“En la comprensión se asienta el origen
de la compasión, de la piedad y de la caridad”.
Rollo May.
“El hombre sano no tortura a otros,
por lo general es el torturado el que
se convierte en torturador”.
Carl Jung.
¿Cómo se encuentran los protagonistas de una relación dependiente?
Constantemente escucho a los pacientes que me explican como parecen estar condenados a encontrar en su camino personas que sólo buscan lastimarlos y con los que de manera irremediable establecen relaciones destructivas.
De hecho existen seres dependientes que se encuentran “hacen química” y aparentemente se complementa, eso es posible por varias razones.
A nivel energético la vibración de esas personas se adecua, embonando perfectamente, ya que, “lo afín atrae lo afín”.
La mujer, por un lado, busca seguridad, amor, confianza, y credibilidad, la ilusión que desde niñas, culturalmente, se nos ha inculcado de que llegará un día un “príncipe azul” a nuestras vidas con quien compartiremos una vida maravillosa.
Hoy sabemos que algunas mujeres viven esperando que esa “ilusión” se concrete en su vida, y hasta entonces no se sienten “completas, ni sienten que son felices, pues les falta algo en su vida.
También hay algunas otras que sienten en lo más profundo de si mismas que esa “ilusión” a ellas nunca las alcanzará.
Por otro lado se encuentra el hombre a quien desde niño se le ha enseñado que debe ocultar sus emociones, crecer fuerte para llegar a ser el que cuide a la mujer y a su familia, de niño se le niega la ternura, y de grande se le pide que sea tierno con la mujer.
Tanto hombres como mujeres anhelan; la comprensión, la comunicación, la ternura, lo extraordinario es que esperamos que el otro nos lo de, porque en el fondo nosotros sentimos que no lo tenemos.
Porque generalmente carece de ellos; en el fondo es una mujer insegura, que no ha aprendido a amarse y que no confía en sí misma, aún cuando aparenta algo totalmente distinto. Busca a alguien que tenga estas cualidades en cantidades superlativas, o sea un hombre muy seguro de sí mismo, confiado y que tenga alta su autoestima.
Por otro lado se encuentra un hombre igual o peor que ella, que tampoco ha aprendido a construir su autoestima, inseguro, sin la mínima confianza en sí mismo: Pero, como aspira a la mujer, a la que en un principio siente que no merece, porque curiosamente se trata, en términos generales, de una mujer guapa e inteligente y la siente inalcanzable, empieza a aparentar todas aquellas virtudes que no tiene; se torna valiente, seguro de sí mismo, presume de riqueza y de seguridad.
Este falso cortejo funciona en apariencia, las partes embonan a simple vista, como una tuerca y un tornillo, que siendo diferentes coinciden en sus aristas y salientes, pero solos ni el tornillo ni la tuerca sirven para nada; esto es, tanto la tuerca como el tornillo se necesitan uno al otro para ser funcionales, o sea son dependientes. De ahí que muchos seres humanos, como en el ejemplo anterior, sientan que no pueden vivir y funcionar sin la participación del otro, carecen de la mínima conciencia de individualidad, lo que los hace verse obligados a mentir, a engañar o a tratar de convencer –y convencerse- de que son la otra mitad, o la vida del otro; y le dejan a la otredad la responsabilidad del propio crecimiento. Vivir así es convertirse, y convertir al otro, en víctima de una relación parásita, desgastante e inútil, matizada por un sentimiento: el miedo al rechazo y al abandono.
Así es como dos personas inseguras, se llegan a conocer y se adecuan uno al otro, En la primera etapa de la relación por supuesto que las personas han guardado en lo más remoto de su inconsciencia bloqueando su estructura corporal todos esos miedos e inseguridades, es importante comprender que no son conscientes de todo esto ni ella, ni él, a simple vista son la imagen perfecta.
Así surge una relación que conlleva el sufrimiento y la desconfianza que va degenerando en una relación destructiva en la cual hay abuso emocional o físico y, por supuesto una predisposición total a aceptarlo todo.
Para andar por la vida nos ponemos en la más tierna infancia una máscara de seguridad de la que muchas veces no somos conscientes en etapas posteriores (todos hacemos eso), lo que se busca en terapia es comprender el por qué nos ponemos dicha máscara, tomar conciencia de ella, y de lo que busca ocultar, cuando nos atrevemos a desenmascarar lo que buscamos ocultar, encontramos a nuestro Yo Profundo. Es entonces cuando comenzamos a cambiar aquellos patrones conductuales que nos han ocasionado tanta humillación, vergüenza y dolor.
DRA. MA. DEL CARMEN ARAMBURU ALONSO.
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