Cuando nos interesamos por nuestro patrimonio artístico cultural, confirmamos que es vasto y rico, así como uno de los más relevantes de las grandes civilizaciones de la humanidad.
No obstante, debemos reconocer el deterioro e incluso la pérdida de muchas obras y edificios; la destrucción que se ha registrado a lo largo del tiempo. De esta irresponsabilidad con nuestro pasado no están exentos el siglo XX y ni siquiera el actual.
Y si bien varios centros arqueológicos de nuestro pasado indígena o palacios de la época colonial, así como edificaciones sustanciales de épocas subsecuentes se mantienen protegidos en buena medida, hay construcciones que sin estar clasificadas de manera oficial, tienen un notable valor cultural e histórico. Es decir, no estamos identificando y protegiendo mucho de lo valioso que hoy nos pertenece, sobre todo por lo que se refiere a edificaciones simbólicas de la ciudad de México, ya se trate de una casa que perteneció a un personaje destacado, un legendario salón de baile o cualquier otro punto significativo del mundo urbano.
Por eso, hoy quiero hablar de un lugar en especial, aunque estoy consciente de que existen muchos otros –y con seguridad aún más importantes–, a propósito de una muestra plástica y gastronómica de mi autoría que se presenta en estos días.
Me refiero al estudio fotográfico Casanova, muy conocido en los años sesenta del siglo pasado, pues en aquellos días casi no había una novia, quinceañera o pareja próxima a casarse que dejara de pasar por ahí para posar ante los experimentados fotógrafos. A veces, incluso, esas imágenes celebratorias incluían a las familias de los flamantes cónyuges o a los padrinos o los padres de la fotografiada.
Me platica Alejandro, mi compañero, que siendo muy joven tuvo la oportunidad de conocer ese lugar y sus instalaciones, pues trabajó ahí mucho tiempo un amigo suyo de aquellas épocas, que incluso al parecer tenía algún parentesco con ese popular fotógrafo que le dio nombre al estudio por donde transitaron las novias de México a lo largo de dos o tres décadas. Además, cabe recordar que en los locales anexos se alquilaban autos, smokings y otros artículos ad-hoc para la ocasión.
Con el tiempo, diversas razones –entre ellas, el auge del video y la popularización de la fotografía digital– obligaron a que esta negociación cerrara y la casa que la alojaba permaneció durante varios años en el abandono. Lamentablemente, en ese periodo se perdieron los valiosos archivos fotográficos, que hoy nos darían referentes extraordinarios en muchos sentidos.
Ahora se ubica en este espacio el Salón Obregón, apenas inaugurado hace un mes, donde por cierto se presenta Oda a la manzana, muestra plástica y gastronómica de mi autoría, que ya está abierta al público, a comensales y visitantes diversos a ese nuevo restaurante, que también se interesa por la difusión y promoción cultural.
De hecho, los nuevos propietarios han restaurado la casona original de acuerdo con la exigente normatividad del Instituto Nacional de Bellas Artes, según nos platicaron las organizadoras del evento, en especial Francesca Escapilati, nieta del afamado pintor Carlos Mérida e hija de Ana Luna, una querida amiga mía que tuvo la idea de conjuntar algunas de mis pinturas y mis platillos, que se exhiben y ofrecen a partir del 3 de mayo y durante dos semanas más.
En fin, un acontecimiento cultural de importancia por el lugar donde se lleva a cabo y, de alguna manera, un buen experimento, que nos recuerda que hay maneras creativas de renovar los lugares que tienen historia en nuestra ciudad capital.
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