Puedes priorizar perfectamente y aun así decidir sobre un mapa incompleto. El problema no siempre es el orden. Es quién falta en el conteo.
¡Hola! Soy Marijó Codesal y esta es una Carta de Rebelión Financiera. Cada semana exploro una dimensión de tu identidad financiera para hacer más consciente la relación que tienes contigo misma cuando miras de frente a tu dinero. Y cuando toca, también bajamos ese trabajo a tácticas y estrategias concretas. Transformar tu dinero sin tocarte por dentro no funciona, pero quedarte solo en lo interior tampoco.
¿Te rebelas conmigo?
Le llega el correo un martes a las once de la mañana. Ascenso. Un puesto que llevaba dos años queriendo, con un nombre distinto en la tarjeta de presentación y un ingreso mensual que, al verlo escrito, la hace releer la cifra dos veces.
Abre una hoja de cálculo. No porque sea especialmente metódica, aunque lo es, sino porque así fue “entrenada” para decidir bien con números, sin “dejarse llevar.”
Ingreso actual. Ingreso nuevo. Diferencia. Impuestos. Lo que eso podría significar en ahorro. Quizá, si todo sale bien, en un par de años, la posibilidad de invertir en algo más grande.
Los números cuadran. Más que cuadran y se dibuja una sonrisita en su carita.
Y sin embargo, hay algo que no termina de acomodarse. No es duda sobre si merece el puesto. No es miedo al fracaso. Es una sensación más incómoda de definir…. la de estar tomando una decisión enorme con una calculadora que solo sabe sumar y restar dinero.
¿Qué pasaría si el problema no estuviera en ninguna de esas cifras, sino en quién está haciendo las cuentas?
Abrimos Excel como si fuéramos una sola persona
Aquí va una lista que no es literaria, es simplemente cierta para casi cualquier mujer que conozco, clientas, amigas, yo misma…
Soy madre. Soy profesionista. Soy pareja. Soy hija de alguien que empieza a necesitar más de mí. Soy cuidadora, aunque nadie me haya dado ese título formalmente. Soy alguien que quiere crecer, que todavía tiene hambre de más. Y también soy un cuerpo que en las últimas semanas se ha estado quedando sin energía a las seis de la tarde, no a las nueve de la noche como antes.
Y entonces abro una hoja de cálculo y pregunto: “¿cuánto debería ahorrar?” o “¿me conviene aceptar este trabajo?”, como si ninguna de esas personas existiera. Como si al sentarme frente a la pantalla, todas ellas se quedaran esperando afuera del cuarto.
No es que finjamos que no existen. Es que el formato de la decisión, la hoja, la cifra, la comparación, no tiene casillas para ellas. Y lo que no tiene casilla, muchas veces, no entra al cálculo.
“Define tus prioridades” no es una mala respuesta
La recomendación estandar frente a esto suena razonable… si el dinero, el tiempo o la energía no alcanzan para todo, y -sorry- nunca alcanzan para todo, hay que priorizar. Definir qué importa más. Ordenar. Asignar recursos según ese orden.
Es un consejo correcto. El problema no está en la lógica de priorizar.
El problema es un supuesto que es obvio pero que no se nombra… que ya sabemos qué debería estar sobre la mesa antes de empezar a ordenar. Priorizar asume que la lista de candidatos ya está completa y que solo falta jerarquizarla. Pero, ¿y si la lista misma llegó incompleta?
Se puede priorizar de manera impecable, con disciplina, con claridad, sin culpa, sobre información que dejó fuera a la mitad de la persona quien decide. El orden puede ser perfecto. El mapa, no.
Una verdad no invalida a las demás
Vuelvo a la oferta de trabajo, porque ahí se ve con nitidez.
La profesionista dice: esta es una oportunidad que no se repite. La madre dice: necesito poder estar presente, no solo proveer. La parte que lleva años cargando la palabra “seguridad” como una obligación silenciosa dice: ese ingreso cambiaría muchísimo lo que puedo dormir en las noches. El cuerpo, más lacónico, solo dice: no sé cuánto tiempo más puedo sostener este ritmo. Y la mujer completa, la que las contiene a todas, dice: quiero crecer, y no quiero renunciar a eso solo porque mi vida se volvió compleja.
Ninguna de esas voces está mintiendo. Ese es el punto que más me interesa señalar aquí, porque es fácil malinterpretarlo: esto no es un conflicto entre una parte “buena” y una parte “egoísta”. No hay una versión ingenua que quiere crecer y una versión sabia que quiere cuidar. Todas dicen algo verdadero sobre esa persona en ese momento de su vida.
El problema aparece cuando una sola de esas voces se sienta a la mesa con autoridad para decidir por todas las demás, y el resto ni siquiera se entera de que hubo una reunión.
A esto, dentro de este marco de trabajo, lo llamo fragmentación financiera. Para mé, es una decisión fragmentada cuando considera los recursos disponibles, pero deja fuera necesidades, roles o capacidades de la misma persona que tendrá que vivir materialmente sus consecuencias.
No es un diagnóstico moral. Es una descripción de cómo se construyó el cálculo.
¿Qué explica esto sobre una decisión que los números, por sí solos, no consiguen explicar? Eso es lo que sigue.
Representar no es lo mismo que satisfacer.
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Y recuerda...
Primero tú, luego el dinero.,
Marijó
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