¿Has escuchado sobre personas que tienen una memoria fotográfica? En realidad esto es un mito. Lo más cercano a ello se conoce como hipermnesia, que es la capacidad de un individuo para recordar detalles de una situación, de manera superior a la media, rescatando detalles que, para otros, pueden pasar inadvertidos, pero esto no constituye una reproducción de la realidad. Esto se debe a que el recuerdo, no sólo es fáctico, sino que va acompañado de una interpretación que, normalmente, se ajusta a la percepción del individuo afectada por una capa emocional que se traduce en lo vivido previamente y lo sentido justo en ese momento. Aquí las emociones, los prejuicios y paradigmas, juegan un papel fundamental; por eso hablamos de memoria explícita o declarativa y de diferentes formas de memoria implícita, entre ellas aquellas relacionadas con nuestras respuestas emocionales
La presencia de ambas memorias explica muy bien lo que conocemos como “el teléfono descompuesto”, por ejemplo: la celebración del cumpleaños de la abuela. Pudieron haber estado ahí diez miembros de la familia y cada uno contará una historia diferente. Es posible que algunos hechos relevantes, como el momento de partir el pastel o el discurso de uno de los hijos, quedarán en la memoria de todos, y aun así, cada uno platicará su versión del encuentro porque cada persona seleccionó inconscientemente aquellos elementos que quedaron asociados a su experiencia, lo que deja una pequeña parte del trabajo a la memoria explícita, pero que construye un evento nuevo, en su memoria implícita, incluso, con detalles diferentes en cada ocasión que se recuerda. En México decimos que el narrador siempre pone algo “de su cosecha”, ya que sería prácticamente imposible recordar fotográficamente a todas las personas, sus vestimentas, sus dichos y la secuencia exacta de los eventos en ese encuentro.
El problema surge cuando nos sentimos absolutamente seguros de que nuestra versión es la correcta; decimos: -“yo estuve ahí”, “nadie me lo contó”, “lo viví”… y, en realidad estamos convencidos de ser absolutamente francos, pero la mente no funciona como una línea recta.
La memoria emocional contiene los olores, las melodías, las frases impactantes, el clima, la vestimenta que más representa a las personas que estaban ese día, a esa hora, en ese evento. Se cubre de subjetividad porque es el sistema límbico quien se está haciendo cargo de los recuerdos; la amígdala procesa el impacto emocional de las vivencias, especialmente el miedo y la ira, el hipocampo ayuda a formar y guardar los recuerdos a largo plazo, conectándolos con las sensaciones vividas y el hipotálamo controla las respuestas físicas del cuerpo ante las emociones, como el ritmo cardíaco o el estrés.
Es por esa razón que cuando recordamos a un amor del pasado, su olor viene a nosotros, parece que su aliento vuelve a estar muy cerca de nuestro rostro y el corazón late rápidamente: el cerebro está volviendo a vivirlo. Es muy importante hacernos conscientes de nuestros recuerdos, porque en determinadas situaciones la respuesta emocional puede imponerse sobre nuestra capacidad de analizar racionalmente lo que está ocurriendo
Algunas de las formas en las que la memoria implícita actúa en el día a día, son:
- Sesgo de aversión a la pérdida: cuando se han tomado decisiones erróneas con resultados frustrantes, la amígdala se activará en circunstancias semejantes, generando miedo o ansiedad para protegernos, aunque es posible que el contexto sea radicalmente distinto.
- Elecciones de consumo y marca: no solemos elegir productos por su composición química o por un análisis de costo-beneficio, generalmente lo hacemos por nostalgia o por sensación de bienestar. Se puede elegir una marca de chocolate porque era el preferido de mamá o una crema cuyo olor nos transporta a un campo verde.
- Relaciones interpersonales: las personas nos caen bien o mal, en muchas ocasiones por parecerse a alguien de nuestro pasado o a algún ser amado; porque sonríe igual a nuestra maestra favorita o camina como nuestra madre; pero también llegamos a rechazarla porque su voz es idéntica a la de la enemiga de nuestra juventud o su mirada es tan incómoda como la del pretendiente insistente. La memoria nos dice en quién podemos confiar o no.
- Respuestas automáticas de supervivencia: cuando surge algo que nos transporta automáticamente a un evento traumático, el cuerpo actúa instintivamente por la supervivencia; es así que a veces sobre-reaccionamos en ciertas situaciones, por ejemplo, alguien que dice “¡cállate!” como lo hacía el padre cuando no deseaba escuchar nuestra opinión, y ahora, siendo adultos, podríamos reaccionar de manera muy violenta, con solo escuchar la palabra.
Entonces, ¿qué memoria manda en tu mente? Quizá el verdadero reto no sea recordar mejor, sino aprender a distinguir entre lo que está ocurriendo y lo que nuestro pasado nos hace sentir que está ocurriendo.
La memoria emocional es necesaria: nos protege, nos permite aprender y nos ayuda a reconocer aquello que puede representar un riesgo. Pero cuando dirige automáticamente nuestras decisiones, puede hacernos responder al presente con emociones que pertenecen al pasado.
Por eso, la próxima vez que una persona, una palabra, un olor o una situación provoque en ti una reacción desproporcionada, detente un momento y pregúntate: ¿estoy respondiendo a lo que está pasando ahora o a lo que esto me recuerda?
Hacer esta distinción puede cambiar la manera en que nos relacionamos, decidimos y enfrentamos los retos cotidianos.
Porque no siempre podemos elegir qué recuerda nuestra mente, pero sí podemos aprender a observar nuestros recuerdos antes de permitir que ellos decidan por nosotros.
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