¡Vienes y bajas, Señor!
En medio de la oscuridad que nos atenaza,
desciendes para darnos luz y vida en esta esperada noche.
Nunca, oh Señor, ha estado tan abrazado el cielo a la tierra,
lo humano de lo divino, lo divino cosido a nuestros huesos.
¿Cómo entender este prodigio de amor y de locura?
¿A dónde dirigir nuestros ojos y nuestro júbilo
cuando tanto misterio nos rodea?
Has venido, en un pesebre, y eso no se olvida.
La riqueza, en medio de la pobreza.
La indigencia, para siempre dignificada.
La gloria, destellando y abriéndose por la tierra
y, la tierra, aspirando a un trozo de cielo.
¡Vienes, has bajado Señor!
Hoy, la pequeñez, habla de tu inmensa grandeza.
Hoy, la humildad, es Palabra que salva.
Hoy, el silencio, se hace entrega y contemplación,
alabanza y éxtasis, adoración y emoción contenida.
¡Has bajado, Señor, y eso es lo que importa!
Deja que, en esta Noche Santa, caigamos en tierra.
Que, hoy más que nunca, nos sintamos pastores y zagales.
Que, buscando entre las maderas de tu pesebre,
aprendamos, de una vez para siempre,
que la puerta pequeña es la que Dios quiso abrir
para hacerse presente en las entrañas de nuestra hacienda.
Porque, ser hombre, no es fácil.
Porque, algo bueno tenemos aunque no nos lo parezca
cuando, Tú, quieres revestirte de nuestra carne,
sufrir con nuestros sufrimientos,
gozar con nuestros gozos,
buscar en nuestros horizontes,
alentarnos en nuestras dificultades.
¡Has bajado, Señor! ¡Has venido! ¡Has nacido!
Y… cuánto nos alegramos de verte y de recibirte.
¡Bienvenido a este viejo pesebre del mundo!
P. Javier Leoz
Comentarios
Gracias por compartir,