El amor es paciente y da tiempo a la relación para que crezca.
El capricho es impaciente, imprudente, impulsivo e irrazonable.
El amor se controla a sí mismo y desea lo mejor para el otro.
El capricho es obstinado y exige que se hagan las cosas a su manera.
El amor se centra en la persona y en su carácter, y no solo en sus rasgos exteriores.
El capricho se basa sobre expectativas y condiciones idealistas, no reales.
El amor no puede separarse de Aquel que es amor.
El capricho se enreda con las sensaciones del momento y con frecuencia nos aleja de Él.
El amor se edifica en la aceptación de sí mismo y supone lo mejor en el otro mediante una confianza implícita.
El capricho con frecuencia esta inseguro de sí mismo, lo que le pone celoso y hace posesivo del otro.
El amor se construye sobre la amistad. Si se rompe la relación, cada uno queda mejor por haberse conocido.
El capricho tiene una base insegura, y deja cicatrices y recuerdos dolorosos.
El amor es veraz y se caracteriza por una comunicación sincera y honrada.
El capricho es falso, porque teme compartir su verdadero yo y ser rechazado.
El amor es fiel a los valores personales, aunque arriesgue la terminación de la relación.
El capricho puede cometer acciones objetables por temor a perder al otro.
El amor soporta los altibajos de la vida, porque sabe que los sentimientos y las circunstancias no alteran el compromiso de amar.
El capricho crea nerviosismo en la amistad.
El amor mejora la calidad de una persona.
El capricho y sus traumas consumen la energía, lo que hace sufrir los estudios, el trabajo y la amistad.
El amor mejora la confianza en sí mismo.
El capricho tiende a engendrar dependencia y sentimientos inadecuados acerca de si mismo.
El amor crece con el tiempo y perdura a pesar de la separación.
El capricho se debilita con el tiempo y la separación.

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