¿Qué es más im portante, querer o deber?

¿Qué es más im portante, querer o deber?

¿Te acuerdas de…¡tienes que arreglar tu cuarto!, ¡tienes que hacer la tarea!, ¡tienes que respetar a los adultos!, ¡tienes que ayudar con el quehacer!? Y muchos más “tienes que”.  Por supuesto, todo esto es parte del proceso formativo para insertarse con éxito en la sociedad, sin embargo, la imposición “tienes que”, se queda tatuada, de tal forma, que aunque ya no tengamos atrás a los padres para recordarnos nuestros deberes, buscamos la manera de estar rebasados por las obligaciones, dejando cada vez más olvidados los deseos o la ilusión de tener una vida más plena y tranquila; por ejemplo:

Elena, de 36 años, tiene dos bellos niños de 5 y 7 años. Trabaja como publicista en una agencia, lleva 10 años de casada y su vida parece ser la ideal. Es cierto que ella decidió casarse, también es verdad que eligió la publicidad como carrera, y quiso tener dos hijos; por todo ello, muchas de las personas cercanas a ella, ven absolutamente normal que ella corra de un lado para otro todo el día y todos los días. Lleva una parte muy importante de la gestión del hogar; como su esposo trabaja más lejos de casa, él sale más temprano por las mañanas y a ella le corresponde llevar a los niños al preescolar y a la primaria (con los lunches respectivos); trasladarse 45 minutos en promedio para llegar al trabajo; responder a las demandas del cargo; pasar por las tardes a casa de su mamá, donde el camión escolar deja a los niños, checar las tareas que cada profesora les encomendó; regresar a casa para bañarlos y preparar la cena para tenerla lista a las 9 de la noche que llega su esposo y, después de conversar un rato, preparar todo para el día siguiente y volver a empezar. Los fines de semana lo único que quiere es descansar, pero entre la compra del súper para la semana, la ida al parque o a la feria, la fiesta infantil y los compromisos familiares, el sábado y domingo se esfuman, casi sin hacer ruido, para anunciar que nuevamente el lunes se acerca. Ya no puede más, pero todo lo que hace, es lo que “tiene” que hacer, porque no se perdonaría no ser buena esposa y madre. Está muy, muy cansada y hay momentos en que duda que eso sea la vida perfecta.

¿Qué quitarías de la rutina de Elena? ¿Le aconsejarías hablar con su esposo para redistribuir las tareas desde un enfoque más equitativo? ¿Le dirías que renunciara al trabajo para dedicar más tiempo a sus hijos? ¿Le recomendarías buscar otro empleo, quizá uno que le permitiera trabajar desde casa? ¿O pensarías que todo eso es "lo normal" cuando una mujer decide formar una familia?

La realidad es que probablemente ninguna de esas respuestas resolvería el problema de fondo.

Porque el verdadero conflicto de Elena no está únicamente en su agenda. Está en una pregunta que pocas veces nos enseñan a hacernos: ¿esto lo hago porque quiero o porque siento que debo hacerlo?

Desde pequeñas aprendimos a cumplir. A ser responsables, educadas, disponibles y, si era posible, también perfectas. Nos enseñaron que una buena hija ayuda, que una buena estudiante cumple, que una buena esposa atiende, que una buena madre puede con todo. Sin darnos cuenta, fuimos cambiando el "quiero" por el "debo".

Y cuando el "debo" ocupa todo el espacio, el deseo empieza a desaparecer.

El psicólogo Carl Rogers señalaba que el bienestar aparece cuando vivimos de manera congruente con quienes realmente somos. Dicho de forma sencilla: cuando nuestras decisiones reflejan nuestros valores y no únicamente las expectativas de los demás. El problema es que muchas mujeres dejan de preguntarse qué necesitan, porque durante años han respondido primero a las necesidades de todos los que las rodean.

No siempre podemos hacer únicamente lo que queremos. La vida adulta implica responsabilidades y compromisos. Claro que hay cuentas por pagar, hijos que cuidar, padres que acompañar y trabajos que cumplir. El deber también tiene un lugar importante.

Sin embargo, cuando el deber se convierte en el único idioma de nuestra vida, aparece el agotamiento, la frustración e incluso la culpa por desear algo diferente.

Quizá el cambio no consiste en abandonar nuestras responsabilidades, sino en recuperar pequeños espacios donde el "quiero" vuelva a tener voz.

A veces ese "quiero" significa pedir ayuda sin sentirnos egoístas.

Otras veces significa decir "no" a un compromiso más.

En ocasiones será volver a estudiar, salir a caminar treinta minutos, retomar un pasatiempo olvidado o simplemente tomar un café en silencio sin sentir que estamos perdiendo el tiempo.

El psiquiatra Viktor Frankl escribió que entre lo que nos ocurre y la forma en que respondemos existe un espacio de libertad. Tal vez ese espacio comienza con una pregunta sencilla, pero profundamente transformadora:

De todas las cosas que hago hoy... ¿cuáles nacen del amor y cuáles únicamente de la obligación?

Porque una vida plena no es aquella donde todo está perfectamente cumplido. Es aquella en la que el deber y el querer dejan de pelear entre sí y aprenden, poco a poco, a caminar de la mano.

¿Cómo empezar a liberarte del "tengo que"?

No se trata de dejar de ser responsable. Se trata de recuperar la libertad de elegir.

La próxima vez que te descubras diciendo: "tengo que...", haz una pausa y cambia la frase por una pregunta:

¿De verdad tengo que hacerlo yo?

 

Tal vez la respuesta sea sí. Pero muchas veces descubrirás que no.

Después pregúntate:

¿Es realmente mi responsabilidad o la asumí porque siempre ha sido así?

¿Nadie más podría hacerlo?

¿Qué pasaría si hoy no fuera perfecto?

¿Lo hago por amor o por miedo a decepcionar a alguien?

¿Qué necesito yo en este momento?

No todas las respuestas serán cómodas, pero serán honestas.

Liberarse del "tengo que" no significa abandonar a quienes amamos. Significa dejar de abandonarnos a nosotras mismas.

Porque cuando una mujer aprende a poner límites, a pedir ayuda y a elegir conscientemente, no se vuelve menos responsable; se vuelve más libre.

Y una mujer libre no es la que hace todo. Es la que puede decidir qué vale la pena hacer y qué ya no le corresponde cargar.  Tal vez descubras que recuperar tu bienestar no empieza con grandes cambios, sino con volver a escuchar esa voz que durante mucho tiempo quedó en silencio.

 

 

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