COMPARTIENDO IDEAS


 
.9274829269?profile=original
 


Entre la psicoterapia y la búsqueda espiritual
 
 400552_440547335984452_892530844_n.jpg

Cada vez que no nos animamos a ser nosotros mismos, sufrimos. Y este sufrimiento fundamental suele acompañarnos hasta nuestros últimos instantes. Para calmarlo y convertirnos en nosotros mismos se nos proponen dos métodos: el camino espiritual y la psicoterapia. Aunque los objetivos y los medios de éstos difieren radicalmente, son necesariamente complementarias.
 
A los veinte años, cuando empecé a buscar respuestas a mi malestar, preferí instintivamente una enseñanza espiritual que implicara un trabajo sobre el inconsciente en lugar de un psicoanálisis clásico. ¿Por qué? Entre las personas que actualmente acompaño en sus terapias, algunas vienen para resolver sus dificultades y otras, con el mismo tipo de problemas, tienen, además, una aspiración espiritual. ¿En qué reside la diferencia entre estos dos métodos?
Teóricamente, la distinción es clara. La terapia permite funcionar mejor en el amor y en el trabajo, un funcionamiento más armonioso del yo, conciliando placer y realidad.
La espiritualidad apunta a encontrar una serenidad independiente de los avatares de la vida, más allá de las preferencias de ego. Es, por otro lado, la definición de salud en sánscrito: svastha, literalmente, el sí mismo estable. En la práctica, los límites son mucho menos rígidos, y, a menudo, he observado un pasaje espontáneo de un método a otro, e incluso una verdadera colaboración. No comparto demasiado el punto de vista de algunos terapeutas que consideran a la espiritualidad como una fuga en la irrealidad, ni con los maestros espirituales que miran con recelo la terapia: es una locura, según ellos, chapotear en los pantanos del inconsciente…
 
En los dos casos, se busca terminar con el sufrimiento; pero, ¿de qué sufrimiento se trata y cuáles son los medios?... comenzamos una terapia con la esperanza de curar nuestras heridas, de librarnos de nuestras inhibiciones o de las desastrosas repeticiones, es decir, afirmarnos en lo que somos. Sufrimos por las carencias o los shocks de la existencia que no hemos sabido integrar, y tendemos a echarle la culpa a la vida, a los otros o a una parte de nosotros, juzgada como “mala”. Esperamos del terapeuta escucha y comprensión. Poco a poco, descubrimos que la fuente del malestar se encuentra en nuestros juicios, nuestras exigencias y los duelos que no hemos realizado. Este sufrimiento, que la existencia nos ha infligido en la infancia, lo perpetuamos en la adultez al conservar las reacciones de la infancia, época en la que nos creíamos siempre impotentes y dependientes, en una palabra, víctimas. Nuestro yo, en la terapia, va recuperando su unidad, flexibiliza su funcionamiento, toma confianza en sus recursos y puede, por fin satisfacer sus verdaderos deseos. La alegría aparece, y de estos logros nace una felicidad durable. Sin embargo, al término de este camino, algunos se sienten todavía insatisfechos, les falta algo indefinible; o bien, sus vidas tardan en tomar el rumbo que esperaban, se estancan… Llega, entonces, el cuestionamiento existencial: ¿Qué falta? ¿Lo absoluto? ¿El amor?  Aquí interviene la vía espiritual que va a examinar nuestra actitud de cada instante, con la competente ayuda de un maestro. Esta presencia atenta nos muestra lo que nos separa de la vida: la obstinación del ego que quiere que la vida sea como él desea y no tal cual es. Y el camino consiste en dejar de cerrarnos, en soltar la pretensión de controlarlo todo. La felicidad que se desprende de esta infatigable práctica es al principio pequeña, pero luego crece y se convierte en asombro y gratitud cuando se afirma la certeza de no estar separado de nada. Ningún aspecto de la vida está excluido. Como un curso de agua, ella no hace más que reforzarse con el tiempo. Comprendemos progresivamente la diferencia que existe con la simple felicidad de un yo más desarrollado, que cambia bruscamente cuando la vida se muestra más dura.
 
Discípulos frustrados:

A diferencia de aquellos a quienes la terapia no los ha satisfecho totalmente, numerosos discípulos de los caminos espirituales se sienten frenados por un ego dolido, frustrado y necesitarían una terapia para reconciliarse con ellos mismos y con la vida. Si no, a pesar de sus sinceros esfuerzos, los rechazos internos los dominan: la cólera, los deseos reprimidos en aras del ideal espiritual gruñen en la profundidad; el miedo, la tristeza de la carencia tienden a proyectarse sobre el maestro y alimentan hacia él una dependencia infantil.
En el mejor de los casos, “planean” por arriba de las realidades de la vida; y, en el peor, se convierten en presas del dogmatismo y del sectarismo. Nada cambiará si no “trabajan” sobre la sombra y los deseos. Por cierto, conocemos el ejemplo de sabios o santos que, después de una juventud marcada por el sufrimiento vivieron una completa conversión: para ellos, la fuerza de la experiencia espiritual trascendió las desarmonías del ego sin pasar por la terapia. También se puede encontrar a hombres “comunes”, simplemente felices con sus vidas, sin haber emprendido ningún tipo de camino espiritual ni terapia.
Actualmente, estoy convencido de que, dejando de lado algunos pocos casos, necesitamos, para encontrar una felicidad durable, pacificar las heridas de nuestro ego gracias a la comprensión psicológica, buscando al mismo tiempo la superación de sus límites y sus exigencias por medio de una práctica espiritual bien asumida. De lo contrario, corremos el riesgo de seguir sometidos a una neurosis adornada de espiritualidad, o de dar vueltas en redondo en una terapia sin fin.
 
La experiencia de la psicoterapia me ha mostrado que, en la profundidad, estos dos métodos tienden a encontrarse. Cuando una persona toca el fondo de una emoción y encuentra con todo su ser, cuerpo, corazón y espíritu reunidos, un sufrimiento agudo del pasado, se produce un vuelco de orden espiritual. Por ejemplo en cierta reminiscencia del nacimiento, en las que el terror pánico de un ahogo mortal, la desesperación sin nombre de una absoluta soledad, lleva al ser a los confines de lo insoportable. Si, en ese instante, la persona tiene el coraje de no huir, el núcleo de su ego se rompe, ella supera sus límites habituales y toca en su interioridad la realidad indestructible de la vida, integrando la paz simultáneamente con el dolor.
Puede pasar, también, que la terapia haga resurgir instantes privilegiados de la infancia: el bebé, el niño, gozan de una proximidad natural con lo sagrado, experiencias del silencio, de la luz, de la naturaleza, de la alegría sin motivo que habían sido reprimidas al mismo tiempo que el sufrimiento. Esos momentos curan más radicalmente que una simple comprensión psicológica: el contacto con la vida nos hace percibir nuestros tormentos como manifestaciones de la vida, y esta los atraviesa manteniéndose intacta. La atracción por la vida nos alienta a dejarnos llevar cada vez más por ella, nos empuja a realizarnos, tanto a través de nuestra personalidad como de la dimensión impersonal trascendental. Aquí, la felicidad se convierte en pasión por la vida, para lo mejor y lo peor.
Enviadme un correo electrónico cuando las personas hayan dejado sus comentarios –

¡Tienes que ser miembro de Retos Femeninos para agregar comentarios!

Join Retos Femeninos