EL DOLOR

Es difícil que el ser humano cuente con el debido equipaje para enfrentar el dolor.   Es un viaje para el que nadie está suficientemente preparado.   Cuando el dolor toca a tu puerta, lo primero que asalta al individuo es: ¿Por qué me sucede esto a mí? ¿Qué he hecho para merecerlo? 
 
Se pone en duda la existencia de Dios.   Si proviene del Creador, ¿qué clase de creación es el dolor? ¿Es acaso una cruz que debe cargar la persona por el resto de su vida?  Está el dolor que experimenta una persona en forma pasajera, o el que se lleva de manera prolongada. 
 
Luego viene la experiencia de asimilar el dolor físico o espiritual. Cuando hinca sus garras en el alma o en el cuerpo del ser humano puede convertirse en una mezcla de ambos, traspasando las barreras de lo físico y espiritual.   El dolor crece y toma vida propia, convirtiéndose en un legítimo adversario.  Cuando se aprende a distinguirlo, la soberbia se hace añicos, el ego se somete a esa fuerza externa y se aprenden lecciones de humildad.   El individuo recoge las enseñanzas de la escuela del dolor y adquiere una tremenda fuerza moral. 
 
El dolor es una caverna cuyas profundidades no conocemos, porque es raro que al asomarnos a ella, no nos haga retroceder la pena, el terror, o el egoísmo.  El dolor no es un estado transitorio, sino un elemento indispensable de nuestra perfección moral.  Por eso no debemos mirarlo como un enemigo, sino como un amigo triste, que ha de acompañarnos en el camino de la vida.  Sin lucha, sin contrariedad, sin abnegación, sin prueba, sin sacrificio, sin dolor, en fin, no es posible moralidad ni virtud. 
 
Desde el momento mismo de nacer, el individuo conoce el dolor. El bebé es arrancado de un ambiente protegido y seguro para irrumpir en un mundo donde sólo los mejores alumnos sobreviven y transitan por una experiencia que les dignifica la vida.  Como el metal que es pasado por los hornos de una fundición para matarles las impurezas, así también el ser humano sale acrisolado como mineral precioso de la prueba del dolor.   Desde entonces, nadie está exento del dolor.  Así como la luz del día que nos ilumina de frente, es la sombra que nos acompaña paso a paso, inseparable, hasta la muerte. 
 
Toda vida humana está colmada de dolores. ¡Es tan corta la existencia y tan dilatado el dolor!  Son más los sinsabores y tristezas que las alegrías, porque el dolor es la suma de todas esas inesperadas experiencias que enlutan la vida.  Cada momento de congoja trae consigo un ingrediente que permite soportar la prueba.  Con el dolor que aprieta también llega la fuerza para soportarlo, así también la vida se ennoblece con el dolor.   La naturaleza toda, que es un dechado de generosidad, enseña esas lecciones. En medio de las espinas crecen las rosas, luego de la tormenta viene lo apacible, un arco iris, una puesta de sol, un cielo estrellado, la risa contagiosa de un niño, el apretón de la mano de un amigo, el amor de la familia y de la pareja, son como oasis en medio de la sequedad y el estío de la vida.

 

    ¿Qué te ha dicho la Alegría, que te ves tan preocupado?
    La Alegría no me ha dicho nada.
    ¿Qué te ha dicho la Ventura, que regresas tan callado? 
    La Ventura no me ha dicho nada.
    ¿Qué te ha dicho acaso el Silencio, que estarás enamorado? 
    El Silencio no me ha dicho nada.
    Si fue el Dolor, ¿qué te ha dicho que te angustió de ese modo? 
    ¡Ay de mí!, el Dolor me ha dicho todo...

 

Autor Desconocido

 

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