¡Hola! Soy Marijó Codesal y esta es una Carta de Rebelión Financiera. Cada semana exploro una dimensión de tu identidad financiera para hacer más consciente la relación que tienes contigo misma cuando miras de frente a tu dinero. Y cuando toca, también bajamos ese trabajo a tácticas y estrategias concretas. Transformar tu dinero sin tocarte por dentro no funciona, pero quedarte solo en lo interior tampoco.
¿Te rebelas conmigo?
Puedes saber exactamente qué hacer con tu dinero y todavía no saber para qué lo quieres. ¿Cuál es el sentido de lo que hacemos con nuestro dinero?
Esa segunda pregunta nadie nos la enseñó a hacer.
La frase me llegó antes de que supiera qué hacer con ella.
Estaba entre programando, esperando unas respuestas de Claude y revisando mi feed de Substack cuando me detuve en un artículo de Science & Soul. Hablaba sobre Viktor Frankl y de porque los libros de autoayuda realmente no ayudan.
Me reí un poco. Sonaba a parodia de libro de aeropuerto. Pero no me la pude quitar de encima, y tardé un par de días en entender por qué. Lo que me incomodaba no era la frase. Era lo que me estaba descubriendo, de mi y empecé a hacer flashback de las personas con las que he trabajado procesos individuales de coaching financiero.
Llevo años trabajando con personas y dinero. Sé leer un estado de cuenta. Sé dónde se esconde el costo real de una tarjeta y cuánto termina valiendo esa mensualidad “chiquita” a treinta y seis meses. Escribí un libro entero sobre mis propias deudas y sobre lo que tuve que entender de mí para salir de ellas. Y aun así, con ese post, no habría podido contestar con claridad una pregunta que suena a ejercicio de primaria…
¿Para qué quiero mi dinero?
No cuánto. No cómo. Para qué.
Nunca habíamos sabido tanto
Piensa en todo lo que hoy cabe en tu teléfono. Una app que clasifica tus gastos por colores. Un simulador de crédito que te dice el CAT antes de firmar. Una calculadora de interés compuesto que te muestra, con una curva preciosa, cuánto tendrías a los sesenta y cinco si empezaras hoy. Un podcast sobre ETFs para escuchar mientras haces el súper. Un video de cuarenta segundos explicándote cómo construir tu reserva para la paz (o fondo de emergencia, le llaman). Una plantilla de Excel que alguien vende con la promesa de que, esta vez sí, vas a tener control.
Nada de eso me parece mal. Al contrario. Durante mucho tiempo el conocimiento financiero estuvo encerrado detrás de un escritorio de banco y de un lenguaje diseñado para que no preguntaras.
Que hoy una mujer pueda entender qué es una tasa fija antes de firmar una hipoteca es una conquista, no un detalle.
Pero en mi trabajo aparece tiro por viaje una escena que la información no resuelve. Una mujer que sabe. Que tiene su presupuesto, que ahorra, que quizá ya pagó la tarjeta, que invierte algo cada mes. Y que en algún momento de la conversación dice una versión de esta frase:
—Sí, todo bien. Pero ¿hacia dónde estoy llevando todo esto?
Para nada una crisis, sino la sensación de estar remando con muy buena técnica sin haber mirado hacia dónde apunta el bote.
Hagamos una prueba. Imagina que mañana despiertas con tus finanzas impecablemente optimizadas. Cero deudas caras. Una reserva para la paz con número claro y dinero completo. Inversiones bien diversificadas. Un flujo mensual que alcanza y sobra.
¿Sabrías qué hacer con esa capacidad?
No me refiero a en qué gastarla. Me refiero a qué vida querrías que sostuviera. Si la respuesta tarda, no estás sola. A mí también me tardó y aún me cuesta.
Lo que las herramientas responden, y lo que no
Quiero ser justa con la técnica, porque este ensayo no va contra ella.
Las herramientas financieras responden preguntas importantísimas. ¿Cuánto puedo pagar al mes sin ahogarme? ¿Cuánto me cuesta realmente esta deuda? ¿Qué inversión corresponde al riesgo que puedo tolerar? ¿Cuánto necesitaría juntar para retirarme a cierta edad? Si alguien quiere tomar decisiones serias con su dinero y no sabe contestar eso, le falta algo, y ese algo se aprende.
Pero hay una frontera que ninguna herramienta cruza.
Tomemos una casa. Con cifras ilustrativas…
Un crédito de 3.5 millones de pesos, a veinte años, con una tasa cercana al 10.5% anual, implica una mensualidad de alrededor de 35,000 pesos. Una calculadora hipotecaria te dirá, con toda precisión, que si ganas 100,000 al mes “puedes” con ella. El pago queda en un tercio de tu ingreso, dentro de lo que muchos bancos consideran razonable.
Lo que la calculadora no puede decirte es qué más estás firmando.
Porque esos 35,000 pesos no son solo un pago. Son veinte años de un ingreso que ya tiene dueño. Son la respuesta, anticipada, a preguntas que todavía no te han hecho… como… si podrás cambiar de trabajo cuando ese trabajo te esté vaciando, si podrás tomarte seis meses cuando alguien a quien amas se enferme, si podrás mudarte de ciudad, emprender, bajar el ritmo, decir que no.
La calculadora mide capacidad de pago. No mide cuánta de tu libertad futura estás dispuesta a comprometer por esa casa. Y no lo mide porque no puede. Esa respuesta depende de para qué quieres la casa. Ahí empieza otra conversación.
Misma meta, otra cosa
“Quiero comprar una casa” es una de las metas financieras más comunes que escucho. (Porque además soy broker hipotecario certificada). Y es una de las que más cosas distintas esconde.
Para una mujer, la casa es seguridad. Nunca más un casero que te avisa con un mes de anticipación que necesitas irte.
Para otra es pertenencia. La casa es la prueba, ante su familia, de que le fue bien.
Para otra es patrimonio frío, un activo que espera que se revalúe.
Para otra es espacio, literalmente metros, para que sus hijos crezcan con un cuarto propio.
Para otra es dejar de depender de una pareja, de unos padres, de alguien que en cualquier momento podría decir “esta casa es mía”.
Para otra, más callada tal vez, es poder envejecer tranquila.
Misma meta. Mismo crédito, quizá. Sentidos completamente distintos.
Y eso importa, porque el sentido cambia qué estrategia es buena. Si lo que buscas es patrimonio, tal vez convenga comprar donde haya plusvalía aunque no sea donde quieres vivir. Si lo que buscas es no volver a depender de nadie, una hipoteca que se coma la mitad de tu ingreso puede estar construyendo exactamente lo contrario de lo que necesitas: otra forma de dependencia, ahora con un banco y con un empleo que no te puedes permitir perder.
Pasa igual con la deuda. “Quiero salir de deuda.” ¿Para qué?
La respuesta obvia es correcta… para dejar de pagar intereses. Pero rara vez es la única. A veces es para recuperar margen.
Para volver a sentir que una parte de tu ingreso te pertenece.
Para poder decir que si a una invitación sin hacer cuentas mentales.
Para dormir.
Para dejar de pedir permiso.
Para, por fin, empezar a construir algo tuyo en lugar de pagar lo que ya pasó.
Escribiendo esto encontré la forma más honesta que tengo, por ahora, de nombrar la diferencia…
Una meta se puede tachar de la lista. El sentido no se tacha: se sostiene o se traiciona en cada decisión que tomas para llegar a ella.
Puedes llegar a la casa y haber traicionado aquello por lo que la querías. Puedes liquidar la deuda y descubrir que sigues sin sentir que tu dinero es tuyo. La meta se cumplió. El sentido quedó en otra parte.
Frankl → la puerta, no la casa
Ahora sí, Frankl.
Viktor Frankl fue un psiquiatra vienés que sobrevivió a varios campos de concentración nazis y que, al salir, escribió el libro que en español conocemos como El hombre en busca de sentido. De ahí sale, evidentemente, la broma de mi frase.
Su trabajo posterior, la logoterapia, se apoya en algunas ideas que vale la pena tener claras. Que las personas no somos movidas solo por el placer o por el poder, sino por algo que él llamó voluntad de sentido, es decir, la necesidad de que lo que hacemos signifique algo. Que tenemos cierta libertad, incluso en condiciones extremas, para tomar posición frente a lo que nos ocurre; él la llamó, en una formulación famosa, la última de las libertades humanas. Y que esa libertad no viene sola. Frankl insistía en que libertad sin responsabilidad es solo media historia, al punto de proponer, medio en broma, medio en serio, que a la Estatua de la Libertad le hacía falta una Estatua de la Responsabilidad del otro lado del país.
Quiero tener mucho cuidado aquí, porque Frankl es de los autores más saqueados por la industria motivacional. Frankl no dijo que el campo de concentración fuera una elección. No dijo que la actitud correcta te libra de las circunstancias. Escribía desde un lugar donde casi todo le había sido arrebatado, y justamente por eso lo que señala es pequeño y enorme a la vez. Hay circunstancias que no elegimos, y aun dentro de ellas queda una pregunta sobre cómo queremos responder.
Eso es lo único que me llevo de él para este ensayo. Una pregunta, no una doctrina:
Hay circunstancias financieras que no elegí. ¿Qué respuesta quiero construir frente a ellas?
El límite que no se negocia
Antes de seguir, hay que cerrar una puerta. La del “todo depende de ti”.
No todas tenemos las mismas opciones, ni oportunidades. El ingreso importa, y mucho. Una enfermedad importa. El costo de vida de la ciudad donde vives importa. Cuidar a tus hijos, a tu madre, a un hermano, importa, y se paga en horas, en oportunidades y con dinero. La violencia económica importa. La desigualdad no es una percepción. La etapa de vida en la que estás define qué riesgos puedes asumir y cuáles no.
Si alguien te dice que encontrar tu “para qué” te va a resolver el problema de un ingreso que no alcanza, está vendiéndote algo, y no es claridad.
El sentido financiero no borra las restricciones. Sirve para decidir dentro de ellas.
Esto lo aprendí en carne propia. Cuando escribí Gracias por mis deudas hubo quien entendió el título como una celebración… ¡qué bueno que me endeudé! jajaja
No. Nunca fue eso. Significa algo mucho más profundo e infinitamente más útil: esto pasó, tiene un costo que pagué y que sigo recordando, y ahora la pregunta es qué quiero construir con lo que sé, con lo que tengo y con lo que puedo. Esa última palabra, puedo, es la que el discurso motivacional siempre se salta. Y yo no me la quiero saltar
Ponerle nombre
Llevamos un rato dando vueltas a algo sin nombrarlo. Lo hice a propósito. Quería que primero lo sintieras en una casa, en una deuda, en una pregunta que tarda en contestarse.
Lo estoy llamando sentido financiero, y por ahora lo pienso así…
la capacidad de reconocer qué queremos que el dinero haga posible en nuestra vida, y de tomar decisiones económicas coherentes con quiénes somos, con lo que valoramos, con nuestras circunstancias reales y con la dirección que queremos darle a nuestra vida.
Dicho en lenguaje de todos los días, son preguntas como estas:
¿Qué quieres que tus recursos te permitan cuidar?
¿Qué quieres que dejen de gobernar en tu vida?
¿Qué quieres poder elegir gracias a ellos?
¿Qué parte de tu vida merece tener presupuesto y todavía no lo tiene?
¿Qué estás construyendo, además de patrimonio?
Llevo mucho tiempo repitiendo que entre lo que ocurre con tu dinero y lo que decides hacer con él, estás tú. Esta semana esa frase se me alargó un poco. Estás tú, sí. Y tú no eres únicamente una administradora de recursos. Eres una persona intentando construir una vida con esos recursos.
Lo que no sé todavía, y quiero pensarlo contigo, es qué pasa cuando le pedimos al dinero que resuelva cosas que el dinero, por sí solo, no puede resolver.
El dinero como vehículo
Hay una idea que me ha cambiado la forma de mirar muchas decisiones que, desde afuera podrían parecer simplemente “malas” decisiones. Y creo que es algo más…muchas veces el dinero está intentando llevarnos hacia algo legítimo.
Un gasto puede estar intentando comprar descanso. Una deuda puede estar intentando financiar pertenencia. Un ahorro extremo, de esos que no se tocan ni cuando se deberían tocar, puede estar intentando construir una seguridad absoluta que no existe. Mantener económicamente a medio mundo puede estar intentando preservar amor. Trabajar sin parar puede estar intentando demostrar que vales.
Digo puede a propósito, y lo voy a seguir diciendo. No tengo manera de saber qué significa tu deuda, y desconfío de cualquiera que te lo diga en un post. Lo que sí he visto muchas veces es que cuando una persona se pregunta qué estaba intentando conseguir, la conversación cambia de tono. Deja de ser un juicio y empieza a ser una investigación.
Algunas preguntas que abren esa investigación…
¿Qué intentas comprar, además del objeto?
¿Qué intentas proteger cuando ahorras, además del dinero?
¿A quién estás intentando tranquilizar con ese ahorro?
¿A quién le estás intentando demostrar algo cuando produces, cuando facturas, cuando no paras?
Y aquí viene la advertencia que sostiene todo lo demás; entender qué buscaba una decisión no la vuelve gratuita. La tarjeta que financió pertenencia cobra los mismos intereses que cualquier otra. Comprender no es absolver. Es poder elegir distinto la próxima vez, con información que antes no tenías.
Cuando el vehículo destruye el destino
Este es, para mí, el centro del ensayo.
¿Qué pasa cuando la forma en que perseguimos algo termina destruyendo aquello que queríamos proteger?
Quieres seguridad, y trabajas hasta enfermarte.
Quieres darle bienestar a tus hijos, y no tienes tiempo de estar con ellos.
Quieres libertad futura, y pospones cualquier disfrute presente hasta que el presente se acaba.
Quieres pertenecer, y te endeudas para sostener un estilo de vida que tu ingreso no financia.
Quieres una casa propia, y la mensualidad te quita toda capacidad de movimiento.
Déjame bajar esto a números, con un caso armado a partir de patrones que veo con frecuencia, no con una persona real.
Pensemos en una mujer que llamaré Elena. Gana 60,000 pesos al mes. Durante años rentó y vivió con la sensación de que su lugar no era suyo… dos mudanzas forzadas, una de ellas con sus hijos a mitad del ciclo escolar. Cuando por fin juntó el enganche, compró. La mensualidad quedó en 24,000 pesos: 40% de su ingreso. El banco lo aprobó. Las cuentas cerraban. Técnicamente, una decisión defendible, matemáticamente correcta.
Dos años después, Elena odia su trabajo. No exagero el verbo. Le está costando el sueño y la paciencia. Pero no puede irse, ni siquiera puede explorar otra opción, porque cualquier mes sin ingreso completo pone en riesgo la casa. No tiene ninguna reserva financiera que le dé paz porque todo se fue al enganche y a amueblar. Su aportación voluntaria para el retiro está en pausa “por mientras”. Y si le preguntas para qué quería la casa, la respuesta tarda poco: para que nadie pudiera volver a sacarme de mi lugar.
Ahí está la trampa. Elena quería dejar de estar a merced de alguien. Y hoy está a merced de un empleo que no puede perder. El sentido era autonomía. El vehículo, tal como lo armó, produjo dependencia.
Ahora, la pregunta que me importa: ¿qué habría cambiado si Elena hubiera tenido ese sentido claro antes de firmar?
Probablemente no habría cambiado la decisión de comprar. Quizá sí el cómo. Y hay un mundo de posibilidades.
Un crédito más chico, en una zona menos deseada, con una mensualidad cercana al 25 o 30% de su ingreso. O seguir rentando uno o dos años más mientras construía un colchón de seis meses de gastos, para que la casa llegara con margen y no con miedo. O comprar algo más pequeño y conservar la capacidad de moverse de trabajo. Ninguna de esas opciones es “la correcta” en abstracto. Pero todas son más coherentes con nadie me saca de mi lugar que una mensualidad que la amarra a un escritorio.
Con la deuda pasa algo parecido, y aquí hay evidencia interesante. La recomendación técnica clásica para salir de varias deudas es pagar primero la de tasa más alta, porque así pagas menos intereses en total. Es matemáticamente impecable. Sin embargo, una investigación de David Gal y Blakeley McShane, publicada en 2012 en el Journal of Marketing Research, encontró que las personas que iban cerrando cuentas completas, aunque no fueran las más caras, tenían más probabilidades de terminar eliminando su deuda. Las pequeñas victorias parecían sostener el proceso.
Y yo lo he comprobado en los grupos de coaching grupal para salir de deudas. Nadie me lo cuenta. Lo he visto.
¿Qué hago con eso? No lo convierto en regla. Lo convierto en pregunta.
Si para ti salir de deuda significa, sobre todo, ahorrar en intereses, la estrategia de la tasa más alta es probablemente tu camino.
Si significa recuperar la sensación de que puedes, de que avanzas, de que tu ingreso vuelve a ser tuyo, quizá te convenga liquidar primero esa tarjeta pequeña que te recuerda cada mes que no puedes.
Eso puede costarte unos cientos o unos miles de pesos más en intereses. Es un costo real, y conviene saberlo antes de elegirlo. Pero elegirlo sabiendo, porque sostiene tu sentido, es muy distinto a pagarlo sin darte cuenta.
Una decisión puede perseguir algo profundamente valioso y seguir siendo financieramente insostenible.
Para mi esta es frase que protege todo este ensayo y que quiero decirlo nuevamente. -Una decisión puede perseguir algo profundamente valioso y seguir siendo financieramente insostenible.-
El sentido no le quita peso a la tasa de interés. Lo que hace es explicarte por qué estabas dispuesta a pagarla, y si todavía lo estás.
El tercer nivel
La pregunta tradicional de las finanzas personales es ¿qué estoy haciendo con mi dinero?
Durante años mi trabajo ha consistido en mover esa pregunta un paso hacia atrás… ¿quién está tomando esta decisión?
Porque definitivamente, no decide igual una mujer agotada que una descansada, una que creció viendo a su madre pedir dinero que una que creció viéndola ganarlo, una que está sosteniendo sola a dos hijos que una que no.
Lo que esta semana me está apareciendo es un tercer nivel. Una vez que sabes quién decide, falta preguntar: ¿qué está intentando sostener, cuidar o construir esa persona con esta decisión?
Quien decide. Desde dónde decide. Qué puede sostener. Y, ahora, para qué quiere usar lo que tiene.
Sospecho que ese tercer nivel es el puente que me faltaba entre la identidad de quien decide y la vida que está construyendo con sus decisiones. Lo digo con la cautela, lo estoy probando. Si no explica casos reales, si no cambia cómo miramos una casa, una deuda, un ahorro, sobra. Por eso me importa tanto lo que te pasó a ti leyendo hasta aquí.
Siete preguntas de sentido
Quienes me leen desde hace tiempo conocen los Chakras Financieros, la pedagogía con la que organizo las distintas áreas de la vida económica. Cuando empecé a pensar en el sentido financiero, me sorprendió que cada uno se dejara traducir en una sola pregunta. No como ejercicio de siete días. Como mapa.
Raíz. ¿Qué necesito sostener para que mi vida tenga piso?
Sacro. ¿Qué quiero permitir que crezca, y qué quiero poder disfrutar?
Plexo solar. ¿Dónde necesito recuperar capacidad de elección?
Corazón. ¿Qué quiero cuidar sin desaparecer yo dentro del cuidado?
Garganta. ¿A qué necesito poder decir sí, y a qué no, con mis recursos?
Tercer ojo. ¿Hacia dónde quiero dirigirme, y por qué importa?
Corona. ¿Al servicio de qué quiero poner lo que tengo y lo que construyo?
No tienes que contestarlas todas. Probablemente una te incomodó más que las otras. Esa es la tuya, por ahora.
Del control al criterio
Me gustaría prometerte que encontrar tu sentido financiero hace que las decisiones se vuelvan fáciles pero no puedo. Lo que si hace es darte criterio. Y creo que eso es más importante.
El criterio tiene una propiedad que el control no tiene. Permite que dos personas tomen decisiones opuestas y que ambas sean coherentes.
Una mujer que renta toda la vida e invierte la diferencia puede estar siendo tan sensata como una que compra a los treinta. Una que ahorra el 30% de su ingreso puede estar construyendo libertad, y otra que ahorra lo mismo puede estar construyendo una fortaleza donde no deja entrar nada, ni siquiera a sí misma. Desde fuera, los números se parecen. Desde dentro, cuentan historias distintas.
También permite que tú misma decidas distinto en momentos distintos. El sentido financiero no es una respuesta que se escribe una vez y se enmarca.
Si cambia tu vida, puede cambiar tu capacidad, puede cambiar tus responsabilidades y cambiar lo que quieres sostener. Lo que a los veintiocho era aventura, a los cuarenta y dos puede ser irresponsabilidad, o al revés. Por eso una decisión financieramente correcta no siempre es una decisión sostenible.
La técnica dice qué conviene en general; el sentido pregunta qué conviene en esta etapa, para esta persona y su vida.
Y el sentido no siempre suena trascendental. A veces el dinero está al servicio de la seguridad, del deber, del cuidado, de la ambición, del placer, del descanso. Querer dinero para descansar no es menos digno que quererlo para dejar un legado. Frankl advertía que el sentido no se puede perseguir como si fuera una meta más; que tiende a aparecer como consecuencia de entregarse a algo. Me parece que en el dinero pasa igual. No se trata de encontrar un propósito grandioso, sino de dejar de tomar decisiones de espaldas a lo que de verdad importa.
No escribo desde una respuesta terminada
Vuelvo a la frase del principio... soy una mujer en busca de sentido financiero.
Sería muy fácil cerrar este ensayo diciéndote que lo busqué y lo encontré pero…sería super falso, y además le quitaría a la idea lo único que la hace honesta. Lo que sí puedo decirte es dónde llevo años viendo esta pregunta.
En las personas con las que trabajo, que llegan con una decisión técnica y descubren, a la mitad de la sesión, que la decisión era otra. En mis deudas, que durante mucho tiempo financiaron cosas que yo no sabía nombrar. Y en decisiones mías que parecían financieras y no lo eran del todo.
Justo ahora me he estado preguntando esto con mucha intención. He estado construyendo una Auditoría Financiera Rápida, y tuve que tomar una decisión aparentemente sencilla… cuánto cobrar por ella.
Decidí que costaría un dólar aprox. Un solo dólar por una herramienta diseñada para ayudar a las personas a reconocer dónde están financieramente, antes de intentar cambiar nada. Pero había un detalle, las comisiones del procesamiento de pagos reducirían lo que realmente recibiría.
Ese dólar no será únicamente un precio. Será también una forma de establecer cómo quiero relacionarme con las personas que llegan a mi ecosistema.
La calculadora me decía cuánto dinero iba a recibir después de las comisiones. Pero lo que yo necesitaba saber era qué quería yo que esa decisión hiciera posible para mi negocio, para las personas que confían en mí y para la mujer que estoy eligiendo ser mientras construyo todo esto.
-Pronto estará disponible-
He pasado años ayudando a personas a decidir qué hacer con su dinero. Y empiezo a sospechar que, antes, necesitamos hablar mucho más sobre para qué queremos tenerlo.
Lo que el Excel no califica
No estamos intentando construir una vida que saque diez en una hoja de cálculo. Tampoco quiero despreciar la hoja de cálculo; la uso, la defiendo, y sin ella muchas de nosotras seguiríamos decidiendo a ciegas.
Estoy intentando algo más difícil… hacer que el dinero que pasa por nuestras manos tenga un lugar consciente dentro de la vida que estamos construyendo. Que la mensualidad, el ahorro, la deuda, la inversión, el sueldo que aceptas y el que rechazas, digan algo de quién eres y de hacia dónde vas, y no solo de cuánto cabía en el presupuesto.
Llevo años firmando con la misma frase… primero tú, luego el dinero. Esta semana encontré en ella una capa que no había visto. Primero tú, porque antes de decidir qué hacer con el dinero, quizá necesites saber para qué quieres que esté ahí.
¿Para qué quieres tu dinero?
Antes de irte
Estoy empezando a explorar en serio esta idea del sentido financiero, y no quiero pensarla sola. Me interesa muchísimo saber qué despierta en ti una pregunta tan sencilla y tan poco sencilla a la vez.
¿Para qué quieres tu dinero?
Respóndeme este correo o déjamelo en los comentarios. No hace falta que tengas la respuesta clara; me interesa más la que todavía está a medio formar. Leo cada una.
Recuerda… primero tú, luego el dinero.
Marijó
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