"Me celebro y me canto a mí mismo." Walt Whitman
Hay viajes que comienzan mucho antes de hacer una maleta, empiezan cuando la vida cambia el paisaje sin pedirnos permiso y aquello que conocíamos de memoria deja de indicarnos el camino que habíamos planeado. De pronto, las señales parecen escritas en otro idioma, el horizonte se vuelve incierto y nos descubrimos avanzando con más preguntas que respuestas: ¿Y si me equivoco?, ¿Qué pensarán de mí si vuelvo a empezar?, ¿Y si no soy capaz de continuar? Nos gustaría detener el tiempo, pedirle al destino una garantía, conseguir que alguien nos asegurara que todo saldrá bien antes de atrevernos a tomar otra ruta, sin embargo, la vida no entrega mapas completos, nos invita a seguir incluso cuando desconocemos lo que encontraremos después de la próxima curva y en medio de esa incertidumbre surge una pregunta que merece una gran reflexión: ¿Quién eres cuando ya no tienes certezas?
A menudo buscamos fuera la seguridad que tanto nos cuesta cultivar por dentro, esperamos aprobación, consultamos opiniones, medimos nuestras decisiones con la mirada ajena y procuramos evitar cualquier equivocación que pueda exponernos al juicio de los demás, mientras tanto, vamos llenando una maleta invisible donde guardamos palabras que nos hicieron dudar de nuestro valor, errores que seguimos castigándonos por haber cometido, expectativas que asumimos para no decepcionar a nadie y heridas que aún no terminan de cicatrizar. El problema es que lo que escondemos sigue ocupando espacio y, tarde o temprano, necesitamos detenernos, abrir ese equipaje y mirar con honestidad lo que llevamos: ¿Qué te pesa todavía?, ¿Qué sigues creyendo acerca de ti que ya no representa quién eres?, ¿Cuánto de tu vida estás viviendo desde el miedo? Clarissa Pinkola Estés, en su libro Mujeres que corren con los lobos, nos invita a recuperar esa parte profunda e instintiva de la mujer que puede quedar sepultada bajo las exigencias del mundo, volver a escucharnos requiere valor, necesitamos mirar nuestra historia sin avergonzarnos de ella y distinguir entre aquello que nos ayudó a crecer y aquello que solo nos enseñó a temer. Si bien es cierto que no podemos cambiar el equipaje que llevamos hasta ahora, es nuestra decisión elegir lo que nos acompañará en el viaje que tenemos por delante.
Una de las piezas fundamentales de ese equipaje de vida y que en gran medida definirá el rumbo de tus acciones, es el hecho de aprender a creer en ti. Confieso que me tomó años aprender a confiar realmente en mí, quería entender cómo se construía esa seguridad que permite tomar decisiones sin necesitar la aprobación de todo el mundo, comenzar de nuevo sin sufrir el síndrome del impostor y equivocarse sin poner en duda el propio valor. Creo que buscaba una especie de fórmula, una secuencia de pasos que me llevara hasta allí, pero no encontré un manual perfecto, más bien, descubrí que la confianza se construye en la manera en que nos tratamos cada día cuando cumplimos una promesa que nos hicimos, ponemos un límite aunque alguien se incomode o reconocemos un error sin convertirlo en una condena sobre quienes somos. Y, en esa misma sintonía, surge otra pieza clave conectada a la anterior: la renovación de nuestra mente. Así como el cuerpo necesita alimento para mantenerse fuerte, nuestros pensamientos necesitan nutrientes para poder crecer, me gusta pensar en ello como “consumir proteína mental” tal como lo enseña Margarita Pasos, porque aquello que leemos, escuchamos, aprendemos, conversamos y repetimos termina abonando el terreno de tu mente y moldea la forma en que ves la vida. Elizabeth Gilbert explora en Libera tu magia (Big Magic) la relación entre el miedo y el valor de atreverse a vivir y crear sin garantías, esa idea se vincula con algo que me ha costado aprender y es que no necesito eliminar todas mis dudas para avanzar, puedo sentir miedo y aun así dar el paso, equivocarme y volver a intentarlo, cambiar de dirección sin considerar que he fracasado, al fin y al cabo, cada intento que resulte fructífero o no, solo es un peldaño más de crecimiento. Creer en ti no significa tener la certeza de que todo saldrá bien, es reconocer que puedes aprender y reconstruirte cuando las cosas no salgan como esperabas, esa es una certeza que depende de la relación que construyes única y exclusivamente contigo.
Y, en este viaje, mi relación con Dios es una pieza vital, pienso en Él como un ancla y no como una fuerza que mantiene mi barco inmóvil para librarlo de las tormentas, es ese punto que me permite navegar sin sentir que estoy a la deriva, por eso es una relación que no comienza únicamente al necesitar ayuda o una respuesta urgente, es una práctica cotidiana, al recibir el nuevo día con el corazón rebosando de gratitud y el alma dispuesta a vivirlo con alegría y esperanza, se construye en esa conversación íntima que acompaña tus decisiones, en la fe con la que avanzas sin conocer el desenlace. La fe también es eso: saber que no necesitas esperar a la tormenta para reconocer la presencia que te guía, sino que su misericordia te permite navegar tus desiertos con más sabiduría, firmeza y resiliencia.
En la víspera de mis 41 años, quiero aprender a vivir en paz con las preguntas que aún no tienen respuesta; seguir aligerando el equipaje de mujer migrante, reconciliándome con mis sombras, abrazarme con más ternura, cuidado, compasión y seguir creciendo. Crecer también es saber acompañarnos en esos días en los que ni siquiera nosotros sabemos muy bien cómo seguir y en esos momentos, en que la vida vuelve a sacudirte, que tus raíces sean más profundas que tus miedos y la fe más firme que tus dudas. Al final, cuando el mapa nuevamente pierda sentido y el horizonte se vuelva incierto, quiero saber que puedo soltar las velas y solo respirar hasta volver a encontrar mi rumbo, porque tengo la certeza de que Dios es mi ancla y que en mis manos está la responsabilidad de sostener el timón.
Durante mucho tiempo creí que tener certezas me permitiría vivir sin miedo, hoy comprendo que la vida no siempre nos concede esa tranquilidad, muchas veces cambiará nuestros planes, entonces, ¿Quién eres tú cuando ya no tienes certezas? Eres quien queda cuando las expectativas se derrumban, cuando ya no puedes complacer a todo el mundo, cuando el miedo te susurra que no eres suficiente y aun así decides no darte la espalda. Eres tu historia, tus heridas y tus aprendizajes; esa parte de ti que todavía sueña, que vuelve a levantarse y que encuentra en Dios una razón para seguir confiando. No puedes elegir todo lo que la vida ponga en tu camino, eres tú quien decide cómo atravesarlo y recordar que, aun en los días más difíciles, puedes tener la voluntad de elegirte y la ternura de no abandonarte. Con el paso del tiempo, al mirar hacia atrás, reconocerás que muchas de aquellas respuestas fueron tomando forma en ti: en los límites que aprendiste a establecer sanamente, en las despedidas que te enseñaron a soltar, en las veces que volviste a empezar con el corazón cansado y la fe intacta. Y aunque la vida no te haya entregado todas las certezas que pedías, te habrá revelado algo más profundo: No necesitas tener la vida resuelta para habitarla plenamente, pues no se trata de un destino perfecto. Es suficiente con sentir que, mientras la vida sucede, no has dejado de estar presente en la tuya. ¡Buen viaje!
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Mayerlin Romero.
Escritora | Lisboa, Portugal.
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