El avión ya había despegado, pero ella seguía mirando por la ventanilla, como si pudiera ver a su madre allá abajo, en ese aeropuerto de concreto agrietado, con sus ojos hinchados de tanto llorar.
No se dijeron adiós. Solo un “nos hablamos pronto”. Un “cuídate mucho”.
La voz del piloto se perdió entre sus pensamientos. Sentía que acababa de dejar un pedazo de sí misma en tierra… y no sabía si algún día lo recuperaría.
¿Eso también es duelo?
Cuando hablamos de duelo, solemos pensar en la muerte. En un funeral, un ataúd, flores marchitas. Pero hay pérdidas que no se entierran, que no tienen ceremonia, pero igual duelen. El duelo migratorio es una de ellas.
No importa si migras por elección o por necesidad. Dejas atrás tu casa, tu idioma, tus afectos, tus olores conocidos, tu forma de entender el mundo. Y aunque tú sigues vivo, algo dentro de ti se rompe en mil pedacitos.
Ella —llamémosla Sofía— tenía 28 años cuando decidió migrar. Tenía una licenciatura, hablaba inglés, y llevaba años soñando con nuevas oportunidades. Su familia la despidió entre abrazos y lágrimas. Su abuela le metió una estampita en el pasaporte. Su madre le cocinó su platillo favorito esa última noche.
Pero nadie le habló del vacío.
En los primeros días todo fue emoción. Fotos de la ciudad nueva, cafés bonitos, “miren, ya tengo metrocard”. Pero luego vino el silencio. Las videollamadas que se hacían menos frecuentes. La soledad en los días festivos. El no poder abrazar a los suyos cuando alguien enfermaba. El idioma que, aunque lo hablara, nunca sonaba como suyo.
El duelo invisible
Stephen King dice que lo que no se nombra, se convierte en monstruo.
Y eso pasa con el duelo migratorio: nadie te dice que puedes estar de luto por tu tierra, por tus costumbres, por tus raíces. Nadie valida ese dolor.
Sofía lo descubrió una mañana, sentada sola en la parada del autobús, con una bolsa de pan caliente en las piernas, llorando sin saber por qué.
No era tristeza exactamente. Era desarraigo. Era nostalgia. Era culpa por estar lejos y también por querer quedarse.
¿Cómo se sana algo así?
Nombrándolo. Reconociéndolo.
El duelo migratorio se atraviesa en partes. Llorando lo que quedó atrás. Construyendo pertenencia poco a poco en el nuevo lugar. Abriendo espacios de memoria —una receta, una canción, un llamado de voz inesperado.
Y sobre todo, dejando de minimizar lo que sientes.
Migrar no solo es un acto valiente. Es también un proceso de pérdida y de renacimiento. Y ambas cosas son verdad al mismo tiempo.
Si tú también has migrado…
Y a veces sientes que flotas entre dos mundos, que no eres de aquí ni de allá, que lloras por cosas que ni tú entiendes…
Estás viviendo un duelo legítimo.
Dale nombre. Dale tiempo. Y sobre todo, no lo vivas en silencio.
Porque como Sofía, un día te darás cuenta de que no se trataba de “extrañar tu país”. Se trataba de echar raíces nuevas sin olvidar las anteriores.
¿Has vivido un duelo migratorio? ¿Cómo lo has sentido tú?
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Tu historia también merece ser contada. 🖤
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