De absoluciones y condenas

 

Con el deceso del líder histórico de la Revolución cubana, Fidel Castro Ruz, se abrirá en el país caribeño una nueva era que implique sus propios avances e incertidumbres.

Podría pensarse que hemos llegado al fin de una etapa; es decir, que el gobierno castrista que comenzó en 1959 habrá concluido en este 2016, pues aun cuando Fidel cedió formalmente el poder a su hermano Raúl diez años atrás, se dice que las decisiones nacionales relevantes seguían estando en sus manos.

Por el momento, prevalecen en la isla –y fuera de ella también– dos puntos de vista opuestos: uno a favor del gobierno, incondicional de su caudillo, convencido de la justeza y los logros de la Revolución. Porque, es justo reconocerlo, hay muchos cubanos –sobre todo los de mayor edad– que seguían considerando a Fidel su verdadero guía. Existe otro gran grupo formado por quienes fustigan al régimen cubano, al que catalogan como dictadura sin libertades ni democracia. Un sector de esa corriente de opinión reconoce avances en cuanto a política social (salud, educación, alimentación), pero cuestiona que éstos hayan ocurrido a costa del aislamiento, la represión y la pobreza generalizada de la población.

Todo ello abre una serie de interrogantes que se irán desentrañando conforme transcurra el tiempo y se introduzcan cambios graduales en un sistema hasta ahora hermético y autoritario.

En la valoración histórica se tendrán que considerar varias hipótesis; por ejemplo, habrá que preguntarse si luego de que los guerrilleros encabezados por Fidel Castro lograron la caída del dictador Fulgencio Batista hubiera sido posible obtener algunos avances con un sistema democrático y de libertades. Hay quienes consideran que justo esos controles son los que le han permitido a la cúpula cubana subsistir en el poder y continuar con la propuesta socialista.

En principio, considero que nada justifica en un sentido estricto el que se hayan limitado las libertades para obtener a cambio ciertos avances en el orden económico y social, pues quiero creer que estos logros se pueden alcanzar de mejor manera y con creces mediante una libre y activa participación ciudadanas.

Si Castro lo hubiera intentado así, sería hoy un personaje inobjetable y grandioso. Me parece, entonces, que la historia lo absolverá en parte y lo condenará en parte.

Pienso que independientemente de la emoción que a muchos nos invadió cuando en el 58 fue derrocado el régimen despótico, dictatorial y represor de Batista, y de los grandes méritos del régimen emanado de la Revolución cubana, con el tiempo éste se burocratizó y eligió la vertiente autoritaria. Eso no quita que, por igual, hayamos aplaudido siempre su rebeldía y desafío al imperialismo estadounidense.

Y qué decir de su dependencia, si bien explicable, de la Unión Soviética, a su vez de corte dictatorial, sin libertades y con costos enormes y sacrificios de sus ciudadanos, que nunca consiguieron la prosperidad prometida.

Vienen para Cuba momentos difíciles y de futuro incierto, pues si bien el presidente estadounidense Barack Obama había llegado a acuerdos históricos y alentadores con esa pequeña nación –e incluso la visitó en marzo pasado, luego de casi sesenta años de alejamiento entre ambos países–, el arribo de Donald Trump a la Casa Blanca cambia por completo el panorama. Hay razones más que fundadas para considerar que, una vez en el poder, Trump echará atrás los acuerdos establecidos por Obama. Por lo pronto, el presidente electo ya le propinó a Castro, luego de su muerte, el calificativo de “dictador brutal”, lo que anticipa un nuevo distanciamiento, a la par de amenazas –veladas y abiertas– y quizá acciones punitivas en contra de la patria de José Martí.

También se abre la gran interrogante sobre el rumbo que tomará la sociedad en esa pequeña nación caribeña. ¿Será factible que el pueblo cubano impulse a una nueva generación de dirigentes que tomen las riendas del país para encauzarlo con una visión de apertura al mundo? Y hay que tener presente, en ese mismo sentido, a la comunidad de ascendencia cubana en Estados Unidos, que será un factor de presión para una serie de transformaciones del sistema político aún imperante en la isla.

Estamos, así, ante una nueva etapa histórica, que apenas se comienza a escribir. La veremos evolucionar y quizá dar un giro, así sea gradual, en relación con las últimas décadas. En todo caso, Cuba está ante un reto y una gran oportunidad para tomar, por fin, un camino que de verdad vincule a la justicia con la libertad, la democracia y la prosperidad colectiva.

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