Comunicamos todo el tiempo. El problema es que pocas veces somos conscientes de cómo lo hacemos.
Hay un dato que me sigue impactando cada vez que lo comparto en mis programas de comunicación de influencia: según un estudio de la Universidad de UCLA, liderado por Albert Mehrabian, solo el 7% de lo que comunicamos viene de las palabras que elegimos. El resto es tono, ritmo y lenguaje corporal.
Pero ese 7% importa más de lo que creemos, porque es el andamiaje sobre el que todo lo demás se sostiene. Si las palabras son equívocas, el cuerpo tampoco convence y, por ende, perdemos credibilidad.
El peligro de la ambigüedad
Recuerdo el caso de un directivo que llegó a una reunión de resultados con su equipo y abrió diciendo: "Esto no está tan mal". Él quería transmitir confianza, pero lo que recibieron sus colaboradores fue ambigüedad. La gente se quedó confundida; no supieron a qué ponerle atención.
La asertividad no es hablar fuerte ni ser directo a toda costa. Es elegir con conciencia. Es saber que decir "tengo una observación" abre una puerta distinta que decir "hay un problema", aunque estemos hablando de lo mismo.
La ilusión de la comunicación
Como bien decía George Bernard Shaw: “El mayor problema de la comunicación es la ilusión de que ha ocurrido”.
La mayoría de los conflictos que veo en las organizaciones —y llevo más de 15 años trabajando con equipos de alto desempeño— no nacen de malas intenciones. Nacen de palabras usadas sin conciencia, de un tono que nadie calibró o de un mensaje que llegó incompleto y el otro llenó con suposiciones.
Ponle intención a tu impacto
La buena noticia es que la comunicación asertiva se entrena. No es un talento de nacimiento, es una habilidad que se construye con práctica y con una dosis honesta de autoconciencia.
Esta semana, antes de enviar ese correo, antes de entrar a esa junta o de dar ese feedback, te invito a preguntarte: ¿Mis palabras son coherentes con lo que quiero generar en el otro? A esto yo le llamo intencionalidad. Pocos le ponen intención a lo que hacen y continuamente actúan en "piloto automático". Esto provoca que no midan el impacto que tienen sus comportamientos y sus palabras sobre los demás. Porque comunicar no es solo hablar; es responsabilizarte del impacto que dejas.
¿Cuándo fue la última vez que una sola palabra cambió el rumbo de una conversación importante para ti? Me encantaría leer tu historia en los comentarios.
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