Somos ya una gran entidad

 

Celebro que finalmente se haya aprobado la reforma política que transforma al Distrito Federal en una entidad federativa con autonomía en su régimen interior y su organización política y administrativa. Es el resultado de un largo proceso que involucra una suma de esfuerzos, iniciativas y propuestas visionarias de mujeres y hombres que tuvieron la justa aspiración de que los capitalinos dejáramos de ser ciudadanos de segunda en nuestro propio país.

Por eso me interesa evocar aquí algunos antecedentes altamente meritorios que se fueron sumando en décadas pasadas para que tal aspiración culminara en la reforma promulgada a fines de enero.

Debo empezar recordando que desde los años ochenta diversos ciudadanos se aglutinaron para promover que el Distrito Federal se convirtiera en una entidad federativa y, aún más, que ya no nos gobernara un regente impuesto por el presidente de la República, sino que fueran los propios habitantes quienes eligieran a su máxima autoridad a través de su voto a en las urnas. En pocas palabras, se trataba de darle a la organización política de la capital del país un sentido democrático, que ya tenían las demás entidades, donde los gobernadores eran electos por voto de los ciudadanos.

Este movimiento cristalizó en los años noventa, cuando finalmente se logró convocar, en 1993, a un plebiscito ciudadano sobre la forma de gobierno de esta ciudad. La propuesta era realizar una transformación política, jurídica y social de la capital de la República, a fin de que tuviera iguales derechos que las otras entidades federativas, además de que sus habitantes se convirtieron en ciudadanos de primera clase, sin discriminación alguna en relación con el resto de los mexicanos.

Este fue antecedente directo –el detonador, de hecho– de la reforma política que entró en vigor en 1996 y que estableció la figura de jefe de Gobierno del Distrito Federal electo por los ciudadanos, así como la creación de la Asamblea Legislativa.

Tiempo después se inscribieron, aunque más a título personal, una serie de propuestas por parte de estudiosos e investigadores universitarios, así como de unos cuantos legisladores, con iniciativas y proyectos de ley que a fin de cuentas no pasaron el filtro de la mayoría conformada por los legisladores del grupo en el poder. Quiero resaltar en especial la única iniciativa de ley que se presentó en la 57 Legislatura del Congreso de la Unión (1997-2000) para convertir al Distrito Federal en el estado 32, y que fue presentada por quien hoy es mi compañero, Alejandro Ordorica, en ese entonces presidente de la Comisión Legislativa del Distrito Federal en la Cámara de Diputados. Él había participado unos años antes en la organización del plebiscito ciudadano sobre el gobierno de la ciudad, que impulsaron varios integrantes de la Asamblea de Representantes del Distrito Federal en aquel momento; entre otros, Amalia García, Pablo Gómez, Demetrio Sodi, Patricia Garduño y Alejandro Rojas, pero también ciudadanos comprometidos con la democracia, como José Agustín Ortiz Pinchetti, Federico Reyes Heroles y Santiago Creel. Por cierto, Alejandro Rojas publicó hace algún tiempo un libro donde hace un recuento de todos estos procesos.

Qué bueno, entonces, que ahora habrá un Congreso Constituyente para confeccionar la Constitución Política de la Ciudad de México. Todavía mejor será que mexicanos con sobrados méritos conformen este grupo legislativo.

Hoy tenemos, sin duda, avances fundamentales en relación con los decenios pasados, aunque todavía falta alcanzar otros objetivos con un sentido más pleno e integral. Aun así, hay que aplaudir estas recientes conquistas para nuestra gran ciudad, con evidente mérito para el actual jefe de Gobierno, Miguel Ángel Mancera, quien ha dado un impulso decisivo a este proyecto.

Sigamos, pues, con la idea de ir afinando, ampliando y enriqueciendo esta importante reforma política, que de suyo es positiva y sienta bases sólidas para construir y consolidar la estructura jurídica, política y ciudadana de la nueva entidad federativa denominada Ciudad de México.

Dimos ya un paso cualitativo que nos acerca a esos sueños que se empezaron a construir hace mucho tiempo y que ahora, por fin, son una realidad tangible. Por eso, estoy convencida de que todos los ciudadanos de la capital de los mexicanos debemos comprometemos a perfeccionar nuestras instituciones con una participación siempre activa, responsable y propositiva.

 

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