Woody Allen: "Si de algo me arrepiento, es de lo que no he hecho"
"He querido mostrar Roma en toda su locura, en todo su caos vital", afirma el director de 'A Roma, con amor'
Cine | 21/09/2012 - 00:00h

El director y protagonista de 'A Roma, con amor' habla de su película y de su vida Carlo Allegri / Gtresonline
Dicen que la vida, con el tiempo, nos va cambiando. A veces nos da la vuelta, como un calcetín. Quien era simpático, se vuelve seco; el avaro, generoso; el promiscuo, un santo, y así. ¿En que habrá cambiado Woody Allen con los años? En su disposición a hablar, por supuesto. Cuando uno se lo encontró por primera vez todavía era el eremita de Nueva York, ¿recuerdan? Hasta que un divorcio muy agrio, muy agrio, le cambió de vida, y con su nueva mujer -y antigua hija,- Soon Yi Previn, empezó a viajar. Y desde entonces no ha parado. Cumplidos los 77 años, Allen se ha convertido en una turista incansable que va por el mundo haciendo películas: una por año. En esta ocasión le ha tocado el turno a Roma, como antes le tocó a Londres, París y Barcelona...
Estamos en París, en uno de los hoteles más lujosos de la ciudad. El motivo es la presentación europea de A Roma con amor, su penúltimo filme. Y es que las películas de Woody son como el metro: siempre hay otra a punto de llegar. Con los años, Allen se ha convertido en una factoría de conceder entrevistas. En París lleva un par de días recibiendo pequeños grupos, uno tras otro, con un afán productivo que ni Henry Ford y su producción en serie. Mientras esperamos, nos cuentan que se ha dormido frente a las cámaras; efectivamente. Impresionante, el tío. Se duerme y sigue contestando. Nos toca. Entra Allen tras una siesta reparadora. ¡Menos mal! A nosotros nos se nos dormirá. Lo primero que notas en él es su fragilidad de cristal. Piel traslúcida, manos frías. Y la ropa, primorosamente planchada. Con la apariencia de ser un poco grande para él. Se sienta y empieza a hablar, y entonces su pequeña talla empieza a crecer, arrastrada por su inteligencia. Y por sus ocurrencias. Los años lo habrán cambiado, efectivamente. Pero Allen no ha perdido ni un ápice de agudeza verbal. Quizá resulta más filosófico, más sentencioso que antes. Más mayor, por supuesto. O sea, en su caso, tras escucharlo un rato, más sabio.
¿Por qué una película sobre Roma y no sobre Tombuctú?
No me importaría hacer una película sobre Tombuctú. Pero primero debería ocurrírseme alguna idea. Y luego que las autoridades de Tombuctú me facilitaran la cosas, como en Roma.
¿El dinero es importante?
El dinero es fundamental. Pero también la idea. Sin ideas no puedo hacer una película.
¿Cuál es la idea que mueve A Roma, con amor?
Quería mostrar Roma en todo su locura, en todo su caos. En su ruido, en su vitalidad, en su energía. Roma es una gran ciudad, como ya nos mostró Fellini. La gente disfruta de la vida. Pero es un caos incontrolable. He contado cuatro historias en el filme, pero tenía un par de historias más. Si las hubiera incluido, me hubiera salido una película muy larga...
Son historias que no se relacionan entre sí...
Porque quería una película que fuera como Roma, donde pasan un millón de cosas. Reflejar el caos del que hablo. La vida, en Roma, no se puede enjaular. Roma es una gran ciudad, pero también una de las más enloquecidas.
En el filme se habla de arriesgarse, de atreverse a cambiar...
En un par de historias, sí. Efectivamente. Tenemos al enterrador que se enfrenta por primera vez al escenario, dentro de una ducha. Ante miles de personas. Se lanza a ello. Y sale adelante. Y también la joven pareja de provincias, que se arriesgan... a dormir con otras personas
¿Se arriesga usted?
No mucho. Si tuviera alguna queja sería esa: no haberme arriesgado más. Todos mis errores son de omisión. Cuando pienso, no sé, fracase en esto o en aquello, es siempre porque no me atreví. No me atreví a vivir en París en mi juventud ni a acercarme a aquella chica. Cosas así. No me arrepiento como me arrepentiría de matar a alguien, no. Pero me duelen las renuncias.
¿Y el adulterio? Es un adulterio sin drama...
La historia no lo pedía. Aquí el drama, el sentimiento de culpa, los reproches, no me servía para nada. La chica, además, está en la cama con un tipo guapo: digamos que el trabajo duro para llegar ahí ya está prácticamente hecho. Entonces ¿por qué no?
¿Y él, su marido?
¿Él? Con Penélope Cruz. También se atreve.
La historia de Benigni, por el contrario, habla de la fama...
Sí, en su caso no se habla de riesgos. Habla de privilegios.
En su caso ¿que ha representado la fama?
Un inconveniente, como mucho. Una agradable molestia.
¿En qué consiste la fama?
Es algo curioso. Al principio, con mis primeras apariciones en televisión, me sorprendía ser famoso. Me incomodaba. Le diría que me avergonzaba. La gente me reconocía por la calle, me pedían autógrafos, todo eso. Sí, me avergonzaba. Pero con el tiempo, pongamos tras 15 o 20 años de ser famoso, te acostumbras. Y descubres -y disfrutas- los pequeños privilegios que comporta. La mesa asegurada en el restaurante, las entradas para el teatro. Con el tiempo la vergüenza se debilita...
¿Tiene más inconvenientes que ventajas?
Muchas más ventajas. Le aseguro que no es un cáncer. ¿Los paparazzi? Como mucho, unas cuantas molestias.
¿Es usted una figura icónica?
Si acaso, cómica.
¿Se ríe de sí mismo?
Todo el tiempo. Me encuentro tonto y divertido. Observo mis temores, mi hipocondría y me río de mí mismo. Y me digo: eres un tipo ridículo.
¿De qué más se ríe?
Primero de mis propios chistes. Es verdad. Me sorprendo a mí mismo diciéndolos.
El sentido del humor ¿le ha ayudado en algo?
El humor está sobrevalorado.
Pero usted, en sus películas, nos ha hecho creer...
El humor ayuda a ligar en las películas. En las mías sobre todo. No, en serio. El humor ayuda. Pero no tiene nada que ver con el sexo. No hay nada más diferente que el sexo y el humor...
Si tuviera que elegir entre el arte y la vida, ¿qué elegiría?
El arte. Me ha hecho más feliz. El arte puedes controlarlo.
¿Qué diría de su vida si no se levantara mañana?
No diría nada. No podría.
Ya, pero...
No; ya entiendo. Diría que he vivido una vida afortunada.
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