4 factores de LA CURACION

Los Cuatro Factores de toda curación espontánea

Descubrió que en todos los casos de remisión espontánea que había estudiado el paciente cumplía estos cuatro requisitos:

  • Creía en la existencia de una inteligencia superior.
  • También creía que gran parte de su enfermedad estaba causada por su propia actitud.
  • Hacía un esfuerzo mental vívido por reinventarse a sí mismo e imaginarse una vida nueva.
  • Y durante este proceso alcanzaba estados de consciencia de tan intensa concentración que olvidaba la percepción del espacio y el tiempo.

Dispenza determinó que estos cuatro factores se reducían a una única causa: el contacto con la Inteligencia Profunda que existe dentro de cada ser, una consciencia que en el fondo no tiene nada de mística o etérea.

La Inteligencia Profunda

Esta Inteligencia, desarrollada a lo largo de millones de años de evolución y codificada en el ADN de todo ser vivo es precisamente el que le otorga existencia. Es la inteligencia que gobierna el crecimiento celular, la digestión, la respiración, el sistema inmune; y también la que cura los huesos o cicatriza las heridas.

No se deben desdeñar estos procesos como meras acciones inconscientes debidas a un programa genético. Cada célula del cuerpo, cada tejido, cada órgano toma innumerables decisiones, siendo el cerebro en su totalidad el protagonista indiscutible en esta orquestación. Sólo este, según estima Dispenza, procesa más de 400 billones de bits/segundo de manera continuada. Sin embargo, nuestra mente consciente apenas llega a los 2000 bits/segundo. Negar la existencia de una Inteligencia Profunda (o Genética, o Corporal) es absurdo a la luz de los hechos.

La clave de las curaciones espontáneas consiste en que estos pacientes llegaron a establecer contacto íntimo con esta Inteligencia mediante la asunción de su existencia, la predisposición al cambio y, sobre todo, mediante la capacidad de ensimismarse hasta el punto de anular toda la información de los sentidos y volcar su percepción en el interior de su propia mente. Y a través de la identificación con esta Inteligencia fueron capaces de reprogramar su cuerpo hasta el punto de curarlo/curarse.

Aplicándolo

¿Cómo podemos conectar con esta inteligencia? Básicamente, siguiendo los cuatro supuestos ya enunciados.

De todos ellos, según Dispenza, el factor más importante es el desarrollo de la Capacidad de Observación. El cerebro aprende mediante la formación de nuevas estructuras neuronales y memoriza mediante la estabilización de esas estructuras. Cuando un cerebro se acomoda, se queda en lo ya aprendido y se hace incapaz de evolucionar. Esto implica que se hace rígido, rehusa a percibir las cosas de un modo distinto al que ya conoce y la persona sencillamente se estanca.

Esto es especialmente evidente en la naturaleza de nuestra mente consciente: ésta básicamente se reduce a la percepción del entorno, del propio cuerpo y del tiempo. En la vida cotidiana por lo general no hacemos ningún esfuerzo para concentrar nuestra experiencia consciente en nosotros mismos.

La clave está en el lóbulo frontal del cerebro. Según Dispenza, si algo nos distingue de los demás animales es el enorme tamaño de nuestro lóbulo frontal respecto al del resto del cerebro. De los experimentos con lobotomías se sabe que esta parte del cerebro es responsable de la adquisición de nuevas habilidades, de la iniciativa, de la curiosidad y, en definitiva, de la personalidad. Hasta la sensación de alegría y felicidad está localizada en este lóbulo.

Respecto a esta afirmación, Dispenza menciona un experimento en el que se realiza un escáner cerebral a monjes budistas que acumulaban en conjunto decenas de miles de horas de meditación. La diferencia con las personas “normales” es que eran capaces de activar su lóbulo frontal hasta niveles insospechados alcanzando grados de concentración inaccesibles para el común de los mortales. Algo que también distinguía a los monjes de nosotros era su paz mental y serenidad, relacionada también con la activación del lóbulo frontal.

No se trata entonces exclusivamente de aprender a percibir más allá de nuestros límites impuestos por la educación, la cultura, el entorno o la dejadez, sino también de percatarse que la realidad que percibimos existe, ante todo, en nuestro propio cerebro. Aprendiendo a percibir y percibirnos también desarrollamos la capacidad de modificar nuestra percepción del Mundo y de nosotros mismos.

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