EL REGOCIJO DE LOS NIÑOS EN VACACIONES

“Comenzaron las vacaciones, pobres mamás”, “No sé que voy a hacer este verano con mi hijo”, son expresiones cada vez más recurrentes en el discurso social que me apenan porque son el reflejo de muchas cosas, por ejemplo, que los niños y las niñas no caben en nuestro mundo cotidiano, que compiten con el sistema laboral-productivo por los padres, que su vitalidad no encuentra espacios ni momentos seguros para su expresión, que las escuelas no siempre son considerados centros de aprendizaje sino, muchas veces, depósitos de niños.

Numerosos padres encuentran difícil compaginar el cuidado y convivencia de sus hijos en vacaciones porque sus horarios y dinámicas de trabajo son excesivos y rígidos. Otros sí tienen la posibilidad, pero es ahí donde encuentran un problema: ¡qué hacer con ellos tanto tiempo? Parece que abruman. A estos casos me referiré en la presente reflexión.

¿Qué nos pasó? ¿Desde cuando la presencia de los niños comenzó a impacientarnos a los adultos? ¿Por qué nos incomoda su energía vital? ¿Cómo es que perdimos la capacidad para convivir, jugar y divertirnos con ellos? ¿Qué le pasó a nuestro parte juguetona, alegre, relajada y sencilla?

¿Para qué los traemos al mundo si no les vamos a hacer un espacio? ¿Por qué pudiendo estar con ellos no estamos?

Los adultos estamos acostumbrados al ruido, al estruendo, al borlote. Lo alentamos, lo producimos, lo compramos, lo consumimos: adrenalina, estrés, compras desenfrenadas, experiencias que enajenan…, todo en exceso. Todo con tal de no estar con nosotros mismos, todo con tal de no existir, de no vivir con conciencia plena.

El silencio, la contemplación y la meditación han quedado tan lejos de nuestros hábitos contemporáneos, quedando así inconscientes de nuestro ser humano.

En cambio, la algarabía de los niños en vacaciones, molesta: sus exclamaciones y parloteo, la pelota rebotando en la pared, la patineta y la bicicleta compitiendo con los autos por un espacio, la combinación de sus gritos con los ladridos de su perro, sus carreras desenfrenadas, su canto, sus juguetes en el piso, sus huellas de lodo en las blancas paredes de la casa, sus pantalones rotos de las rodillas de tanto arrastrarse, su cabello despeinado y su cara sucia, sus peticiones de jugar, de hacer nada…

Es verdad, el mundo desbocado en que nos tocó vivir no permite espacios suficientes para estar con ellos, y en su compañía recuperar atributos humanos. Pero no olvidemos que ese mundo no se construyó solo. Nos enrolaron en una dinámica consumista que nos lleva a trabajar más para tener más dizque para ser más (!), y lo aceptamos (!!), perdiendo de vista que la clave está en lo sencillo, en lo elemental.

Nuestros niños y niñas sólo necesitan un espacio amplio y seguro dentro o fuera de casa (su cuarto, un jardín, un parque, un baldío, un pedazo de calle) con los objetos que ahí se encuentran, un grupo de niños, unos padres, familiares y vecinos cuidadosos y disponibles. Ahí pongamos nuestros esfuerzos. Porque lo demás lo construyen con su imaginación, con su mente.

Estas vacaciones hagamos el esfuerzo de contagiarnos de su alegría y de su capacidad para vibrar con lo sencillo.

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