Desde que nace nuestro primer hijo, sabemos que nuestra función principal en su vida, es sentar las bases para que se forme como un ser humano con valores, un ciudadano responsable y un individuo independiente, capaz de volar con sus propias alas; pero cuando llega el momento de despedirse, todo aquello que tu cerebro te dice que has hecho bien, se desploma cuando el corazón se resquebraja, porque es la prueba fehaciente de que tu hijo ya creció y que, a pesar de lo mucho que te ama, tendrá otras prioridades en su vida; como su pareja, sus proyectos laborales, sus hobbies, y tantas otras cosas, que te irán pasando a un lugar que ya no es el primero en la fila.
No pienses que es desagradecido, no; es simplemente el camino que todos recorremos en este plano de existencia. Si tu hijo o hija se quedan demasiado tiempo, eso sí es un mal síntoma, y en países como México, eso es muy común. Tal vez la situación económica es la excusa, pero hay algo más grave que eso: la dependencia emocional. Un individuo que a los 30 años no logra enfrentar la vida como un adulto, con sus propios recursos, atendiéndose a sí mismo y resolviendo sus problemas, es una persona que sigue aferrada a su adolescencia o a su infancia, esperando que mamá o papá hagan su tarea.
No se trata de cerrar las puertas de la casa familiar e impedir que tus hijos regresen, temporalmente, si alguna vez enfrentan una situación compleja; pero no es positivo prolongar esta estancia por años, porque tú necesitas tu espacio y continuar con tu proyecto de vida, y ¡ellos también!
¿Cómo esperar que en su vida adulta estén de acuerdo con las reglas de tu casa?, ¿cómo querer pedir cuenta de sus actos: la hora de llegada a casa, con quién salen, a qué hora deberán asear su habitación, o hasta qué deben comer? Y ¡por supuesto que si están en tu casa las reglas las pones tú!, pero eso ya no es una relación sana, se vuelve tóxica, codependiente, a tal grado, que prefieres estar discutiendo con él, a quedarte sin su presencia diaria en casa. Si lo reflexionas, es un acto egoísta.
Mi abuela decía que los hijos no son pagarés, a los que apuestas desde que nacen, para que un día te mantengan y te cuiden en la vejez; cada quien debe hacerse cargo de su presente y su futuro. Eso era el pensamiento de hace 40 años o más. Hoy las cosas son al revés: hay hijos que esperan que, ya con un empleo o con estudios terminados, sus padres se sigan haciendo cargo de ellos, en todos los sentidos; en cuanto a manutención, servicios y quehaceres. Si eso piensan, algo de lo que hicimos no estuvo muy bien, pero siempre hay tiempo de reparar.
Puedes empezar solicitando que se haga cargo de sus gastos al 100%, incluyendo un porcentaje de la renta (aunque sea casa propia), el pago de servicios, alimentación, transporte y servicios de limpieza de la casa y de su ropa; enséñale lo que cuesta la vida e invítalo a que elija su propio sitio fuera de casa (no sé si un cuarto o un departamento) y que disfrute de la parte positiva de ser independiente: sentirse orgulloso de sus logros y verse empoderado en su espacio.
Es un hecho que te alegrarás cada vez que te visiten y sabrás que has cumplido tu misión en la vida, en lo que a tus hijos respecta. ¿Y qué pasará con ese corazón roto? Pues anticípate a ese momento; ten tu propio proyecto de vida para que la casa no absorba el 100% de tu tiempo si ya estás jubilada o si siempre has sido ama de casa. Pon tu ilusión en otras cosas, por ejemplo, haz el ejercicio que más te guste, ya que hoy sabemos, que no es una opción si queremos envejecer fuertes y sanas; toca un instrumento musical que llame tu atención, incorpórate a un coro, viaja con tu pareja o sola (si no te agrada pensar en la idea de salir sola busca una agencia que organice viajes para personas solas); practica la jardinería, dona tu tiempo en alguna asociación civil cuya causa te convenza, aprende idiomas, en fin, hay mil cosas que hacer, solo es cuestión de encontrar lo que te agrade. Puedes explorar en tu pasado para recordar aquello que deseabas y tal vez no se concretó.
La salida de casa de los hijos no tiene porque ser una tragedia, es una transición natural; por eso, no vivas a través de ellos; no deposites tu razón de existir en la atención que les brindas; no juegues a que se van, pero te siguen llevando su ropa a que la laves y comen diario en tu casa, o a que se “independizan”, pero tú pagas su renta y mantienes aseado su departamento; eso no es irse, es sólo hacer una extensión de tu casa.
Cree en ellos, impúlsalos a seguir avanzando y confía en que harán lo mejor después de la educación que les diste; seguramente se equivocarán, ¿y quién no?, pero los mayores aprendizajes en la vida no se adquieren volteando a ver quién te resuelve los problemas, sino cayéndonos una y otra vez; pero eso sí, tomando mayor fuerza en el piso, para levantarnos más fuertes.
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