“Every time we say goodbye, I die a little, every time we say goodbye, I wonder why a little…”
Cole Porter.
Ese lunes de enero todo parecía igual, recientemente se habían marchado las navidades y la celebración por un año más, empezábamos la semana en casa de mis padres con el festejo de la rosca de reyes sin darme cuenta de lo que vendría después.
Llegamos a casa y dejamos todo listo para el siguiente día, la escuela, el trabajo, la ropa; mi hijo se iría a la cama mientras él y yo sentados en el comedor repasábamos las deudas pendientes. La conversación era tan normal como rutinaria, cada mes empezábamos con las cuentas y terminábamos enojados por la falta de capacidad de su parte para solventar los gastos, esa rueda siempre giraba en nuestra relación hasta sacar chispas y detonar siempre en un pleito más.
Pero ese día, esa rueda, se detuvo antes.
Yo seguía con el argumento de las cuentas, entonces él se levantó de la silla, colocó sus manos en el respaldo y de pie me dijo: “Vamos a darnos un tiempo”, “me voy de tu casa”.
Sus palabras tan breves y tan seguras, fueron el inicio de un nuevo ciclo en mi vida y el término de otro al que solo pude responder: “Si te vas, te vas por mucho tiempo, no quiero que regreses pronto”.
Con calma acomodó la silla y se marcho a dormir.
Recuerdo que me quedé callada, atónita, me levanté a dejar la casa en orden y apagué las luces. En la habitación él ya estaba en la cama, me senté a su lado y empecé a llorar, esa fue mi primera reacción después de sus palabras; por completo olvidé las deudas y el próximo viaje de mi hijo, no me dijo como saldaríamos de esos gastos, solo repitió al voltearse para dormir, que él ya se iba.
Decidí entonces tomar una cobija y bajar a la sala, me tiré en lo largo del sillón, hundí mi cabeza y me agazapé como un animal herido.
Incapaz de pensar, solo había un dolor que estaba en mi pecho oprimido, mientras cientos de preguntas y palabras en mi mente iban y venían en busca de respuesta.
Cuando llegó un poco de claridad a mi cabeza, subí a pedirle que mi hijo no estuviera presente cuando sacara sus cosas de mi casa. Me regresé a la sala y volví a cubrirme la cara intentando dormir.
Al siguiente día la vida parecía la misma, él me ayudó con el desayuno, yo tenía un viaje de trabajo fuera de la ciudad, el silencio entre nosotros era tenso, además había una membrana que yo no me atrevía a romper con una sola palabra para poder proteger a mi hijo, nos fuimos entonces a seguir con la vida y me despedí de él recordándole que cumpliera lo acordado.
Durante mi viaje hice todo muy rápido, realicé mi trabajo y regresé a la ciudad directo a la escuela, mi hijo se subió al carro mientras me hablaba de su día y de las tareas, para él todo era como siempre, no había ningún aviso de que las cosas cambiarían. Yo lo veía por el retrovisor y mientras lo escuchaba hablar, trataba de imaginarme el momento al que él y yo nos enfrentaríamos al llegar a casa.
Cuando llegamos, estacioné el carro, le pedí que me dejara entrar a mi primero, al abrir la puerta, pude sentir el eco de la casa y la ausencia, había cumplido su palabra, sus cosas ya no estaban.
Entonces entramos y le pedí a mi hijo que se sentara a mi lado en el sillón, frente a una nueva situación de la vida, la diferencia ahora era su edad, pues con doce años cumplidos, lo veía a los ojos y la desilusión vendría enseguida. Ya no podía protegerlo en mi vientre para pasar por el dolor del abandono, esta vez, le tome la mano y le dije: “Nos quedamos solos”, “estoy aquí para escucharte, si estas enojado conmigo porque él se fue, te voy a escuchar, si quieres llorar, puedo llorar contigo, lo que quieras decirme aquí estoy”.
Recuerdo la mirada directa de sus ojos a los míos, mientras veía como la tristeza nos invadía y comenzábamos a llorar. Hasta el día de hoy yo no sé qué traducción hizo de mis palabras y mis emociones, solo recuerdo que me abrazó fuerte y nos quedamos así un buen tiempo, llorando juntos, abrazándonos con mucha fuerza y compartiendo nuestro dolor por la persona que se había marchado.
Después, quizá lleno de preguntas que no se atrevió hacerme, mi hijo tomó su mochila, se subió a su cuarto y se dio cuenta que no había televisión, que no había mucha cosas que antes compartía, entonces lo seguí, me sequé las lágrimas y le dije que me ayudara armar un radio que tenía mucho tiempo guardado.
En ese sencillo movimiento, me di cuenta que había cosas que ya no estaban, pero que yo contaba con cosas que ocuparían los lugares vacios; mi hijo y yo, acomodamos ese viejo radio y fuimos encontrando algunas otras cosas, al haberse ido de mi casa y de nuestra vida, nos había dejado un espacio necesario de volverse a llenar.
Mis cosas comenzaban a salir como las piezas de un barco naufragado, sin dirección, flotando, una a una, fui acomodando lo que quedaba. Así pasaría la primera de muchas noches, intentando el rescate de mi nueva vida.
Nos leemos en la siguiente.
Diana Rodriguez.
Comunicadora en "Conversemos" Radio.
Comentarios
Gracjas Maria Isabel Sanchez! Saludos con afecto. Diana Rodriguez.
ufff m quede muda... Dios nos brido un amor incondicional que nunca nos abandonara EL AMOR DE UN HIJO.