AUTOESTIMA Y REGULACIÓN
Maestro Raúl Sánchez Barajas
La autoestima contra la sobre protección, confusión común en los padres
De ninguna manera la autoestima implica halagos constantes a los hijos, ser consecuente en sus errores y evitar el ejercicio de la autoridad con amor y mano firme. En muchos casos se ha podido comprobar que dichas actitudes en los padres tienen un efecto totalmente contrario, es decir, un estilo parental indulgente y consentidor provoca, a mediano plazo, baja autoestima. El asunto parece tener que ver con la autorregulación, también llamada autocontrol o autodominio.
Autoestima y autodominio
Es importante destacar la relación que la autoestima tiene con el autoconcepto, este último implica el reconocimiento de todas las características, cualidades y peculiaridades que forman mi personalidad. Los individuos estamos constituidos por varios elementos y diferentes aspectos que conforman nuestro ser, una de esas dimensiones son las capacidades y habilidades que vamos logrando a lo largo del camino.
El reconocimiento de lo que soy capaz de hacer, de aquello sobre lo que tengo control y dominio sobre mi persona, representa una parte vital y fundamental en la construcción del autoconcepto. El saber que puedo dominarme, reconocer que tengo control sobre mis emociones y no soy víctima de ellas, reconocerme como ser autónomo que paulatinamente va consiguiendo ser y hacer las cosas por sí mismo, depende de constantes eventos de formación en los niños. Estas situaciones cotidianas pueden ser inducidas y provocadas por el estilo de ser padre en la cotidianidad con los hijos. La educación de los hijos implica que todas las situaciones cotidianas sean vestidas de una constante demanda de maduración de ellos, comunicación, establecimiento del orden y respeto por los demás, que cumpla algunas labores en casa (lavar su plato, tender su cama, asear su cuarto), renunciando al impulso de seguir jugando o viendo televisión, entre muchas otras cosas que provocan paulatinamente en él la consolidación de su sistema regulatorio.
Esteban, de cinco años, lleva jugando con sus juguetes cerca de una hora, ya en dos ocasiones su madre le ha pedido que los guarde en su sitio y venga a cenar. En la cabeza del niño ocurre lo siguiente: él tiene un poderoso impulso de seguir jugando, está obedeciendo a sus gustos, escucha a su madre, pero no la atiende porque se deja llevar por esa emoción de continuar con el juego. A la madre tampoco parece importarle que el niño no atienda sus indicaciones, no hay nada en su medio social que le haga descubrir sus habilidades de autocontrol, esos circuitos neurológicos con los que no nacemos y que tienen que forjarse a partir de las demandas del ambiente (al respecto parecen tener que ver los lóbulos pre frontales en nuestro cerebro).
Esteban debe conocer y comprender que ha llegado el momento de terminar el juego y obedecer, ese pequeño evento de resistencia y de renunciar a sus impulsos se traduce en aportes en la consolidación de su autocontrol. Sin embargo, esto nunca ocurrirá si la madre no ejerce su autoridad y no hace nada por que sus órdenes sean cumplidas.
A la larga, el estilo indulgente y permisivo de ser padre, el permitir malos comportamientos o demasiado a los hijos, demandar muy poca maduración, no establecer reglas o establecer pocas y no vigilar su cumplimiento, priva a los hijos de valiosas e innumerables oportunidades de madurar su sistema de regulación emocional. Ello ha de provocar que los niños sientan gran inseguridad en el aspecto emocional, ya que en diferentes formas de convivencia social son niños y jóvenes que se saben con muy poco control de sus impulsos y emociones, así como de muchas capacidades que pudieron haberse promovido a través del conocimiento de lo que puedo ser capaz; todo ello provocado por las demandas de los padres hacia sus actos. Lo anterior representa una breve sinapsis de algunas implicaciones negativas en la personalidad de los niños, que resultan de la baja demanda de los padres, de la sobreprotección y de ser condescendiente de manera incondicional.
En la promoción de la autoestima de los hijos debemos tener siempre presentes dos elementos: la valoración positiva y explícita de sus logros y cualidades reales y constantes demandas formativas en busca de la mejora.
Valoración positiva en el hogar
El primero de estos apartados en las cuatro dimensiones de las autoestimas consiste en que los padres hagan una valoración positiva de las actitudes y capacidades que los niños muestran en torno a la autoestima referida. Por ejemplo, en el caso de la artística, aprovechar las situaciones en que los niños tienen alguna manifestación relativa a esto para hacer una valoración positiva de ella. ¡Oh, muy bien! Qué bien te sale esa canción, mira qué lindo dibujo, puedes llegar a ser un gran artista si te lo propones.
Con este juicio positivo y explicito frente a los niños deberemos tener mucho cuidado de que sea siempre en un nivel real que hable en particular de la manifestación que ha tenido, del acto o de la producción realizada. Hay que ser cuidadosos de no sobredimensionar las manifestaciones y los logros. Si al lavar los platos el niño ha roto algo, habrá que reconocerle el haber contribuido en las labores de la casa -como debe ser- sin embargo, no se puede soslayar el hecho de que debe tener más cuidado. Es decir, el conocimiento a las verdaderas capacidades manifestadas y no sobredimensionar sus logros.
El tiempo que lograste en esta última carrera es muy bueno, pero te distrajiste un poco en la última vuelta, no olvides no perder la concentración.
Decíamos que también los padres deben ejercer la búsqueda de constantes demandas hacia la mejora de las cualidades y capacidades de los hijos, esto consistirá en aplicar los criterios educativos que lleven a la disciplina, orden y dedicación que implica el mejoramiento de diferentes aspectos en nuestra vida. Que los padres, en el ejercicio de su responsabilidad formadora, hagan que este niño en respuesta a sus características pueda descubrirse y redescubrirse como alguien capaz de superar sus limitaciones y lograr las metas que se proponga en el desarrollo de sus habilidades. La combinación de estos dos rubros implica un delicado punto sensible de equilibrio, el reconocer las cualidades de cada uno de los hijos, saber que son distintos unos de otros y ayudarlos en un constante estira y afloja, así como encontrar el camino a la superación y conquista de sus ideales.
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