, estos investigadores descubrieron que las personas suelen sobreestimar las consecuencias negativas de rechazar una invitación; imaginan enfado, decepción, daño en la relación o incluso menos posibilidades de recibir futuras invitaciones de las que realmente se producen. En una de sus investigaciones, más de tres cuartas partes de los participantes reconocieron haber aceptado una invitación que no querían, por temor a las consecuencias de decir que no. Confieso que me reconocí en esa escena, antes de pronunciar un no, nuestra mente puede escribir una historia completa, imaginamos la reacción, el juicio, la distancia, el conflicto y mientras intentamos evitar una situación que todavía no existe, terminamos entrando voluntariamente en otra que sí existe y es la de hacer algo que no queremos.

¿Por qué a unas personas les resulta relativamente sencillo decir no mientras otras necesitan reunir una cantidad enorme de valor para hacerlo? No creo que la respuesta esté únicamente en el carácter, tiene que ver con nuestra historia, con lo que aprendimos sobre el amor, la aprobación, el deber y el rechazo, con la manera en que hemos construido nuestra identidad y, en buena medida, con la relación que tenemos con nuestro propio valor. Decir no requiere algo más profundo que firmeza en la voz, requiere confiar en que nuestra decisión puede seguir siendo válida aunque alguien no la comprenda, no la comparta o incluso se sienta decepcionado. Cuando nuestra seguridad depende demasiado de la aprobación externa, cada negativa puede sentirse como una amenaza: ¿Seguirán queriéndome?, ¿Pensarán mal de mí?, ¿Seguiré siendo necesaria?, ¿Habré dejado de ser esa persona buena que esperan que sea? La verdad es que cuando existe una relación sólida con uno mismo, podemos escuchar esas preguntas sin permitir que ellas moldeen nuestras decisiones. Brené Brown lo expresa con una frase que toca precisamente ese punto: “Atreverse a establecer límites se trata de tener el valor de amarnos a nosotros mismos, incluso cuando corremos el riesgo de decepcionar a otros”. Y probablemente ahí encontremos una de las formas más exigentes de autoestima y se trata del hecho de poder seguir eligiéndonos incluso cuando nuestra decisión no reciba aplausos.

Aprender a decir NO, no consiste en volvernos más duras, se trata de volvernos más claras; una mujer segura de sí misma no es aquella que siempre se niega, es aquella que puede decir SÍ sin sentirse obligada y NO sin sentirse culpable, puede ayudar sin asumir responsabilidades ajenas, ceder cuando realmente quiere hacerlo, negociar cuando existe espacio para hacerlo y mantenerse firme cuando está en juego algo que considera esencial, porque no todos los NO nacen del mismo lugar, existe el NO que nace del ego, de la rigidez o del orgullo, y existe el NO que nace de la conciencia, del respeto propio y de una certeza tranquila, de allí que, la verdadera madurez está en aprender a distinguirlos con sabiduría.

Tal vez por esto, cuando pienso en la pregunta de este artículo, ya no creo que se trate solamente de por qué nos cuesta decir no, la pregunta más profunda es otra: ¿Qué parte de nosotras necesita sentirse aprobada? Allí está la verdadera raíz, decir no, es en muchos casos, aceptar que no podremos gustarle a todo el mundo y que eso no disminuye nuestro valor, es dejar de vivir como si cada elección necesitara un tribunal y comenzar a confiar en la mujer que está tomando la decisión que simplemente sabe que es la correcta para ella.

Entonces crecer es justamente eso, llegar a ese territorio íntimo donde nuestra voz deja de competir con todas las voces que alguna vez nos dijeron quién debíamos ser, allí aprendemos a escucharla, a confiar en ella, a reconocer que nuestra vida no necesita explicaciones para ser nuestra. Y cuando la vida nos exige un NO, cultivemos el arte de pronunciarlo desde la serenidad, sin miedo, sin pedir disculpas, desde ese lugar donde levantamos la mirada y contemplamos con firmeza y gratitud todo lo que llega a nuestra vida, recibimos lo que nos hace crecer, dejamos partir lo que ya cumplió su propósito y seguimos caminando con el corazón abierto.

No necesitamos decir sí a todo para demostrar que somos buenas, ni un no constante para demostrar que somos fuertes, sencillamente, aprendemos a elegir y en cada elección silenciosa y sagrada, empezamos a descubrir una de las formas más hermosas de autoestima; la certeza de que podemos ser fieles a nuestra propia vida sin pedir permiso para vivirla.

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Mayerlin Romero.

Escritora | Venezuela

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