La soberbia es, por sí misma, la peor lacra que azota a nuestra sociedad. Todos tenemos un rey dentro de nuestro cuerpo, sentenciaba Borges muy a menudo; y no la faltaba razón. Y ese “rey” imaginario es el que nos hace ser soberbios, prepotentes, vanidosos, estúpidos, engreídos, cuando en realidad, apenas somos nada. Y no lo somos porque, para nuestra desdicha, vinimos de la nada y hacia allá partiremos.
Una de las mejores definiciones al respecto de la soberbia nos la dio José de San Martín en su acervo cuando decía: “La soberbia es una discapacidad que suele afectar a pobres infelices mortales, que se encuentran con una miserable cuota de poder que más tarde devolverán” Y esta es la triste realidad de lo dicho.
Cualquier ser humano definido como grande, es por naturaleza humilde; lo difícil es ser humilde siendo grande, algo que parece muy sencillo, que debería ser hasta lógico y, como vemos es ahí donde fracasamos con estrépito.
Por muy grande que podamos ser, ahí tenemos el ejemplo del Papa Francisco que, siendo el “rey” de la Iglesia, a diario, con sus acciones, nos recuerda su humildad y, lo que es mejor, la sigue practicando a diario.
Siempre lo hemos dicho y, lo peor es que es cierto; la soberbia es el mal de los nuevos ricos, de la clase política, del que ha triunfado muy rápido, del que ha sido agraciado con la suerte de la noche a la mañana, de todo aquel que, sin saberlo, se encuentra adulado por todos los que le rodean. Adulación que, claro, siempre viene por algo.
Ya lo decía Cabral, escapa de todo aquel que le hace caricias al caballo, sólo quiere montarlo. Por ello, desde esta máxima, es muy fácil comprender que, si te adulan, no es por amistad ni por cariño; algo piden los que hasta ese momento estaban callados y ahora te veneran y, lo que es peor, lo proclaman a los cuatro vientos.
Lo dicho es el camino que conduce a la soberbia, un mal de difícil curación, más dañino que el propio cáncer puesto que éste, en muchas ocasiones suele curarse mientras que la soberbia, vive contigo para el resto de tus días, eso sí, siempre y cuando no te abandone la fama y el dinero; si vives soberbiamente siempre serás desdichado; sí, porque jamás encontrarás a tu lado un amigo verdadero; y si para dejar la soberbia tienes que abandonar la fama y el dinero, desde ese momento comprenderás que tu vida no vale nada; y en realidad así es.
Esa cuota de poder de la que nos hablaba San Martín, deberíamos de aplicarla para la bondad, para emular a Vicente Ferrer, por citar a un ser humano irrepetible; o la misma Madre Teresa, o a todas las personas que, desde su grandeza, olvidándose de su dinero o de su fama, son capaces de sentir al unísono con sus hermanos más desvalidos.
¿Conoce alguien a un soberbio que viva feliz? Aparentemente, así nos lo podrán hacer creer; digamos que, así querrán que les veamos, pero la realidad será siempre muy distinta. El soberbio pide que le aplaudan, que le veneren y no le importa pagar por ello; y esa es la principal causa de la infelicidad.
Si supiéramos que el dinero tiene que ser eterno, hasta podríamos darnos ese “lujo” de comprar la voluntad de los demás para que engrandezcan nuestro ego. Como quiera que, a Dios gracias no es así, nos queda el regusto de ver cómo han caído muchos castillos que creíamos eternos; eran, cómo no, castillos de arena forjados en la soberbia del vil metal.
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