“Las relaciones terminan mal, de lo contrario no terminaría”, escuché decir a la protagonista de la película “Vientos de esperanza”. Y con frecuencia las parejas se divorcian con la fantasía de que con la ruptura sus problemas terminarán con el solo hecho de firmar el acta respectiva. También existe la expectativa de no volverse a ver jamás, perdiendo de vista que cuando hay hijos de por medio es ante el divorcio cuando mejor coordinados deben estar, porque viviendo juntos era relativamente fácil coordinar las tareas de crianza y domésticas, pero ahora, viviendo en diferentes domicilios sólo la buena comunicación y acoplamiento de los padres podrá sostener a los hijos.
Para que tal cosa suceda, los padres deben responsabilizarse de los propios sentimientos que genera la ruptura: la traición producto de la infidelidad que llevó al truene, el enojo por la violencia padecida, la desilusión ante el cambio de actitudes de la pareja, la soledad “por el hueco que su ausencia deja en casa”, la tristeza ente la falta de compromiso y constancia del que se fue de casa respecto a las visitas y a la convivencia con los hijos... Sentimientos intensos sobre todo al inicio de la ruptura y que deben manejarse con la asertividad suficiente como para que estos no sean desplazados hacia los hijos.
Cuando el divorcio es el único camino, lo mejor es que los padres, echando mano de su parte sensata, adulta y responsable, les expliquen a los hijos la decisión que han tomado, evitando desbordarse ante estos y evitando salpicar culpas. Resulta útil dejarles en claro por lo menos tres cosas: 1) Que esta es una decisión de ellos, de los adultos, por lo tanto, los hijos no tienen vela en el entierro de esta relación; 2) Que ellos seguirán siendo sus padres para siempre; 3) Que no deben elegir entre un padre u otro, sino que pueden llevar a los dos en su corazón siempre.
Cuando los padres pueden actuar con sensatez, los niños y las niñas superan el momento y después hasta ventajas le ven a la ruptura: “Ahora estamos mejor porque ya no vemos pelear a nuestros padres”, “La casa está más tranquila”, “Cuando salgo con papá hasta juega conmigo y antes no lo hacía, se la pasaba viendo televisión”, “Ahora fui dos veces a la feria: una con mi papá y otra con mi mamá”, “Los Reyes Magos me trajeron regalos en las dos casas”…
Cuando los hijos y las hijas logran vivir en paz y bien tratados, terminan por no afectarles de manera significativa el hecho de que papá viva en otra casa y hasta con una nueva pareja y nuevos hijos. De hecho, la convivencia con esta gente nueva en su vida, permite una socialización más amplia que, bien manejada, promueve la adquisición de mayores habilidades sociales en los niños. No olvidemos que lo doloroso y realmente catastrófico es el desamor, el descuido o el mal trato que los papás den a sus hijos estando juntos o separados.
Algunas mamá optan por hacer un manejo paulatino de la situación con sus hijos muy pequeños: “Al principio del divorcio, cuando mi ex esposo ya no dormía en casa, mi hija me preguntaba por él en las mañanas y yo le decía que se había ido a trabajar, y en las noches cuando preguntaba le decía que había llegado tarde y ella ya estaba dormida, hasta que se fue acostumbrando a la nueva dinámica le dije la verdad”. Dicho de otra manera, ocultar la realidad resulta insostenible y hasta perjudicial. Muchas veces los adultos tenemos más miedo de la verdad que los propios niños. De estos miedos debemos hacernos responsables, también.
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