La visita del Papa Francisco, es sin duda, todo un acontecimiento al igual que ha ocurrido, en mayor o menor grado, con sus antecesores que sin excepción han sido aclamados por el pueblo de México. Si bien cada visita tiene su propia agenda, problemática y perspectiva.
Visitas que impactan no sólo en el ámbito religioso y espiritual, en especial para el mundo católico, sino que de la misma forma acarrea implicaciones sociales y políticas para el país.
La de Francisco, justo se dará en un ambiente donde todavía flotan cuestiones de inconformidad generalizada como: la desaparición de los 43 jóvenes en Ayotzinapa y los mismos casos que se inscriben conflictivamente en el marco de los derechos humanos.
Un Papa, que por los discursos iniciales y compromisos que ha ido expresando tienen que ver con el cambio: desde las propias estructuras y doctrinas, como tal de la iglesia católica, el enfrentamiento valiente ante la corrupción de las finanzas del Vaticano o la tan alarmante y escandalosa pedofilia de un número significativo de sacerdotes y obispos.
A la vez, los lugares que visitará, denotan de por sí un perfil crítico de lo que ocurre en México, aunque sus voceros se afanen en insistir que no hablara de los problemas de México y que traerá un mensaje sobre todo de esperanza. Así también, han de emerger diferencias con un segmento del clero mexicano sumamente conservador y hasta negligente respecto a los asuntos cruciales de México. Por tanto, su presencia y los propios mensajes que emita, seguramente tendrán destinatarios.
Sería entonces deseable que dentro de su visita pastoral se animara a dar anuncios de índole doctrinario de carácter universal, como: la misión de la mujer en la iglesia contemporánea o bien las responsabilidades que se contraen en el servicio público, lejos de la corrupción y la impunidad que tan asiduamente corroen a la sociedad mexicana.
Es preciso que convoque a la lucha contra la violencia, las drogas, la decadencia social y el desigual reparto de la riqueza.
Debe pues remover conciencias y alentar movimientos a favor de la solidaridad humana, frente a la gran pobreza y marginación que tenemos.
Una esperanza que deberá transformarse en acciones para que perduren y penetren en la conciencia del país.
Pero también habrá que cuidar mucho esa dualidad de Jefe de Estado y líder de los católicos, a fin de que no decaiga en intromisiones y manipulación, independientemente del signo ideológico que sea.
Su visita, estoy cierta, dejará huella y abrirá nuevos espacios para la fe y el activismo social en favor de los pobres, de la paz, y de la prosperidad común.
Ojalá que así sea y no quede exclusivamente de la retórica en las buenas intenciones, en la distracción social o en ese sentimentalismo paralizante y evasivo de nuestras realidades. Y desde luego, estar muy alertas para que ningún partido ni político oportunista quiera llevar votos a su propia urna.
Mensajes papales, que siempre son y serán bienvenidos cuando tengan un sentido humanista, de justicia, mejoramiento social y económico en la Tierra Misma.
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