Dos personas pueden comprar exactamente lo mismo — y estar tomando decisiones financieras completamente distintas.
¡Hola! Soy Marijó Codesal y esta es una Carta de Rebelión Financiera. Cada semana exploro una dimensión de tu identidad financiera para hacer más consciente la relación que tienes contigo misma cuando miras de frente a tu dinero. Y cuando toca, también bajamos ese trabajo a tácticas y estrategias concretas. Transformar tu dinero sin tocarte por dentro no funciona, pero quedarte solo en lo interior tampoco.
¿Te rebelas conmigo?
Setenta pesos. Cinco veces por semana.
Alguien, tú, yo, una clienta, el reel que viste anoche, hace la cuenta.
Eso suma unos $1,400 al mes, exactamente unos $18,000 al año.
Y obvio te ataca la frase que ya conoces de memoria, la que cierra el argumento como si fuera obvio…. imagina si hubieras invertido eso. ¡Pues si! 🙄🙄 Imagínate que nunca hubieras gastado nada del dinero que has recibido en tu vida. 🙄🙄
La matemática está bien hecha. No voy a discutirte la multiplicación.
Voy a decirte la pregunta que me viene a la mente inmediatamente después. Esa pregunta que nadie se hace en voz alta porque parece que ya se contestó sola…
¿en qué momento tu excel, ese presupuesto tan bonito que hiciste, decidió que tú no querías comprar ese café?
Porque ahí está el truco.
El ejercicio empieza pareciendo información, esto cuesta, esto suma, esto podría crecer pero termina siendo un veredicto. Pasamos de “así es como se ve este gasto en un año” a “esto es lo que estás haciendo mal”, sin que nadie note el salto.
¡¡Que es gigantesco!!
Llevo años sentada frente a estados de cuenta de lindisimas personas. Y una de las cosas que más se repite es esta transferencia silenciosa: alguien entrega su presupuesto y, sin darse cuenta, entrega también el criterio con el que se juzga a sí misma. Y pesa más que la deuda o más que un ingreso insuficiente.
Deja que un número le diga si es responsable o no, disciplinada o no, adulta o no. Y el número, que solo sabe sumar, no tiene forma de saber nada de eso.
Todos tenemos un café.
Literal… o puede llamarse Uber, flores los viernes, la clase de las siete de la mañana, desayunar fuera los domingos, esa suscripción que renuevas sin pensarlo, el curso para vender más en pinterest, pagar por comodidad en vez de esperar la fila.
Da igual el nombre exacto: lo que importa es que cada quien carga con una lista de gastos pequeños que, vistos desde fuera, o vistos por ti misma a las once de la noche, revisando el celular con culpa, parecen candidatos obvios para desaparecer.
Y antes de seguir, quiero ser justa con la idea que estoy a punto de cuestionar, porque merece que se le trate con inteligencia y no como espantapájaros.
El concepto de “gasto hormiga” existe porque describe algo real…. consumos pequeños, frecuentes y poco conscientes que, acumulados, pueden afectar de forma significativa tus finanzas personales.
No es un invento sin sustento. (Salió un verso sin hacer esfuerzo, jeje)
Pequeño y frecuente puede convertirse en mucho. Por eso revisar esos gastos y hacerlos visibles, puede liberar recursos reales. Eso no lo voy a negar.
Lo que quiero cuestionar es otra cosa, más discreta y más peligrosa.
Quiero cuestionar la idea de que podemos determinar si un gasto sobra mirando solamente cuánto cuesta, qué se compró y con qué frecuencia se repite. Como si el ticket, por sí solo, tuviera la respuesta.
Aquí está el quid del asunto…
Imagina dos personas que compran exactamente el mismo café, al mismo precio, todas las mañanas de la semana. En su estado de cuenta aparece idéntico: $70, $70, $70, etc. El banco no distingue entre ellas. El Excel tampoco.
Pero una de ellas lo compra en automático, sin pensarlo, mientras arrastra una deuda que la mantiene despierta y que preferiría terminar antes que cualquier otra cosa. Cada café que compra no es exactamente una elección; es más bien la ausencia de una. Lo hace porque siempre lo hace, no porque hoy lo haya decidido.
La otra también lo compra todos los días. Pero esa media hora sentada en la cafetería, antes de entrar a una jornada que le exige mucho de sí misma, la eligió. Igual tiene una deuda, que también quiere pagar lo antes posible, pero tiene contemplada esa media hora dentro de lo que gana y no afecta su plan de pago de deudas. Sabe cuánto cuesta y sabe por qué la sostiene.
Misma transacción. Dos decisiones financieras completamente distintas.
Y aquí quiero apuntar algo con mucha claridad, porque es la idea que sostiene todo lo demás: transacción no es lo mismo que decisión financiera.
La transacción es el dato → qué compraste, cuánto pagaste, cuándo, con qué frecuencia. Es lo único que ve tu banco, una app de finanzas personales o cualquier ejercicio que “anualiza” tu café.
La decisión financiera es otra cosa. Incorpora quién decidió, desde qué contexto, qué está tratando de sostener con esa elección, qué desplaza al tomarla y qué capacidad tiene, hoy para sostenerla. Incluso considera si estás construyendo esa capacidad de sostén.
La educación financiera convencional, así como se presenta en las redes sociales, suele intentar corregir la transacción diciendote cosas como: elimina esto, reduce aquello, automatiza tu ahorro. Y no está mal como herramienta. Pero cuando se convierte en el único lente, deja afuera exactamente lo que más importa… la persona que está produciendo esa transacción, una y otra vez, por razones que el número no puede contarte.
Por eso no se trata de preguntarte si puedes eliminar esto. Cualquier cosa se puede eliminar; eso no requiere criterio, requiere disciplina.
Para mi hay otra pregunta y es más incómoda porque exige que te conozcas un poco…
¿Quiero que esto forme parte de la vida que estoy financiando?
Fíjate en lo que no dice esa pregunta. No dice “¿me hace feliz?”
Eso sería como darte un tiro en el pie, atole con el dedo, dicen en México. Eso no te da ningún criterio para decidir con claridad y con esa lógica cualquier gasto se justifica a sí mismo.
Tampoco dice “¿puedo pagarlo hoy?” eso sería quedarnos otra vez solo en la transacción, solo que ahora disfrazada de responsabilidad.
Una decisión consciente, tal como yo la entiendo, reconoce al menos cinco cosas.
-
Qué estoy eligiendo,
-
por qué lo quiero,
-
cuánto cuesta realmente,
-
qué desplaza al elegirlo y
-
qué necesito para poder sostenerlo sin engañarme.
Con ese criterio, un gasto frecuente no se vuelve automáticamente irresponsable por ser frecuente. Pero tampoco se vuelve responsable solo porque alguien lo disfruta. La consciencia no cancela la matemática. Cambia la pregunta que le hacemos a la matemática.
Quieres seguir profundizando en este tema… creo que vale la pena.
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Primero tú, luego el dinero.
Marijó
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