Hace unos cuantos meses me encontraba yo con cierta melancolía y ofuscación, pues mi madre y una servidora habían tenía una discusión algo acalorada escasos meses atrás y como la vida lo que desea es que repares en tus relaciones pues me presentaba una y otra vez situaciones con esta temática a modo que yo me diera cuenta de que debía sanar mi asunto pendiente... "En la madre" me dije muchas veces de modo burlón como para calmar el nerviosismo y la ansiedad que dicho tema me provocaba.
Los tiempos de Dios siempre son los perfectos. Sin pensarlo ni imaginarlo siquiera un suceso se encargó de propinarme la "sacudida" tan "solicitada" y merecida para poner en orden mis emociones y poder ver aquella pasada discusión de manera más objetiva y real. En cuestión de minutos pude ver a mi madre no como mi progenitora, sino como la niña herida que habitaba en ella transparente, dolida, sin culpas y con una gran necesidad de amor y comprensión por su historia vivida. Y un infinito amor y gratitud surgieron en mi ser. Gracias a que ella decidió dar un SI a mi nacimiento y obsequiarme el regalo de la vida muy a sabiendas de que su vida sería puesta en juego en el momento de mi alumbramiento yo hoy puedo contar mi historia y llevar LUZ a aquél que deposite su confianza y cariño en mi.
Más allá del dolor de nuestro niño herido también está el dolor de nuestra madre y el dolor que nosotros hemos añadido al rechazarla y juzgarla en ocasiones. Un hijo sólo puede estar en paz consigo mismo si se encuentra en paz con los padres, lo que significa que los acepta y los reconoce como son. No es posible decir: «esto lo tomo» y «esto lo rechazo». Aceptar a los progenitores como son es un proceso curativo en sí mismo, el alma de la persona siente alivio y paz.
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