UNA VIDA SIEMPRE FELIZ
¿Qué sería una vida ininterrumpidamente feliz? ¿Qué sería una vida satisfecha en la que uno siempre, en todo momento, fuese dichoso, en la que no hubiese decepción alguna, en la que los placeres y los días se sucedieran con la sensación de una caricia inacabable? Una vida así ¿sería un remanso de paz, una placidez eterna, un regalo precioso?
No. Sería una vida carente de profundidad. Una vida plana, sin contrastes. Al no tener la oportunidad de comparar lo agradable con lo desagradable, no nos resultaría fácil valorar lo que merece ser tenido en cuenta como experiencia valiosa. Perderíamos el sentido de lo excepcional, y no sentiríamos que la perseverancia y el esfuerzo tienen su recompensa. Viviríamos felices (tal es la premisa de la que hemos partido), pero sería una felicidad tenue, sin brillo. Una felicidad sin vértigo, de corto aliento, desustanciada y mediocre.
De donde se desprende que cierta dosis de infelicidad es necesaria para que haya algo en la vida que valga realmente la pena.
Así lo expresó Schopenhauer en esta nota, escrita cuando tenía 26 años: “Al hombre, a fin de que alcance un sentimiento elevado y oriente sus pensamientos hacia lo eterno desde la temporalidad, el dolor, el sufrimiento y los fracasos le son tan imprescindibles como al barco ese pesado lastre sin el cual no cobra profundidad alguna, convirtiéndose así en un juguete de las olas y el viento, incapaz de fijar su rumbo y que naufraga con suma facilidad“
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