- Toda vivencia nos empuja a redefinir los contornos de nuestra vida, a estirar nuestras capacidades y a aprender a convivir con la incertidumbre y el peligro de estar vivos.
NO RENDIRSE, no tirar la toalla, aunque tengamos muchas ganas de dejarnos ir, de permitir que el desaliento nos abrace hasta asfixiarnos el sentido común del alma. Eso es lo que, mi ‘aeropuerto humano’, o sea, mi madre, no consintió a sí misma durante mucho tiempo. Hace unos años, estuvo varias veces ingresada en el hospital. Todo empezó con una rotura de cadera. La operación salió muy bien. A los cuatro días la enviaron de vuelta a casa. Empero, menos de veinticuatro horas después de haberle dado el alta, era el día de Nochebuena, regresó al hospital en ambulancia. ¿La razón? Anemia, bajada de sodio y de potasio. Nuevo ingreso. Cuando, por fin, la subieron a planta después de casi dieciocho horas en la sala de ‘observación’ de Urgencias (una vez lograron estabilizarle los niveles), al abrazarla le solté muy emocionada: ‘estás viva’. Esas palabras fueron mágicas, curativas, milagrosas, un bálsamo que la animó a agarrarse a la vida y no cejar en el intento de curarse. Sin embargo, la historia no terminó ahí. Unas cuatro semanas después volvió a ser ingresada, esta vez por neumonía grave. Al tener las defensas bajas, pillaba de todo. Cuando la llevaban a la habitación, desde urgencias, me preguntó si tan grave estaba que la tenían que hospitalizar. En vez de contarle lo que me había dicho el médico (‘tiene una neumonía muy grave’), opté por decirle: ‘Te ingresan para curarte’.
Las palabras pueden darnos ánimo, ayudar, curar, sanar o, por el contrario, hundirnos en la miseria.
Yo no le mentí, simplemente le ofrecí un resultado optimista. Resultado: se curó en una semana. Milagroso. La médico, que la trató, estaba asombrada por la celeridad y la profundidad de la curación que mi madre experimentó en tan poco tiempo y más dada su edad cronológica (85) y sus antecedentes.
La vida de mi madre, en sus últimos años en la Tierra, fue una carrera de obstáculos. Antes de que sucediese el episodio ‘cadera’, en una visita que se suponía iba a ser rutinaria y sólo para ‘cambiar de gafas’, la oftalmóloga le dijo que tenía muchas patologías, a cada cual más grave y que no tenía remedio. A mi madre, no le dio un síncope, en la consulta, de puro milagro. Ella y mi padre se quedaron patidifusos, estupefactos, aterrados ante semejante diagnóstico demoledor.
De haber estado yo allí me hubiese gustado espetarle a la doctora lo siguiente: “¿Acaso tiene usted la agenda de Dios? Porque, de ser así, me gustaría conocer el número de la lotería de este fin de semana.” Nadie, incluidos los galenos, tienen la agenda de Dios. El ser humano posee unas maravillosas capacidades que puede usarlas tanto para sanar como para hundirse en la miseria. Si bien, dicha información, le era ajena a la doctora pues debía escapar a su complejo neuronal.
Tengo claro que nada es imposible para Dios. La fuerza del Universo habita en cada uno de nosotros. Es más, tenemos muchas herramientas a nuestra disposición, a saber:
- Una mente que se cree todo lo que le decimos sin chistar, no replica nada, lo que le damos, lo da por válido.
- Un diseñador de creencias: tanto de buenas como de malas, nefastas o mágicas.
Nuestra vivencia de la realidad depende del color del cristal con que la observemos. Y, ese color, amigos míos, lo decidimos nosotros. Así es, cada uno de nosotros decide el color del cristal con el que observa su vida, su contenido, su desarrollo y su todo.
El mío es de color ‘hadado’.
Volvamos a la historia de mi madre.
Con ella, al igual que procedió Robert Dilts con su madre (me formé en PNL con él y con Judith DeLozier en Santa Cruz, CA/NLPUniversity), puse en práctica lo aprendido y constatar de primera mano la praxis detrás de la teoría. Su historia, en verdad, empezó unos veinticinco años atrás (tomando como referencia su último día en la Tierra), cuando se rompió la cadera izquierda.
Afortunadamente, aunque ella, en un primer momento, no se lo tomó así, en el hospital, no le vieron la rotura, librándose, por suerte como tiempo más tarde se vería, de una operación y de una prótesis de cadera.
Mi madre decidió no operarse cuando, tiempo más tarde (seis meses), otro médico, comprobó que tenía la cadera rota. Se trataba de un especialista que recuperaba a deportistas y a gente accidentada. La rotura de la cadera de mi madre parecía más propia de un accidente que de una caída en casa. El médico no dio crédito cuando la vio entrar en consulta caminando por su propio pie, ya que, antes de recibirla, había estado viendo las radiografías y el TAC. No sólo caminaba, sino que conducía su coche.
¿Qué fue lo que obró el milagro?
Mi madre decidió que no quería quedarse coja. El proceso no fue fácil.
Puedo resumirlo en una voluntad y una determinación a prueba de ‘tsunamis vitales’. Aprovechó los limones que la vida le envió –como diría Wayne Dyer: ‘si la vida te manda limones, haz limonada’-. Hizo introspección interior. Todos los días le hablaba a su cadera, le decía que sabía cómo curarse y que confiaba plenamente en ella. Hablarle, darle ánimos, a esa parte del cuerpo que está ‘enferma’ o ‘en proceso de sanación’, es fundamental. Asimismo, visionaba tanto a su cadera completamente curada como a sí misma caminando normalmente. Este trabajo, lo hacía, como mínimo, una vez al día. Yo le había dicho que no tenía nada mejor que hacer allí tumbada en la cama. También le enseñé una meditación de sanación en la que se adentraba en el mar con su delfín y los dos iban hasta ‘el templo de los maestros y los médicos del cielo’, donde la atendían y curaban.
Creer es ver.
Querer es poder.
Mi madre se agarró a la vida.
Mi madre se empeñó en sanar su alma y sanó su cuerpo.
Yo le repetía una de las consignas de la PNL: ‘Si otro ha podido, tú también. Si otro pudo curarse de cáncer, de SIDA… tú también puedes curar tu cadera.”
Así fue.
Hace siete años, cuando se rompió la cadera derecha (sólo le pusieron un tornillo, no hizo falta prótesis), me pidió que la ayudara de nuevo a pesar de que ya no era tan joven. A lo que le respondí que la edad la tenía el DNI, no ella. Otro pronóstico negativo que no se cumplió con ella fue que no se quedó ciega. La operaron de cataratas (según la oftalmóloga de la SS eran inoperables) y le trataron la DMAE. De este mundo se fue viendo la vida.
Nunca es tarde para sanar.
Siempre estamos a tiempo de curarnos por dentro y por fuera.
Cierto es que no nos curamos de un día para otro al igual que, tampoco, enfermamos de un día para otro. La gestación de la enfermedad -olvido, odio, rencor, desdén, acumulación de malos rollos- no es flor de un día, más bien es una labor minuciosa, constante y perseverante al modo estalactita: gotita a gotita… una y otra vez, una y otra vez. Ergo, la sanación tampoco se logra en un día puesto que tenemos que ‘deshacer’ o limpiar toda esa basura acumulada a lo largo de, a veces, décadas o puede que vidas… A todos nos gustaría curarnos en un pís pás. Muchos son los que desisten al ver que no logran curarse enseguida. Paciencia, perseverancia, persistencia, fe, amor… deben convertirse en habituales y diarios. Si Roma no se hizo en un día, tampoco debemos pretender curarnos de la noche a la mañana, aunque, al final, así lo parezca.
Hace muchos años, residiendo en Madison (WI), me compré un libro titulado ‘SPIRITUAL CRISIS’. Un libro maravilloso que habla sobre las dolencias y carencias espirituales que hay detrás de toda enfermedad física.
Enfermar, estar enfermos, no es ni debería ser motivo de vergüenza. Nadie está exento de ‘procesos de ensuciamiento’. A nadie le es ajeno lo humano. Enfermar y sanar son las dos caras de una misma moneda y todos llevamos ‘miserias, suciedades cósmico-espirituales y vivenciales’ en nuestra mochila humana.
Hace tiempo tuve en consulta a una mujer que estaba inmersa en un proceso de diabetes.
Lo llevaba fatal.
Se había convencido a sí misma de que era inferior por el hecho de tener diabetes.
Considero que la diabetes le permitió verbalizar ese sentimiento de inferioridad fruto de una carencia de amor por sí misma. Ante todo, traté de enseñarle a cambiar la perspectiva: ella no era la enfermedad ni la enfermedad era un castigo ni motivo de vergüenza. Se lamentaba de que ella estaba enferma mientras que otras personas de su entorno con menos buen corazón que el suyo, estaban sanas (en apariencia o temporalmente). Se sentía inferior respecto de otras mujeres (historia típica tópica donde las haya), por carecer de pareja. Ella ni era fea ni tonta, todo lo contrario. Empero, no había tenido ‘suerte’ en el amor, según su madre. Para su madre, el sumun del triunfo para una mujer era casarse y tener hijos. Ella ni casada ni con hijos, o sea, una fracasada (para su madre, claro). Dado que, para ella, la opinión de su madre pesaba más que la suya propia, acabó por desarrollar una diabetes con el propósito de hacerse ver a sí misma lo equivocada de su postura vital.
- La enfermedad era una oportunidad de rectificar su actitud, de cambiar los parámetros de la relación con ella misma.
El camino de la sanación pasaba por priorizar sus valores y sus creencias, por atenderse y amarse a ella en lugar de tenerse manía por haber cumplido con el plan que su madre tenía para ella.
Enfermamos porque nos dejamos de lado.
Enfermamos porque, a nuestra psique, le damos miedo en lugar de amor.
Si observamos la palabra MIEDO, y le damos la vuelta, esta se convierte en ‘odiem’.
O sea, odio.
Si me odio, me descuido, me maltrato, me inferiorizo, me dejo de lado, priorizo a los demás, me impongo los principios, valores e ideas de los demás, me obligo a tragar sapos y sapotes todo con tal de que me acepten… Obviamente, ese odio, me enfermará.
Al igual que el odio/miedo me enferma, el amor puede obrar el milagro de la sanación.
¿Por qué no darme la oportunidad de sanar?
Nadie quiere estar enfermo.
Nadie dice odiarse…
Y, sin embargo, están enfermos. Se tienen miedo, mucho miedo.
Vivirnos a través de las consignas del CdR (Club del redil), sólo nos trae miseria, dolor, soledad, rabia, malestar…
Si queremos sanar nuestro cuerpo debemos empezar por sanar nuestra mente.
Digamos adiós al odio, adiós al miedo.
Al igual que limpiamos nuestra casa porque se ensucia a lo largo de los días debido a que hacemos la comida en la cocina, comemos en el salón, vemos la tele, usamos el baño… entramos y salimos a la calle o al jardín, invitamos a gente a nuestra casa, haríamos bien en limpiar nuestra morada psíquica. Es normal que ensuciemos nuestra psique o que se nos ensucie, al fin y al cabo, vivimos en sociedad con otras personas y no somos conscientes plenamente de todas y cada una de las consignas que nos damos, imponemos o regalamos los unos a los otros.
¿Verdad que nadie se siente culpable por sudar si corre o va en bici?
¿Verdad que se asume como normal ducharse cuando se vuelve a casa de hacer deporte o de haber salido al campo a trabajar?
Ducharse después de correr, o fregar los platos sucios después de haber comido en ellos, es visto como algo normal. Mientras estos ‘actos’ están normalizados, el ducharse interiormente no está asumido dado que negamos que nos ensuciemos psicológicamente. Nos han hecho creer, mejor dicho, nos hemos hecho creer los unos a los otros que, nadie, absolutamente, nadie inteligente y triunfador, se ensucia.
¡Mentira!
Todos nos ‘ensuciamos’ psicológicamente.
A todos nos pasan cosas.
Todos nos perdemos en la vida.
Todos enfermamos.
Todos, en algún momento de nuestra existencia humana, caemos presa del miedo, nos odiamos.
Lo que cuenta no es la ‘caída’ o el ‘ensuciamiento’ o la ‘enfermedad’, sino el cómo abordamos o nos relacionamos con ese resultado real y no deseado.
- Toda enfermedad es una gran oportunidad en forma de aprendizaje, una forma de descubrir el verdadero yo a base de retirar los escombros para que el alma brille su luz. Por consiguiente, la pregunta a hacernos sería: “¿Qué estoy dispuesto a hacer con tal de sanar mi cuerpo?”
¿Significa eso que, los que no lograron sanar su cuerpo es que no estuvieron dispuestos a hacer lo que fuera necesario con tal de lograr la tan ansiada sanación?
¿Acaso fueron unos perdedores?
No me atrevería a calificar a nadie de fracasado ni de perdedor cuando de salud y de sanar se trata. Que no sane el cuerpo no significa, a mi entender, que no haya sanado el alma. Cada persona decide a qué nivel se produce la sanación: si la sanación, que se ha dado a nivel espiritual, debe trascender ese plano y mostrarse en el físico o, simplemente, debe quedarse en el espiritual y la persona aprovecha para soltar amarras y largarse de este mundo terrenal. Nadie, excepto el alma de cada cual y Dios, saben que acontece entre los bastidores de la vida.
A todos nos gustaría vivir para contarlo, sanar a todos los niveles… Lo cual no significa que, llegado el momento, lo mantengamos.
Ya lo dije al principio, la Muerte no es el final, sólo el principio de una nueva Vida en otro plano. La muerte física es el peaje que pagamos para deshacernos de un guion vital y crearnos otro. No obstante, mientras hay Vida hay esperanza y la oportunidad de rehacer nuestro camino renegociando nuestra estancia en la Tierra con nosotros y con nuestra alma. Personalmente, en vez de tirar la toalla soy partidaria de afanarme en encontrar motivos para seguir estando en la Tierra, para desechar las creencias impuestas y poco cuestionadas de que a partir de cierta edad ya servimos para poco y de que sí o sí envejeceremos y enfermaremos…
Obviamente, es la profecía auto cumplida.
Así pensamos, así nos comportamos.
- ¿Por qué tengo que hundir mi psique en el miedo?
- ¿Por qué no voy a atreverme a cuestionar las creencias limitantes que me ha impuesto la sociedad?
- ¿Por qué tengo que vegetar dentro del CdR?
- ¿Por qué no voy a permitirme desafiar la ‘normalidad’ del rebaño?
Si hubo quien logró sobrevivir al Holocausto nazi, si hubo quien logró salir cuerdo de un campo de concentración nazi… yo también podré sanar mis heridas emocionales, curar mi cuerpo y desprenderme de las creencias que me impiden, cual lastre, avanzar con alegría en mi vida.
Las creencias nos hunden, nos matan o, por contrario, nos salvan y nos proporcionan vitalidad dotando de milagros nuestra existencia.
Desafiar al CdR: lo que es válido para alguien puede no serlo para otro.
Ergo, si alguien decide no superar una enfermedad, o sucumbir ante un problema… yo no tengo porque proceder igual.
Podemos, y debemos, escoger nuestros modelos de referencia. En mi caso, prefiero fijarme en esos que luchan, en esos que no se dan por vencidos, en esos cuya rebeldía les ha salvado de un destino sombrío.
La rebeldía es común a genios y a supervivientes.
Yo soy una superviviente.
Me gusta serlo.
El mando de tu vida es tuyo, tú puedes sanar tu vida como dijo Louise Hay. Así es. No odies tu cuerpo. Su dolor, su desazón, su malestar… son una ristra de SOS que lanza la psique, metamensajes del alma, notas que nos deja para que limpiemos esto o aquello.
- LA ENFERMEDAD NO ES TU ENEMIGA. LOS SÍNTOMAS SON UN ‘SOS’ QUE TE ENVÍA TU PSIQUE.
Los síntomas, ya sean de una enfermedad o una molestia o un problema físico, no son la CAUSA sino el medio para llegar a la causa y sanarla.
Suelen ser metáforas de aquello que se ha desajustado en el alma o psique. Vivimos en una sociedad que usa las pastillas para tratarlo todo, esto es, sólo se fija en el cuerpo, olvidando la psique. Omitimos cuidarnos cuando lograr dinero, fama, éxito… pasa a ser más importante que nosotros mismos. La vida humana es finita, no es eterna, el alma sí, por eso haríamos bien en atendernos y vivir acorde a nuestros principios y escala de valores. La calidad de vida debería ser más importante que lo material. De hecho, cuando enfermamos nos damos cuenta de lo dejados que estábamos de nosotros mismos, de la gran carestía de amor propio que hay en nuestras alforjas (en ocasiones, el sonido del vacío es tremendo).
- El amor lo cura todo. Cierto, ahora bien, sólo el amor a uno mismo es el que obrará el milagro.
Cada uno de nosotros tiene su propia manera de aprender a vivir una vida plena. Es primordial decidir amarnos. En ocasiones, la enfermedad, es la ‘celestina’ que nos conecta con esa parte olvidada de nosotros mismos.
- El rencor, el odio, la rabia, el rechazo… son ‘disolventes’ o ‘niegamor’.
Empero, los usamos a cada momento. No somos conscientes del daño que nos hacemos hasta que ya es ‘demasiado’ tarde, esto es, ha aparecido la enfermedad. En ese momento, en lugar de decirle, a la enfermedad, ‘enséñame’, pasamos a odiarnos aún más (es una forma de victimismo), por el hecho de estar enfermos. Círculo vicioso: a menos amor, más enfermedad.
- La enfermedad NO es una enemiga, ni algo a combatir.La enfermedad es una oportunidad de sanación o limpieza existencial.
NO es bueno luchar CONTRA la enfermedad, porque estaremos luchando contra nosotros. Es mejor abordar la enfermedad como un ‘SOS’ del alma: los síntomas cuentan mucha información acerca de qué debemos limpiar, modificar, erradicar… en lo más profundo de nosotros. Nadie es mejor ni peor que otro. Estar en un proceso de enfermedad NO nos convierte en fracasados ni en perdederos, ni nos quita valía como seres humanos.
Cada vez que leo ‘contra el cáncer’, se me estremece el alma. ¿Por qué no decir ‘a favor de curar el cáncer’ o ‘devolverle la memoria a esas células que se han vuelto del revés’? El cáncer no es el enemigo que abatir, porque en ese caso, si la enfermedad se toma como un ‘enemigo’, se sigue perpetuando el conflicto psicoemocional y/o psicoespiritual que hay en el origen de dicha ‘enfermedad’. Admito que, a mucha gente el hecho de aceptar su responsabilidad, no le gusta en absoluto. Hubo una lectora de mis libros que, cuando hablé de la ‘responsabilidad’, se enfadó tanto que amenazó con dejar de ser lectora. A mí me quedó claro que se estaba defendiendo de lo que yo había escrito debido a que, en su inconsciente, sabía que era así. No pretendo darle lecciones a nadie, tan sólo invitar a reflexionar desde el enfoque de asumir la responsabilidad de sanar la causa para, así, poder eliminar los síntomas.
- No somos víctimas de un mundo cruel, sólo consecuencias de nuestros conflictos interiores, de nuestra falta de amor a nosotros mismos o depositarios de las lecciones que hemos venido a aprender.
- Las creencias nos enferman, nos envenenan el alma o, por el contrario, nos curan y nos salvan de todo mal.
Conozco a personas que han sanado de su ‘enfermedad’. Cómo lo lograron:
- Dejaron de pelearse con la enfermedad.
- Dejaron de tomarla como un castigo y pasaron a aceptarla.
- Se preguntaron: ¿Qué les podía enseñar?
- Averiguaron las creencias que les mantenían en ese estado de ‘pérdida de salud’, y se deshicieron de ellas. En el caso de una mujer que no lograba curarse de una dolencia de espalda (se le habían colapsado varias vértebras. Tal era el dolor, que el médico llegó a pensar que tenía cáncer de médula. No era así, empero el dolor no cesaba. Esta mujer había creado una creencia enfocada a ‘solucionar’ la enfermedad, era la siguiente: “Si yo muero, este dolor también morirá”. Y, efectivamente, se estaba muriendo. Una vez desactivé la creencia, la ayudé a reencuadrarla, la mujer salió de su agujero oscuro y empezó a sanar. En tan sólo dos semanas hizo un cambio radical.
- Hicieron lo que tuvieron que hacer con tal de sanar esa dolencia.
- Convertir en bendición lo que en principio era una maldición: esto sucede cuando dejamos de acusar a los otros de ser los causantes de los males que hay en nuestra vida.
- Vivir cada día como lo que es, un regalo y una oportunidad para disfrutar (una de las versiones o sinónimos de amar).
Animo a la gente a mirar dentro de sí. Ello es compatible con ir al médico y con tratarse alopática o alternativamente –cada cual elige su camino de sanación-. Mirar dentro de uno es curar las heridas del alma, la única manera de sanar realmente.
* El cuerpo sólo refleja lo que sucede en los niveles invisibles de la psique.
FUENTE: (c) Libro RENDIRSE NO ES UNA OPCIÓN (Amazon).
Comentarios