Hace unos días tuve la necesidad de trasladarme por carretera, a una ciudad cercana, que está a sólo dos horas de camino. Decidí no conducir, así que compré mi boleto de viaje… ¡y ahí voy!
Estando ya en el asiento que me tocó, veo con tranquilidad que tengo compañera de viaje… No es que sea feminista o algo así, lo que pasa, es que la mayoría de los señores, (según yo) se duermen enseguida, se “expanden” y comienzan a hacer sonidos guturales, mejor conocidos como ronquidos. Pues bien, el viaje comenzó, y la chica, después de poner desinfectante y crema en sus manos, se quedó dormida, hasta que llegamos a un punto intermedio en el que hizo parada el autobús, y en dónde ella se bajó para comprar algo de comer. Una vez instalada otra vez en su asiento, volvió a poner desinfectante y crema en sus manos; las frotaba tan vigorosamente, que yo pensaba que no sólo se estaba desinfectando, si no también, las estaba exfoliando…. Empezó a comer su sándwich, y una vez que hubo terminado, se frotó las manos una vez, y otra, y otra, y otra vez con desinfectante, y después con su crema, pero ésta vez, con cada frotada de manos, se pasaba los dedos por el contorno de los labios, rápida y nerviosamente, pero, también ponía desinfectante en los puños de su sweater. Bueno, yo no pude evitar pensar; ¡Ésta mujer está llena de manías!
En el viaje de regreso, me tocó el asiento junto a la ventana, y mi acompañante, ésta vez, era un señor. Cuando yo subí al autobús y me pasé a mi asiento, el señor estaba con las piernas un poco extendidas y los brazos sobre las piernas, transcurrió una buena parte del viaje, y el señor apenas y había cambiado de posición los brazos; ahora, los había cruzado. Entonces, me di cuenta de algo: ¡Yo no había dejado de moverme! Empecé a hacer consciencia de mis actos, y contabilicé cada uno de mis movimientos…. Me rascaba la espalda, me picaba la nariz, sentía algo en el ojo…. Al estar haciendo consciencia de mis movimientos, traté de “aguantar las ganas” de rascarme o moverme, pero juro que sentía como pequeñas patitas caminando por mis piernas, sobre mi cabeza, y pensaba, ¿qué tal se ahora si es un bicho? Entonces, mi propósito de quedarme quieta, fue inútil, porque volvía con mis movimientos. Sobra decirles que todo el viaje fue así, y mi vecino de asiento, seguía igual, con sus brazos cruzados, no estaba dormido, ni expandido, ni mucho menos roncaba… solamente estaba quieto. Entonces, tampoco pude evitar decirme a mí misma, que seguramente él debía estar pensando esto de mi: “¡Ésta mujer está llena de manías!”.
Creo que huelga decir que somos expertos en ver todo lo que los demás hacen, y pasamos por alto nuestras acciones, tal vez no nos damos cuenta de algunas que son repetitivas, o tal vez, simplemente, ni siquiera hacemos consciencia de nuestra propia existencia con todo y nuestros errores, nuestros defectos, y nuestras manías.
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