Seguramente has escuchado —o incluso protagonizado— alguna de las siguientes historias:
Claudia está casada, tiene tres niños en edad escolar y últimamente ha notado un incremento de peso que le resulta difícil controlar. Acudió con un nutriólogo, quien le recomendó complementar su alimentación con ejercicio físico. Al hablar con su hermana, afirmó:
—Sé lo importante que es ejercitarme, pero, en verdad, no tengo tiempo. La casa, las escuelas de los niños y sus actividades vespertinas absorben toda mi semana. Y los sábados y domingos sólo quiero descansar.
Arturo se casó muy joven, cuando su novia quedó embarazada, así que sólo concluyó la preparatoria. Es muy inteligente y ha tenido oportunidades de crecimiento en el trabajo; sin embargo, cuando le solicitan el título universitario, la promoción se detiene.
Él dice que no tiene tiempo para estudiar porque trabaja todo el día.
Antonia está jubilada y se dedica, básicamente, al cuidado del hogar. Siempre quiso aprender a tocar el piano, pero a sus 65 años considera que ya no es tiempo para eso, que sus mejores años ya pasaron.
Lucía es empresaria y tiene una próspera empresa de dulces mexicanos. Le ha ido muy bien con las ventas en línea. Es divorciada y sus hijos ya no viven con ella.
Desde temprano atiende pendientes de la organización: proveedores, clientes, nuevos productos, la plataforma, la logística, la competencia… En fin, vive pegada al celular y a la computadora. Se siente muy estresada y le recomendaron tomar clases de yoga o meditación, pero afirma que su agenda es tan variable que no podría comprometerse con un día y horario fijo para acudir a una clase.
¿Cuál es el común denominador en todos estos casos?
Por supuesto: la falta de tiempo.
Pero si todos tenemos las mismas 24 horas en un día, ¿por qué hay personas que van al gimnasio, trabajan, atienden a sus hijos, estudian, meditan y, además, encuentran espacio para aquello que disfrutan?
¡Ah! Seguramente porque son egoístas y atienden más sus intereses personales que el bienestar de su familia, dirán algunos. O tal vez porque algo hacen mal, porque no se puede atender bien todo en la vida, asegurarán otros.
También podríamos pensar que es porque tienen una posición económica desahogada y cuentan con niñeras, personal doméstico o choferes que les facilitan la vida.
En algunos casos, quizá sea así. Pero esa no es la única respuesta al problema de la falta de tiempo.
Existe una herramienta muy antigua que sigue siendo poderosa: la matriz de prioridades o matriz de Eisenhower, basada en la distinción entre lo urgente y lo importante.
La idea se relaciona con una conocida reflexión atribuida al presidente estadounidense Dwight D. Eisenhower sobre la diferencia entre los asuntos urgentes y los importantes. Décadas después, diversos autores de gestión del tiempo desarrollaron y difundieron esta clasificación en cuatro cuadrantes. Stephen R. Covey la popularizó ampliamente en Los 7 hábitos de la gente altamente efectiva, particularmente a través de su propuesta de “poner primero lo primero”.
Y aquí viene lo interesante: ¿qué pasa cuando dejamos de intentar administrar el tiempo y comenzamos a administrar nuestras prioridades?
Estas cuatro preguntas pueden ayudarte:
1. ¿Qué debo hacer primero porque no lo atendí oportunamente?
Aquí encontramos lo urgente e importante.
Son esas situaciones que requieren nuestra atención inmediata: una muela que nos está matando de dolor, un recibo de luz vencido para evitar el corte del suministro, una emergencia familiar o un compromiso cuyo plazo está a punto de terminar.
El problema es que, cuando vivimos permanentemente en este cuadrante, nuestra vida se convierte en una sucesión de crisis.
2. ¿Qué debería agendar porque es importante, aunque no sea urgente?
Este es, probablemente, el cuadrante que más solemos descuidar: lo importante y no urgente.
Aquí está la planificación y, también, buena parte de nuestro bienestar: la limpieza dental, el chequeo médico, hacer ejercicio, estudiar, tomar vacaciones, aprender algo nuevo, convivir con las personas que queremos o simplemente tener un espacio para nosotros.
Y hay una clave fundamental: no basta con decir “algún día lo haré”.
Si realmente es importante, hay que llevarlo a la agenda, física o digital, con día y hora.
Porque aquello que no tiene un espacio reservado en nuestra agenda corre el riesgo de quedarse para “cuando tengamos tiempo”.
Y ese momento quizá nunca llegue.
3. ¿Qué es necesario hacer, pero podría encargárselo a alguien más?
Aquí encontramos lo urgente, pero no importante.
Por ejemplo, revisar en ese momento todas las notificaciones del celular, responder inmediatamente cada mensaje o interrumpir lo que estamos haciendo para resolver asuntos que alguien más podría atender.
También puede ser ayudar a una vecina a colgar un cuadro, hacer una compra de último momento que pudo haberse previsto o asumir tareas que, aunque parecen pequeñas, terminan ocupando una parte importante de nuestro día.
La pregunta es: ¿hay algo de todo esto que puedas delegar?
Anímate a confiar en los demás y a soltar la necesidad de tener el control absoluto sobre todo lo que sucede a tu alrededor.
Delegar también es una forma de cuidar tu tiempo.
4. ¿Qué puedo eliminar definitivamente de mi agenda?
Aquí están las actividades que no son urgentes ni importantes.
Son auténticos “quitatiempos”: revisar constantemente las redes sociales, navegar sin propósito por internet, responder mensajes que pueden esperar o mantener conversaciones que podríamos disfrutar mucho más si les asignáramos un espacio específico.
Por supuesto, esto no significa eliminar de nuestra vida la amistad, el descanso o el entretenimiento. Significa preguntarnos si la manera en que los estamos realizando realmente nos aporta.
Tal vez sea mejor dedicar tres horas al mes a tomar un café tranquilamente con esa amiga que queremos, en lugar de invertir una hora diaria en conversaciones fragmentadas por WhatsApp.
La diferencia no está solamente en lo que hacemos, sino en la intención con la que decidimos hacerlo.
Y aquí es donde nuestros cuatro personajes pueden encontrar una respuesta.
Claudia podría intentar tomar una clase de natación mientras sus hijos toman la suya, o aprovechar ese tiempo para caminar, hacer ejercicio o realizar alguna actividad que le permita cuidar de sí misma en lugar de permanecer sentada contemplándolos durante toda la clase.
Arturo podría buscar una licenciatura en línea que le permita estudiar con mayor flexibilidad y avanzar de acuerdo con sus posibilidades. No necesita encontrar cuatro horas libres todos los días; necesita encontrar espacios que pueda convertir en una prioridad.
Antonia necesita cuestionar el paradigma que le hace pensar que es demasiado tarde. A los 65 años todavía puede aprender a tocar el piano. Porque mientras haya vida, siempre puede haber nuevos comienzos.
Y Lucía quizá tenga que aprender algo que para muchas personas resulta muy difícil: delegar. Su empresa necesita su atención, pero también necesita que ella esté bien. Cuidar su salud mental no es quitarle tiempo al negocio; puede ser precisamente lo que le permita tomar mejores decisiones para ella y para su empresa.
Al final, quizá el problema no sea que no tenemos tiempo.
Tal vez el verdadero problema es que no siempre hemos decidido qué merece nuestro tiempo.
Tenemos 24 horas cada día. No podemos alargarlas, pero sí podemos decidir en qué las invertimos.
Así que la próxima vez que te descubras diciendo:
“No tengo tiempo”,
hazte una pregunta diferente:
¿Realmente no tengo tiempo… o todavía no he convertido esto en una prioridad?
Y tú, ¿qué deberías hacer hoy para dejar de decir que no entras en acción porque no tienes tiempo?
Si necesitas acompañamiento para definir tus prioridades y pasar de las intenciones a la acción, escríbeme a gabycruzcoach@gmail.com.
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