Encuentro inesperado en un lugar inesperado


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Encuentro inesperado en un lugar inesperado

Atardecer. Una plaza. No un atardecer cualquiera, un atardecer de invierno. No una plaza cualquiera, una plaza cuyos faroles en lugar de dar luz, daban más oscuridad, una plaza con árboles muertos. Cuervos. Una banca.

Y como tantas otras tardes, me refugie en aquella plaza, en el límite entre la semi vida y la muerte.

De pronto oigo unos pasos, me quede tan quieta como pude, aunque eso no era difícil en el espacio muerto en el que me encontraba. No, no eras tú, poeta. Podía reconocer tus pasos aún a varios metros. Algo extraño había en aquellos pasos, no eran de ese caminar lento y apesadumbrado, de quienes solían visitar la plaza. Seguí mirando la oscuridad, esperando que alguien apareciese, pero en lugar de eso, oí una risa tierna detrás de mí, un niño escondido tras un árbol, me estaba mirando; cuando lo vi, corrió a esconderse nuevamente.

Por primera vez en mucho tiempo, por primera vez desde que había llegado hasta aquí, algo me hizo sentir que aún había algo de vida en mi interior. Salí corriendo tras él, quería decirle que saliese de aquel lugar, no era un lugar apropiado para un niño, para alguien a quien aún le falta conocer muchas cosas, equivocarse muchas veces, reír, amar. Tan pronto lo encontré emprendió de nuevo la carrera: creía que estábamos jugando.

Tras un buen rato de juego, tuve que detenerme y entre jadeos le grité que no podía más. Se acercó dando pequeños pasos, que apenas rozaban el suelo, su andar era una danza, una danza de vida, en medio de la muerte.

Caminamos hacia el banco en el que solía sentarme, sola, contigo y sola otra vez, y aún con un poco de dificultad tras el esfuerzo físico, fui capaz de preguntarle:

-          ¿Qué haces aquí?

-          ¿Qué haces tú aquí? - me respondió. No supe que responder, no podía explicarle las razones que me habían llevado allí, no podía explicarle donde verdaderamente estábamos. Por lo que, en lugar de responder, le dije:

-          Este no es lugar para alguien como tú.

-          ¿Acaso si es lugar para alguien como tú? - me respondió. Incrédula lo miré a la cara, por primera vez, no podía tener más de 5 años, sus grandes ojos color miel me mantuvieron la mirada y al sonreír se le formaron margaritas en las mejillas.- Te propongo un juego - me dijo, tras un minuto de silencio entre nuestros labios, y de conversación entre nuestras miradas.

-          No. Nada más de correr, por favor

-          No te preocupes, será sin correr – me tranquilizó

-          Ok, pero con una condición. Terminado el juego, te irás y no volverás a este lugar

-          Sólo te puedo prometer que me iré, debo regresar. – al ver que yo iba a rechistar, agregó - ya entenderás el porqué. ¿Comencemos el juego?

-          Está bien, ¿de qué trata?

-          Es un juego de visualización, debes cerrar los ojos e imaginar lo que yo te diré. No digas nada, solo hazlo.- Cerré los ojos sin ninguna dificultad, no era muy distinto de tenerlos abiertos, todo era oscuridad.- Imagina que es poco antes del atardecer, estas sentada en esta misma banca, en esta misma plaza, leyendo una novela, oyendo a los pájaros cantarle a los árboles, a las flores, al viento. – Con dificultad eché a andar mi imaginación.- Imagina que de la fuente de allí en medio brotan finos manantiales de agua cristalina. Oye el agua caer, acércate a la fuente y moja tu cara. Imagina que los cantos de los pájaros cesan, que oscurece, que los faroles tantos años apagados se encienden.- Había logrado transportarme a un nivel de ensoñación máxima, podía imaginar, ver y sentir todo lo que él decía.– Abre los ojos.– Lentamente salí de la ensoñación… ¡No podía ser! Los faroles se habían encendido.

-          ¿Cómo lo hiciste? – le interrogué, aún sin poder creer lo que mis ojos veían

-          Yo no he hecho nada – respondió mirándome a los ojos, ojos tan transparentes como el agua que brotaba de la fuente en medio de la plaza

-          Pero.... ¿Cómo…?

-          La oscuridad está en tu mente, la luz también. Tú eliges en cuál de las dos quieres vivir. Y ahora, como te he prometido, me iré.- Lo vi alejarse lentamente, sin dar vuelta siquiera a mirarme

-          Espera – le grité – se volvió a mí sonriendo. –

-          Dime

-          ¿Cuál es tu nombre?

-          Soy la vida – dijo y desapareció.

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