TU SUELDO PUEDE DUPLICARSE ANTES DE QUE CAMBIE TU FORMA DE DECIDIR SOBRE EL DINERO

Y esa brecha cuesta.

Marijo Codesal

¡Hola! Soy Marijó Codesal y esta es una Carta de Rebelión Financiera. Cada semana exploro una dimensión de tu identidad financiera para hacer más consciente la relación que tienes contigo misma cuando miras de frente a tu dinero. Y cuando toca, también bajamos ese trabajo a tácticas y estrategias concretas. Transformar tu dinero sin tocarte por dentro no funciona, pero quedarte solo en lo interior tampoco.

¿Te rebelas conmigo?


 

Las reglas que te cuidaron cuando tenías menos dinero no se actualizan solas. Y casi nadie revisa en qué momento empezaron a decidir por ti.

El viaje que cabía

Mi clienta llegó a la sesión con los números limpios. Eso nunca pasa, o casi nunca, así que me di cuenta enseguida. Traía su ingreso, sus gastos fijos, su ahorro mensual y una hoja pequeña donde había escrito lo que quería lograr en los próximos años. Nada estaba en desorden. Nada estaba en rojo.

A simple vista… ¡maravilloso! ¡perfecto!

Tiene cuarenta y tantos, ahora es consultora independiente y lleva 15 años construyendo su práctica.

Hace 3 años ganaba el equivalente en pesos a unos 2500 usd al mes. Hoy gana 5000 usd. Ahorra el 20 % de su ingreso, que va a construir dos cosas: un plan personal para el retiro y el enganche del departamento que quiere. Después de cubrir sus obligaciones y de apartar ese ahorro, le quedan alrededor de 1000 usd.

Lo que quería discutir conmigo no era una inversión ni una deuda ni un cambio de trabajo. Era hacer un segundo viaje al año. El viaje costaba alrededor de 10,000 usd, unos 834 usd al mes si lo repartía en doce.

Hicimos la cuenta juntas. Cabía. Cabía sin tocar el ahorro, sin tarjeta, sin pedirle nada prestado al mes siguiente.

Y aun así me dijo… “Es que siento que es un despilfarro.”

No lo dijo como quien pide permiso. Lo dijo como quien informa algo. Con el mismo tono con el que dirías que un restaurante está lejos o que un vestido es caro. Para ella ese viaje no era una opción que se pudiera evaluar. Ya venía evaluada.

Ok. No lo gastes si no quieres. Conmigo no hay obligación de ahorrar pero tampoco de gastos y me quedé pensando sobre esto. Luego me surgió una pregunta que quería hacerle en nuestra siguiente sesión… ¿qué estaba viendo ella que no aparecía en el presupuesto?

Te cuento por qué este caso me detuvo.

Escribí un libro entero sobre deudas, y buena parte de mi trabajo consiste en sentarme con mujeres a mirar números que duelen. Casi siempre lo que llega a mi consulta es alguna forma de falta… no alcanza, no sé a dónde se va, debo más de lo que puedo pagar, cobro menos de lo que valgo. Estoy acostumbrada a buscar la fuga.

Este caso era el reverso. No había fuga. Había un ingreso que había crecido, un ahorro que crecía con él y una mujer que hacía casi todo lo que cualquier manual de finanzas personales le pediría. Si yo hubiera sido una asesora que solo mira la hoja de cálculo, le habría dado la mano y la habría felicitado.

Pero había una frase que no encajaba con los números. Y cuando una frase no encaja con los números, casi siempre lo que hay detrás no es un error de cálculo. Es un criterio y una identidad caduca.

Ganar más no cambia automáticamente lo que te permites

Todas tenemos un pequeño diccionario financiero que usamos sin abrirlo. Palabras que parecen describir el mundo… y clasificamos todo dentro de éste… necesario, innecesario, responsable, exceso, lujo, gasto hormiga, despilfarro, etc…

Las usamos como si fueran medidas objetivas, como metros o kilos. Algo es un lujo. Algo es un despilfarro.

Pero ese diccionario tiene fecha de redacción.

El café de la esquina se volvió “gasto hormiga” en una época en la que cada peso tenía dueño antes de llegar. El taxi se volvió “lujo” cuando el metro era la única forma de que la quincena llegara a la siguiente quincena. “Un viaje al año y gracias” se volvió regla cuando un segundo viaje significaba, literalmente, no pagar otra cosa. La ropa “se compra en rebaja o no se compra” porque hubo un momento en que comprarla a precio completo implicaba tarjeta, intereses y tres meses de arrepentimiento.

Ninguna de esas reglas es tonta. Al contrario, son sumamente funcionales y casi todas fueron inteligentes. Nacieron para proteger algo real en un momento real.

Lo que pasa es que no traen fecha de caducidad impresa. Y nadie las revisa cuando el contexto cambia, porque no las vivimos como reglas. Las vivimos como verdades.

Richard Thaler, el economista que ganó el Nobel por estudiar cómo decidimos con dinero en la vida real y no en los modelos, describió hace décadas algo que llamó contabilidad mental. En teoría un peso es un peso, da igual de dónde venga o en qué se gaste; en la práctica, las personas acomodamos el dinero en cuentas imaginarias con etiquetas, y esas etiquetas cambian lo que nos sentimos autorizadas a hacer con él. No es lo mismo un peso de “ahorro” que uno de “gusto”, aunque físicamente sean idénticos.

Lo que yo observo en las conversaciones financieras que tengo va un paso más allá de lo que describe Thaler, y lo digo como interpretación mía, no como dato de laboratorio… las etiquetas no solo clasifican el dinero. También envejecen. Se escriben en una etapa de la vida y se siguen aplicando en otra, como un mapa dibujado para una ciudad que ya cambió de calles.

A veces el dinero nuevo sigue obedeciendo reglas que aprendimos cuando ganábamos mucho menos.

Y lo más curioso es que ese dinero nuevo sí cambia cosas. Cambia la tranquilidad, cambia el ahorro, cambia la sensación de tener piso. Lo que no cambia, si nadie lo revisa, es lo que nos permitimos hacer con él.

La objeción inteligente (y por qué tiene razón)

Antes de seguir quiero detenerme en la objeción que seguramente ya apareció en tu cabeza, porque es buena y merece respuesta.

“Pues qué bueno que siguiera ahorrando. Lo peor sería que cada vez que ganara más se lo gastara todo.”

Tienes razón. Completamente. Es lo correcto.

Existe un fenómeno que en inglés se llama lifestyle inflation (inflación del estilo de vida) que describe como cada aumento de ingreso se convierte casi de inmediato en un aumento equivalente de gasto. Te suben el sueldo y, seis meses después, sin saber muy bien cómo, el departamento es más grande, el coche es más nuevo, las suscripciones se multiplicaron y el margen sigue siendo el mismo de antes. O menor. Ganas más y te sientes igual de apretada, con la diferencia de que ahora tus compromisos fijos son más altos y más difíciles de deshacer.

Lo he visto muchas veces y no lo subestimo. Es una de las razones por las que hay personas con ingresos altos y patrimonio casi inexistente.

Además, el futuro existe. El retiro existe. Las emergencias llegan sin avisar, y quien no tiene un colchón lo paga caro. Se endeuda, toma decisiones apresuradas, o aceptando trabajos porque no puede permitirse decir que no. Ahorrar no es una manía de personas ansiosas. Es una de las formas más concretas que tenemos de comprarle libertad a nuestra extraña favorita (dicen por ahí, tu yo del futuro.)

Así que lo digo con todas sus letras, para que no haya malentendidos en lo que sigue… este ensayo no es una invitación a gastar más. Si mi clienta hubiera decidido no hacer ese viaje y meter cada peso de su margen a su fondo de retiro, eso podría haber sido una decisión excelente.

La palabra importante en esa frase es decidido.

La grieta que veo es… ¿más ahorro es siempre una mejor decisión?

Aquí está lo que me parece interesante.

Que alguien ahorre más solo nos dice una cosa… que está guardando más dinero. No nos dice todavía si esa es la mejor decisión. Para saberlo, necesitamos otras tres respuestas.

La primera: ¿para qué es ese ahorro? Un ahorro sin destino no es un plan; es una pila. Puede ser una pila tranquilizadora, pero su tamaño no te dice si es suficiente, insuficiente o mucho más de lo que tus objetivos requieren.

La segunda: ¿cuánto necesita realmente ese futuro? Un fondo de emergencia tiene un tamaño razonable. Un enganche tiene una cifra. Un retiro tiene una proyección. Cuando conoces esas cantidades, puedes saber si vas atrasada, en ritmo o adelantada. Cuando no las conoces, cualquier peso que no se ahorra se siente como una traición, porque no hay forma de saber cuándo es suficiente.

La tercera es la más incómoda: ¿qué está dejando sin dinero en el presente?

Hace unas semanas escribí sobre una pregunta que me sigue pareciendo de las más útiles en finanzas personales… ¿qué deja sin financiar esta decisión?

Toda decisión con dinero desplaza otra posibilidad. Si compras esto, no compras aquello. Si te comprometes a este pago durante tres años, una parte de tu capacidad futura ya tiene dueño. Lo aplicábamos, sobre todo, a gastos y compromisos.

Esta semana quiero darle la vuelta.

Si toda decisión desplaza otra posibilidad, el ahorro también desplaza algo. No es neutral. No es la decisión “por default” que no cuesta nada. Cada peso que mandas al futuro es un peso que no paga algo hoy… una experiencia, un descanso, una comodidad, una relación, un proyecto, una forma de vivir el presente que quizá también te importa.

A veces ese desplazamiento vale absolutamente la pena. Muchas veces vale la pena. Pero solo puedes saberlo si lo miras.

Y entonces aparece la pregunta que sostiene todo mi ensayo de esta semana:

¿Qué estás dejando sin dinero cada vez que decides que cualquier peso disponible debería ir al futuro?


 

Lo que sigue es la parte más aplicable del ensayo… cómo distinguir una regla que todavía te cuida de una que ya caducó, qué pasó con los números de mi clienta y una pregunta concreta para revisar tus propias reglas esta semana. Si quieres leerlo y recibir cada semana la parte que se lleva a la práctica sigue leyendo. Es gratuito y me encantaría si eliges apoyar con tus recursos esta publicación semanal. Eso me permite sostener el poder seguir pensando y compartiendo lo que sucede dentro de mi mundo financiero.

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Las reglas también caducan

Volvamos a la frase de mi clienta: “Es que siento que es un despilfarro.”

Lo que me interesó no fue la culpa en sí. La culpa, a veces, es información útil. Me interesó que la frase sonaba a algo aprendido, no a algo pensado. Cuando le pregunté cuándo había empezado a sentir que viajar fuera era despilfarro, no tuvo que buscar mucho.

No lo sabía realmente. Solo sabía que llevaba muchos años sintiéndolo.

Ahí está la pieza que no aparecía en el presupuesto. La regla “comer fuera es despilfarro, viajar más es un despilfarro” tenía sentido. Tenía muchísimo sentido. Es más… ¿de quién es la palabra “despilfarro”?

En el contexto en el que se escribió, probablemente era la decisión correcta. Restringir ese gasto protegía algo que de verdad necesitaba protección.

El problema no era la regla. Era que seguía aplicándose como si nada hubiera cambiado, cuando casi todo había cambiado. El ingreso, el ahorro, las obligaciones, la etapa de vida.

Sendhil Mullainathan y Eldar Shafir, que estudiaron durante años cómo la escasez afecta las decisiones, muestran que cuando el dinero no alcanza la atención se estrecha, se concentra en lo urgente y deja fuera casi todo lo demás. Es una forma de supervivencia mental. Mi hipótesis, y ojo, la marco como hipótesis, es que muchas de nuestras reglas financieras se escriben precisamente en esos periodos de atención estrecha, y que por eso suelen ser rígidas, absolutas y binarias. “Nunca.” “Eso no.” “Solo si sobra.” Son reglas diseñadas para una emergencia. Funcionan muy bien en una emergencia. Lo que nadie nos dice es que, cuando la emergencia termina, siguen funcionando igual. Y luego… nos la vivimos creando “emergencias” porque solo así sabemos vivir. (No solo aplica para el dinero.)

Una regla financiera puede haberte cuidado durante años y después empezar a limitarte.

Esto no significa que todo lo que antes te prohibías deba convertirse ahora en gasto. Significa algo más exigente, creo yo. Para mi significa que necesita volver a evaluarse. Con los números de hoy, las obligaciones de hoy, los objetivos de hoy.

Porque “comer fuera es despilfarro” no es una verdad financiera. Tampoco lo es “dos viajes al año es demasiado”, ni “el ahorro siempre va primero y lo demás, si sobra”. Son conclusiones que dependen de variables muy concretas: cuánto entra, cuánto está comprometido, cuánto necesitan tus objetivos, qué tan estable es tu ingreso, qué riesgos estás cubriendo y cuáles no, en qué etapa de tu vida estás y qué te importa proteger.

Cambia una de esas variables de forma importante y la conclusión puede cambiar. Cambian varias a la vez,como pasa cuando un ingreso crece de manera sostenida, y lo raro sería que todas las conclusiones siguieran exactamente iguales.

No solo caducan decisiones. Caducan los criterios con los que evaluamos las decisiones nuevas.

Capacidad no Convertida

Hay una distinción que vengo observando en mi trabajo y que todavía estoy pensando, así que la comparto en esa condición, como algo que estoy probando, no como un modelo terminado. La llamo, por ahora, Capacidad no Convertida.

Es capacidad económica que ya existe en tus números pero que todavía no se ha traducido en nuevas posibilidades de decisión, porque sigues decidiendo con reglas creadas para una realidad anterior.

Tiene dos condiciones, y las dos tienen que cumplirse.

La primera, que la capacidad es real. No es optimismo, no es “algún día”, no es un aumento prometido y no es un ingreso único, sino sostenido. Está en el flujo, verificable, sostenible.

La segunda, lo que impide usarla no es una decisión tomada hoy con información de hoy, sino un criterio que se formó antes y que nadie ha revisado.

Si falta la primera condición, no hay capacidad, hay deseo, y el deseo merece otra conversación. Si falta la segunda, no hay brecha, hay una persona que miró sus números actuales y eligió. Y eso merece respeto, no corrección.

Con esas dos condiciones, la Capacidad no Convertida aparece en lugares muy distintos. En quien ya podría empezar a invertir y sigue con todo en una cuenta personal porque “invertir es para gente con dinero”, aunque ella ya lo sea. En quien podría liquidar una deuda en la mitad del tiempo y sigue pagando el mínimo que se programó cuando apenas podía con él. En quien triplicó su experiencia y su valor profesional y sigue cobrando lo mismo que cuando empezó, porque subir precios todavía se siente como abuso. Y en mujeres como mi clienta, que ya tienen margen para financiar parte de la vida que quieren vivir pero siguen catalogándolo con la etiqueta de “despilfarro”.

Volvamos a sus números.

Su margen mensual, después de obligaciones y de su ahorro, era de 1000 usd. Irse a un segundo viaje este año: alrededor del 85% de ese margen, y apenas el 17% de su ingreso total. Aun después de financiarlo, le quedaban 150 usd libres al mes.

Si hubo revisión de objetivos y cuando revisamos sus objetivos de ahorro con cifras reales, o sea, cuánto necesitaba su reserva para la paz, cuánto quería para el viaje, etc, descubrimos que ya iba adelantada respecto de lo que ella misma se había propuesto.

Su ahorro no se tocaba. Sus obligaciones no se tocaban. Su plan seguía intacto.

En otras palabras, el viaje no competía con su futuro. Competía con una regla mental caduca.

Cuando lo vimos así, la conversación cambió por completo. Durante años, la pregunta escondida había sido… ¿me lo merezco? Que es una pregunta moral, y por eso casi siempre se responde con culpa.

La siguiente pregunta, la que solemos considerar “más madura”, es… ¿puedo pagarlo? Y esa ya estaba respondida, los números decían que sí.

Pero ninguna de las dos era suficiente. La que de verdad servía era otra…

¿Puedo sostener esta decisión dentro de la vida financiera que hoy estoy construyendo?

Esa pregunta no pide permiso ni se conforma con que “alcance”. Incluye el futuro, incluye las obligaciones, incluye los objetivos que ella eligió. Y, por primera vez, incluye también el presente como algo que merece financiarse.

El costo invisible

Podrías pensar que lo que está en juego aquí es poco. Una cena. Un viaje. Quizá algunas comodidades. Nada que cambie el patrimonio de nadie.

Pero el costo no está en el viaje.

El costo está en construir, año tras año, más capacidad económica sin permitir que esa capacidad toque ninguna dimensión de tu vida presente. Trabajas más, cobras mejor, ahorras con disciplina, y tu vida cotidiana sigue funcionando con el presupuesto emocional de hace diez años. El dinero crece en la cuenta y no aparece en ningún otro lugar. Ni en tu descanso, ni en tu tiempo, ni en tus relaciones, ni en tu forma de habitar los días.

No todo crecimiento financiero que llega a tu cuenta ha llegado todavía a tu vida.

Y hay un segundo costo, más sutil: la culpa sin causa. Cuando una regla caducada sigue activa, cada vez que te acercas a lo que ella prohíbe aparece la sensación de estar haciendo algo mal, aunque los números digan lo contrario. Entonces haces una de dos cosas. O no lo haces, y te quedas con la restricción. O lo haces, y lo pagas dos veces, una con dinero, otra con culpa. En ninguno de los dos casos decidiste. En ambos obedeciste, a la regla o a la reacción contra la regla.

Hay un tercer costo que me preocupa especialmente cuando trabajo con mujeres que generan sus propios ingresos. Si la nueva capacidad nunca se traduce en nada que se sienta en el presente, el trabajo que la produjo empieza a parecer interminable. Más esfuerzo para un futuro que siempre necesita más. Muchas personas llegan al agotamiento por no darle permiso a su crecimiento de convertirse en algo vivible hoy. No digo que esto sea una ley, digo que lo veo con suficiente frecuencia como para nombrarlo.

Quiero ser cuidadosa aquí, porque es fácil convertir este argumento en su opuesto. Hay personas que genuinamente quieren ahorrar muchísimo y consumir poco. Que se sienten más libres con un patrimonio robusto que con cualquier experiencia. Que prefieren retirarse a los cincuenta antes que viajar a los treinta. Perfecto. Esa es una forma super legítima de usar el dinero.

El problema es no saber si lo estás eligiendo hoy o simplemente obedeciendo una regla de ayer.

Actualizar no significa aflojar

Cuando le cuento este caso a alguien, a veces me responden con una conclusión que no es la mía: “Ah, claro, hay que aprender a disfrutar.” O: “Ya se lo merecía.” O la más peligrosa: “Hay que vivir, porque mañana quién sabe.”

No. Nada de eso.

Revisar tus reglas financieras no es premiarte, ni consentirte, ni darte permiso. El permiso tiene un problema de fondo… alguien tiene que darlo. Y mientras tu relación con el dinero funcione a base de permisos, tuyos, de tu familia, de tu pareja, de la voz que aprendiste en algún lugar, seguirás sin decidir. Habrás cambiado de autoridad, pero no habrás ocupado tú ese lugar.

Actualizar significa volver a decidir. Con información nueva.

Y lo honesto es que, cuando lo haces, el resultado puede ir en cualquier dirección. Quizá revisas tus números y tus objetivos y decides ahorrar exactamente lo mismo, pero ahora sabiendo por qué. Quizá descubres que vas atrasada en tu retiro y decides ahorrar todavía más. Quizá concluyes que sí quieres reservar 834 usd al mes para otro u otros viajes, o apartar desde enero para cenar fuera de forma especial una vez al mes. Quizá algo que antes clasificabas como despilfarro sigue siéndolo, porque al mirarlo de nuevo te das cuenta de que no te importa realmente.

Cualquiera de esos resultados puede ser bueno. Lo que cambia no es la cifra final. Es quién la decidió.

Esto tiene una consecuencia práctica que me parece importante, las decisiones que tomas tú se sostienen mejor que las que te imponen. Una regla actualizada no se rompe cada vez que tienes un mal día, porque no estás resistiendo contra ella, estás de acuerdo con ella. Y eso, en tus finanzas personales, vale más que cualquier fuerza de voluntad.

Primero tú, luego el dinero

Vuelvo a mi clienta.

Lo que cambió en ella no fue que alguien, yo, en este caso, le dijera “ya ganas más, disfruta”. Si eso hubiera bastado, se lo habría dicho cualquier amiga, y probablemente ya se lo habían dicho. Las frases de ánimo no actualizan criterios financieros, a lo mucho, los callan un rato.

Lo que cambió fue que pudo poner sobre la mesa, al mismo tiempo, cuatro cosas que nunca había mirado juntas, sus números actuales, los objetivos que ella misma había elegido, la capacidad real que tenía para financiarlos y la regla que seguía decidiendo por ella. Cuando las vio juntas, la regla dejó de parecer una verdad y empezó a parecer lo que era… una decisión antigua, tomada por una versión suya con menos recursos, que había hecho un trabajo excelente protegiéndola y que ya no tenía información actualizada.

Al final… decidió apartar 850 usd al mes para viajar más y, para su sorpresa, también subir un poco su ahorro para el retiro, porque al ver cifras concretas entendió cuánto necesitaba de verdad.

Ese es el tipo de cambio que me interesa. Nadie le dio permiso. Ella recuperó agencia… su autoría.

Por eso digo, desde hace años, que las decisiones financieras cambian cuando cambia quien las toma. Tu ingreso puede crecer, tu patrimonio también. Pero si quien decide sigue siendo la versión de ti que necesitaba cuidarse de todo, el mismo dinero seguirá significando lo mismo y podrá hacer muy poco más de lo que hacía antes.

Primero tú, luego el dinero aquí deja de ser una consigna y se vuelve una pregunta práctica…si tú cambiaste, quizá también sea momento de revisar las reglas que deciden qué puede hacer tu dinero.

Te reglo una microacción financiera…

Elige un solo gasto que todavía clasificas automáticamente como “despilfarro”, “lujo”, “innecesario” o “gasto hormiga”. Uno. No hagas un presupuesto completo.

Escríbelo y pregúntate:

  1. ¿Cuándo aprendí que gastar en esto era financieramente irresponsable? ¿Qué estaba pasando en mi vida y en mis números en ese momento?

  2. ¿Mis números actuales siguen justificando esa regla?

  3. Si hoy tuviera que decidirlo desde cero, considerando mi presente y el futuro que quiero financiar, ¿tomaría la misma decisión?

No necesitas cambiar nada después de responder. Puede que confirmes la regla, y eso también es información. Lo único que importa esta semana es saber si esa decisión sigue siendo tuya.

 

Si esto te describe

Si tu vida, tus ingresos o tu capacidad económica cambiaron y sospechas que varias de tus decisiones siguen respondiendo a reglas de otra etapa, con el ahorro, con lo que cobras, con lo que te permites, con lo que inviertes o con lo que sigues aplazando, eso no se resuelve con un consejo. Se resuelve revisando, con calma y con números, quién está decidiendo.

Ese es exactamente el trabajo que hacemos en Identidad Financiera Consciente 1:1. Doce sesiones para mirar tus números, tu historia y tus objetivos al mismo tiempo, y reconstruir una forma de decidir con dinero que corresponda a la persona que eres hoy. No para que gastes más ni para que ahorres más. Para que lo que hagas con tu dinero lo hayas decidido tú.

Si quieres saber si este proceso es para ti, platiquemos.

Recuerda… primero tú, luego el dinero.

Marijó

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