No somos víctimas de otros, ni de las situaciones de la vida que nos toca atravesar.
Todo lo que experimentamos en las relaciones con otros seres humanos
tiene un propósito y unas causas previas.
Actuamos con sabiduría cuando nos disponemos a la comprensión y compasión
sobre las inevitables y limitadas actitudes, nuestras y de los otros, cuanto hicimos cada en acto de nuestras vidas.
Todo lo que interpretamos como destructivo o negativo que ocurrió en nuestro pasado muerto ya son eventos que no podemos cambiar
y tampoco a las seres humanos protagonistas de esas historias que compartimos,
algunas veces tormentosas.
Cuando aceptamos esas circunstancias, podemos liberarlas y liberarnos de sus efectos abrumadores.
Cuando decidimos conservarlas y hacerles altares de veneración y valoración por el dolor que les atribuimos
y que seguimos manteniendo vigente, nos sometemos a un auto-castigo y dedicamos la energía de nuestro presente
a la autocompasión y al resentimiento, los frutos de amargura que consumimos y que nos consumen.
Cada uno de nosotros actúa en cada momento según nuestra personalidad y nuestras creencias,
que nos llevan a elegir una opción de comportamiento en nuestras relaciones con los otros y con el entorno
que probablemente en muchas ocasiones no sea grata para nuestros coparticipantes
y puede convertirse, para ellos o para nosotros, en un gran conflicto y en una gran “des-ilusión”,
representados en enfermedades distintas que conformamos como reacción,
por la carga de pesadumbre y dolor con que las interpretamos, las rotulamos y las asumimos,
hasta el instante feliz en que decidimos soltarlas
y acogemos la sanación como solución.
Hugo Betancur
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