Tlatihue tenía veintiún años cuando visitó los grandes estudios de cinematografía en su ciudad, y aunque no grabaron ninguna película, creyó que pisaba por vez primera un sitio sagrado, en el que los personajes habitaban silenciosamente, pues una vez creados, no había manera de desaparecerlos.
Esos personajes cobraban vida propia y su casa sería para siempre precisamente los estudios que en ese momento recorría.
Sin embargo y a pesar de que a Tlatihue le fascinaba el cine, entró junto con sus compañeros de clase a una cabina de radio. Su maestra, una mujer judía, joven y algo pelirroja, los había citado ahí para realizar un Programa, o más bien el simulacro de un programa.
A cada uno le asigno un papel, locutor, director, productor, personajes y efectos especiales, y claro, para un pensamiento mágico como el de Tlatihue, efectos especiales era su mejor aportación al programa.
Apenas pudo contener la alegría que le produjo estar al pendiente del guion para entremezclar los sonidos de la pista, con las voces de los personajes, haciendo más notoria la trama del Programa.
Fue un día inolvidable, lo que sucedió después con el Programa no lo supo, sin embargo el sólo hecho de haber creado algo nuevo con su sutil intervención, enhebrando efectos a una historia inexistente hasta ese momento, la hizo sentirse feliz.
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