Cucharazos*

Rafa Reséndiz

Es casi media noche, Aída termina de lavar los trastes que utilizó para preparar el ponche que habrá de vender mañana en el puesto callejero, cerca de la clínica de salud de la localidad, como lo ha hecho durante los recientes cinco años. Ese ha sido el sustento familiar desde que Roberto, su cónyuge, se tiró al alcohol.

Roberto de 8, Aída de 6 y Pedro de 4 años de edad, son sus hijos. Son el motor de su vida, su principio y su fin. Los tres asisten a la escuela de Chiapila, para lo cual se tienen que levantar a la hora en que lo hace Aída, arreglarse solos para después caminar, los cuatro juntos, con el alba y sus mochilas en la espalda. Es su rutina de lunes a viernes. Sábados y domingos duermen un par de horas más.

Mientras Roberto duerme a pierna suelta la borrachera de ayer. No bien abre los ojos al filo del medio día, busca el primer vaso de alcohol. No trabaja. Hace cinco años que Aída no sabe lo que es recibir un centavo de su marido. Pero sí conoce el dolor que causan sus puños y el sabor de la tierra ensangrentada cuando, sin razón alguna, Beto le estrella la diestra cerrada en pleno rostro haciéndola caer.

Un día sí y otro también, Aída es blanco de los insultos que Beto le profiere bajo los influjos del alcohol. Cuando el embrutecimiento de la bebida no le hace perder el equilibrio es cuando la mujer sabe que es noche de golpes, de trastes rotos o abollados. Mientras los tres pequeños se refugian azorados bajo las cobijas la pequeña y endeble cama. No hay otra forma de escapar más que cuando el sueño los vence abrazados a su madre que llora y limpia sus heridas.

Son las 12 del día y comienza a levantar su pequeño puesto callejero. Guarda los vasos y los platos de plástico en una caja para lavarlos en la llave de agua de la clínica de salud. Ahí la encargada administrativa del centro de salubridad, Estela, clienta asidua de los ponches, le permite asear sus utensilios así como guardar la caja en la bodega.

No bien comienza a enjabonar los platos, Estela le levanta la cara y ve el pómulo hinchado por el reciente puñetazo que le propinó la noche anterior Beto. Sólo atina a mover la cara de un lado a otro. Toma del brazo a Aída y casi en vilo la lleva al interior de la clínica. Ahí una doctora le revisa la cara. No pregunta el motivo de la hinchazón, lo sabe. Anota en el recetario el nombre de un medicamento y las instrucciones. Se yergue de la silla y mira fijamente a Aída y le dice: “tómese esto tal y como lo dice ahí; acompáñeme, quiero que vea a alguien”.

Sale tras la doctora quien se encamina a uno de los cuartos de la clínica. Ahí junto a otras seis camas más se encuentra una mujer con una pierna rota, que si no es operada lo antes posible la puede perder por completo. La señora ha sido víctima de la brutalidad de su concubino, quien la golpeo hasta darla por muerta, solo porque no le “prestó” dinero para conseguir drogas. Además de la pierna, tiene la mandíbula y la clavícula fracturadas. Sin contar que su cara es un amasijo sanguinolento. La imagen logra su cometido con Aída, quien impactada sólo alcanza a sostenerse en el barandal de la cama contigua para no caer al piso.

Estela y la doctora se llevan a Aída al consultorio para que se reponga. Al cabo de media hora entran sus tres hijos asustados, pensado que su madre está enferma. La abrazan y la saturan de preguntas que ella acalla con besos y caricias. Se despide de Estela y sale de la clínica con un dolor en el alma, en el pecho, en todo el cuerpo. No sabe qué es. Conforme se enfilan por la vereda hacía su morada, la sensación crece.

Apura a los niños a comer la sopa de fideos y las papas con huevo que ha preparado de comer. Los cuatro se acompañan y se platican sus aventuras en la escuela. Terminan y presurosos se levantan para ir a jugar con sus amigos antes de sentarse a cumplir con sus deberes escolares. Aída, en tanto, lava las frutas que usará esa noche para preparar el ponche.

Las diez de la noche, está exhausta. Comienza la rutina nocturna. Lavar ollas, cuchillos, cucharas, tabla de cortar. Guardar azúcar, la bolsa de las pasas. Hoy el cansancio es mayúsculo. La cara magullada de la mujer de la clínica sigue en su mente.

Arrastrando los pies se despoja de sus sencillas ropas y se enfunda una playera y un pants, su pijama. Cierra los ojos pensando en aquella pobre mujer.

El sueño comienza a ganar la batalla cuando de pronto oye la llegada de su esposo. Roberto, para no variar, viene ahogado de alcohol. Se dirige a donde está la estufa y sin más, alza la olla de ponche y la  avienta. El líquido, por fortuna ya tibio, alcanza a mojar la cama donde duermen sus hijos y salpica la cara de Aída. La mujer se levanta y corre a cubrir a sus hijos.

Si alguien hubiera visto la cara de Aída podría afirmar que algo o alguien la habían poseído. Se sentía fuerte, su metro con 57 centímetros de altura sentía que se duplicaba. Sus pequeñas manos se transformaron en dos grandes y sólidas tenazas con las que agarró de los cabellos a Roberto.

 No supo cómo pero soltó un par de bofetadas en la cara de Beto. Qué fuertes estarían que el hombre de 1.67 metros de estatura, salió del trance alcohólico y miro a su mujer convertida en alguien que no conocía. Intentó erguirse, mas las tenazas con que estaba sujeto se lo impidieron.

Aída con todo su ser, le lanzó “¡¿qué tu madre no te enseñó a tratar a una mujer cuando eras niño?!”, Roberto balbuceo algo incomprensible. Fue entonces que la mujer le gritó: “¿¡no verdad, no te enseñaron!? ¡pero acaba de nacer la madre que te va a enseñar cabrón; ahorita aprenderás a tratar a una mujer…!  

Y comenzó a golpearlo con una cuchara de peltre, de esas que usa para mover el ponche. Una y otra vez, los brazos, la cabeza, las piernas de Beto fueron blanco certero de cada cucharazo. No supo cuántos, pero al fin pudo articular palabra y suplicó a Aída se detuviera mientras usaba sus antebrazos de escudo. La mujer paró. Dejo que se levantara y le dijo: “a ver si así aprendes hijo de la ch…, a tratar a una mujer”. Beto asintió como pudo con la cabeza, sin dejar de levantar las manos como escudo.

Aída se dejo caer junto a sus hijos que, por primera vez temerosos, se acercaron a ella. ¿Esa era su madre? parecían preguntarse. Ella los abrazo y los lleno de besos volviéndoles la calma. El sueño venció a los cuatro.

A la hora de costumbre Aída y sus hijos abrieron los ojos. Pero no había qué vender, el ponche que la noche anterior había preparado, el suelo de tierra lo absorbió. Se lanzaron una mirada de complicidad y al mismo tiempo se volvieron a cobijar. Qué iba de un día sin ventas al resto de la vida en paz.

¿Roberto? Él está dormido en su cama. Más bien, finge dormir, bajo las cobijas oculta la tapa de la olla de ponche. Es su escudo.

Hoy, Beto es “doble A” y mensajero de un despacho en la capital del estado. Aída sigue vendiendo ponche todas las mañanas, pero ahora sólo de lunes a viernes. Sábado y domingos lo dedica a sus hijos y a su esposo quién llega los fines de semana a recargar baterías. Las cucharas de peltre fueron cambiadas por unas de plástico.

* Basado en hechos reales

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Comentarios

  • jajaja, bien reza un refrán "El valiente vive hasta que el cobarde quiere", ojalá muchas mujeres que en pleno siglo XXI ,siguen viviendo al lado de un patán, por miedo a que las dejen, abran los ojos y tengan el valor de tomar las riendas de su propia vida, de lo contrario el daño no solo es para ellas sino para sus hijos, que fieles a lo que vivieron en su niñez lo más seguro es que sigan el modelo y la situación se convierte en un cuento de nunca acabar. Saludos

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